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Full text of "A Traves De Libros Y De Autores"

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LUISA LUISI 



A TRAVÉS de 
LIBROS y 
de AUTORES 




EDICIONES DE "NUESTRA AMÉRICA " 
BUENOS AIRES. — MCMXXV 



DOS PALABRAS AL COMENZAR 



Anlts de entregar al ¡lúhlivo los estudios que compo- 
nen d presente volumen, me interesa dejar claramente 
expresada mi posición espiritual frente a la malcría do 
qvo tratan. 

. Quiero por lo tanto dejar constancia de la intención 
ion que lian sido escritos; y declarar ante todo que no 
los considero como "juicios"; y mucho menos como jui- 
cios definitivos. He huido expresamente el clasificarlos 
con el pomposo y presuntuoso nombre de "críticas"; por 
cuanto el significado que generalmente se asigna a tal 
palabra está lejos do traducir mi estado de alma. 

Yo no creo en la función directiva que se arroga con 
más presunción que eficacia la llamada orgullosamente 
crítica. Me dolería, pues, que se interpretara este libro 
como uno niás del género. Sólo he intentado, por pla- 
cer, por hondo placer estético, acaso tan hondo como el 
de escribir versos, — las dos únicas formas de creación 



]'if.YO>' m ( J UC lUC s °d uccn — traducir mis propios scnti- 
¿¡¡fa/ltos frcnic a libros que me han interesado vivamen- 
te Y en esto principalmente, reconozco que no soy críti- 
c ¡ ft (,'ua.ndo un libro — que puede ser tan bueno o aún 

tn 'fij° r <JUC oiros — 1,0 mc ' M,cc v ^ rar con ar mónicas 
a jl Vi .i/J.ade.s, no mc siento capaz de escribir sobre él. Pe- 
ro ñi<' n ^° 011 camu ^° l <l necesidad, — a modo de. imperativo 
ineludible — de comentarlo, cuando el llega a las recón- 
dita* intimidades de mi pensamiento ¡j de mi corazón. 
jjWftfti sufro más ejue cuando se me obliga a dar una opi- 
nión «obre un libro que no siento. 

/[caso pues, el reproche más aparentemente justifica- 
do (J nc P UC( 1 a hacerse a este libro es que sea — como 
dirít'- Miomundrc — un libro más de elogios a los auto- 
res; 7/ <l u0 no MW'le defectos, ni trace rumbos. 

Así sea. 

ricíUdar defectos, trazar rumbos quede para aquellos 
¡ufí creen como en un dogma, en su propia infalibidad. 
i'ura nú la crítica no es, ni puede ser, más que una opi- 
i/'íí/i persotud. Opinión que se enriquece y valoriza con 
//. honradez artística, la sinceridad, la sensibilidad, la 
altura del "crítico"; pero que no puede, por eso mismo, 
r.ne.r más va l° r Que el (juc le otorgan esas mismas cua- 
¡dudes, variables con cada temperamento y con cada 
poco . 

J,o que V" ra mí tiene de sugestiva seducción esta elu- 
de ensayos, es ejue traduce el alma del ensayista y la. 
rayecla sobre la obra comentada a la manera que una 
IS cambiante diversifica y enriquece a veces el cuadro 
ilumina. 

/'on/iic cada obra de arte, así la. literaria como la mu- 



si cal o la plástica, es sólo (1 pretexto sobre el cual lai- 
da el intérprete, el contemplador o el critico, los arabes- 
cos de su propia sensibilidad. 

Y ta cs/t' sentido, el cithientario literario es una ver- 
dadera creación. Y un gesto de. gratitud, por medio del 
cual intento retribuir en simpatía, toda la cnwctái de "' 
belleza que me brindaron los autores con sus obras. 

Nada más. 

Tai isa Luisi. 

Montevideo. 1 025 - 



CARLOS REYLES, NOVELISTA 



La compleja personalidad de Carlos Reyles, la más 
vigorosa ac;iso do toda la América latina, sólo compara- 
ble en intensidad y riqueza a la de Leopoldo Lugones, 
se destaca en la literatura con dos relieves magistrales: 
como filósofo y como novelista. 

La doctrina filosófica do nuestro autor, esbozada, o 
mejor dicho, comenzada en La Muerte del Cisne — libro 
impetuoso, un poco agresivo y polemizado!*; pero hondo, 
implacable, vigoroso como una espada justiciera, y ar- . 
monioso al mismo tiempo, de una armonía de estilo 
que adquiero plasticidades mórbidas, — se completa y 



LUISA L V I S I 



redondea como una maravillosa cúpula, en los DiáJ-ogos 
Olímpicos, en donde la serenidad de la madurez inlelcc- 
lual pone una hondura, una esperanza grave, un idea- 
lismo reflexivo, como la melancólica serenidad de una 
tarde de otoño. 

La Muerto del Cisne es la desolada borrasca, la em- 
briaguez dolorosa de los primeros, hondos desengaños, 
frente a la inanidad de los grandes ideales, en una épo- 
ca en que el refinamiento de. la civilización, colmando 
ludos los deseos y halagando lodos los apetitos, dejó en 
el alma la sequedad estéril, el amargo sabor de una 
fiesta continua. 

Pero viene la guerra, la sacudida brutal, la catástro- 
fe imprevista que pasa como una ráfaga de tormenta 
pobre la dulzura y la molicie del principio del siglo, c 
invierte todos los valores; y el espíritu adormecido en 
su escepticismo, en medio del refinamiento de una so- 
ciedad que produjera el A rebours de Huysmans, se sien- 
te extremecido por un impulso nuevo, v despierta vi- 
goroso, con un vigor insospechado, al laligazo cruel do 
las privaciones y do los horrores de la guerra . 

Y hete aquí que la flor de. la esperanza y del idealis- 
mo, brota tímidamente, primero, y florece después ma- 
ravillosamente, de la misma desencantada doctrina de 
La Muerte del Cisne. ím Diálogos Olímpicos, proclaman 
la necesidad y la eficacia de un ideal humano; pero en 
la imposibilidad de encontrarlo más allá de la vida, fue- 
ra de la conciencia propia, descubre como por encanto, 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



dentro del mismo .ser, la. ignorada facultad de crear sus 
propias ilusiones, tic forjarse dentro de sí la razón mis- 
ma de vivir, y proclama así el triunfo definitivo de Ire- 
ne, la vida, y de Pandora, la esperanza. 

Pero dejemos pura otro artículo la grata tarea do 
desarrollar del aliadamente como lo merece, la original 
doctrina filosófica de nuestro autor, para concretarnos 
a la otra faz, lan interesante aunque no tan profunda, 
del insigne escritor uruguayo. Deba, La Raza de Caín, 
El Terruño, y ahora El Embrujo de Sevilla, constitu- 
yen, cronológicamente, la obra novelesca de Carlos 
Itcylcs. 

Sn vigoroso talento, presenta en cada uno de estos 
libros, una faceta diferente, nunca repetida. Podríamos 
decir, sin temor de. equivocarnos mucho, que es la pri- 
mera, la novela do ambiente nacional; pintura exacta do 
nuestro medio rural. Novela de análisis psicológico, La 
Raza de Caiu; de tesis, El Terruño. El Embrujo de Se- 
villa, la última novela, recientemente publicada, reúne, 
en maravilloso conjunto las características de todas las 
demás novelas jimias, y es al mismo tiempo, novela do 
ambiento, de análisis, y en menor grado, novela también 
de tesis. 

Al tintar de cada una de ellas en particular, iremos 
desarrollando estos puntos de vista especiales. 



— 15 — 



L ü I S L U I S I 



L 

"BEBA" 

J5s la primera novela definitiva de Reylcs, y la que 
le da nombro eonsngratorio. Y al asegura r esto, no des- 
conocemos una tentativa juvenil, escrita a los diez y 
ocho «ños y titulada l'or la Vida; pues aun cuando en 
ella aparezcan ya las mejores cualidades del escritor, en 
forma embrionaria todavía: el análisis psicológico, un 
don de observación poco común, y esa sensación de lo 
vivido (pie dan todas las obras de nuestro ilustre com- 
patriota, no (ploremos sor más realistas (pie el rey, ya 
que su autor la ha descalificado. N'o tienen derecho 
críticos do considerar forzosamente una obra de .juven- 
tud, que por ser de juventud, pudo ser dada a la publi- 
cidad por inexperiencia del autor. 

Empecemos, pues, por lhba, que consideraremos como 
primera obra y brillante éxito de crítica y de librería. 
Reyles se presenta en esta novela, escrita a los veinte 
y seis años, con un dominio completo del idioma y de la 
técnica. Nada llalla en ella: ni los magistrales cuadro* 
de nuestra campaña, ni el análisis psicológico de los per- 
sonajes, que ha de culminar en La Raza de Caín, para 
no ser ya sobrepasado, ni por El Terruño, ni aún por El 
Embrujo do Sevilla, que casi todos los críticos conside- 
ran su obra maestra. 

-- íc — 



A TRAVES Í)E LIBROS. Y DE AUTORES 



Beba, no es, sin embargo, una novela- psicológica. Y 
aun citando su autor no demuestre mayor afición a las 
largas' descripciones, podemos asegurar que es una nove- 
la de ambiente, nuestra novela, en la 'que las faenas y 
la vida del campo, en una estancia modelo, viven a nucs- 
Iros ojos con una realidad sorprendente. En El Terruño 
volverá Rey les más adelante a recoger el mismo cuadro 
y el mismo ambiente, y a hacerlos palpitar magistral- 
monte ante nuestros ojos. Pero El Embrión con sus .pos- 
treros, sus caballerizas y sus pesebres, con la huerta y 
los tres caminos que a el conducen, con sus reproducto- 
res de raza y sus sementales finos: Comct y Germinal, 
íirnc una vida más honda, más espontánea que El Om- 
b 'i. Povijue en el primero puso su autor, todo el entu- 
siasmo juvenil que las tareas ganaderas practicadas co- 
mo una obra de arte y de inteligencia, despertaban en 
este gentlcman-farmer, en el que el estanciero empren- 
dedor y progresista, comparte con el literato una vida 
admirable de labor y de éxito. 

En Beba, como en El Terruño, el literato y el gana- 
dero se funden en una sola personalidad, para dar a la 
ganadería, concebida como una tarea intelectual, el apo- 
yo y el brillo de la literatura, embelleciéndola y enno- 
bleciéndola con una idea de perfeccionamiento que haco 
del ganadero, al decir de Gustavo Ribero, casi un dios, 
puesto que es capaz de modelar sus criaturas con arre- 
glo a una norma propuesta; y da en cambio a la novela, 



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el fundamento grave y la nobleza de una idea que sos- 
tiene ^defiende. 

• En este sentido es Beba, al mismo tiempo que el ad- 
mirable cuadro 8e nuestra campaña,. un estudio intere- 
santísimo de las faenas ganaderas, en donde no falta si- 
quiera, el apoyo de las citas científicas que, acaso desde 
ci punto de vista del interés puramente novelesco de la 
obra, haga un tanto pesado y lento el desenvolvimiento 
do la acción. .-. 

• Gustavo Ribero, el protagonista de la obra, es un ca- 
rácter entero de hombre: enérgico, trabajador, inteligen- 
te, ni que una vida interior muy honda e intensa, ha he- 
cho encontrar frivola y sin atractivos la sociedad de 
Montevideo, que abandona definitivamente para dedicar- 
se por completo a la persecución del objeto de sns afa- 
nes": una raza caballar, que por cruzamiento entre con- 
sanguíneos, sea el compendio de las mejores cualidades 
de sus padres. Pacientemente, luchando contra la iner- 
cia, la desconfianza, la rutina do. los hombres, prosigue 
Ribero su empeño con el entusiasmo de un creador y la 
voluntad tesonera de un convencido. A este objeto ha de- 
dicado su vida; solitaria y sin afectos desde el matrimo- 
nio de su sobrina Beba con un joven elegante e inútil de 
la sociedad montevideana. Este matrimonio ha sido un 
gran dolor en la vida de Ribero, ya que. un amor escon- 
dido, y la alegría inconsciente con que ella se separó do 
bu tío labraron en éste un profundo desconsuelo. En va- 
no al verse solo, joven aún y en posesión de cuantiosa 



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A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



íortrinn, quiso" lniscav compañera en la capital, entre las 
jóvenes» de su clase. 

Desilusionado de todas, llevando, siempre fresca en el 
alma Ja imagen querida, y quemante él escozor de su in- 
diferencia, vuelve a El Embrión para dedicar por ente- 
ro a su proyecto las ricas energías de su vida. Y allí lo 
encuentra de nuevo su sobrina, que, en compañía de su 
esposo y la familia de éste va a pasar unos meses de 
campo en la estancia de Kibcvo. 

El alma' lina, romántica y apasionada de Beba no ha 
podido encontrar la felicidad en el carácter, bueno síi 
pero .insignificante c inútil de Rafael Hcnaventc. Y el 
divorcio de las almas se ha producido, inevitable. 

Todo, la educación sincera y abierta de líeba, s\i tem- 
peramento, el ejemplo de trabajo y energía de Tito, su 
amor al campo y a la naturaleza, que en sus imagina- 
ciones do niña consideraba como "una matrona hermo- 
so! a y invisible", su mismo nacimiento originado en una 
aventura de amor estaban cu abierto desacuerdo con la 
educación frivola y un tanto disimulada, con el ideal de 
elegancia, moderación y buen tono de los lícnaventc, a 
quienes chocaba como una falta, el entusiasmo creador de 
lío y sobrina. 

lie aquí ya esbozado el conflicto entre la ciudad y el 
campo, que ha de ser más adelante el tema fundamental 
de El Terruño. Como Ega de Quciro/., aunque en otro 
sentido, nuestro autor tan refinado, tan artista, tan ci- 
vilizado, como el célebre escritor portugués, dará tam- 



LUISA L U l S I 



bien el triunfo a la campaña productora,, fecunda y sa- 
na, sobre la ciudad frivola, soñadora y hueca. 
. • El hondo amor de Rcylcs por el campo se manifiesta 
plenamente en estas dos novelas, de las cuales hay en 
-Beba — libre de la tesis y de la propaganda que deter- 
minan el objeto de El Terruño, y a pesar de la madurez 
intelectual, de un mayor verismo, de un dominio máximo 
de lenguaje y de lóYnica «juc distinguen a esta última 
novela — mayor frescura, espontaneidad e interés en las 
descripciones. 

-.-A pesar de ser Beba, más que otra cosa, una novela 
de ambiente, en la que las amplias perspectivas de los 
campos ocupan preferente atención y en (pie el verda- 
dero protagonista de la novela, más (pie Ribero, más que 
Beba, es el trabajo del campo, los caracteres llevan ya 
la marca definitiva de su autor. 

Ribero y Beba ante todo, son dos faces, masculina y 
femenina, del mismo tipo, en los que muchos rasgos apa- 
recen, de su mismo creador. El amor de Ribero a las 
tareas de la ganadería, su espíritu amplio y refinado, 
su carácter enérgico y reservado, sus mismas ideas, per- 
tenecen por entero a Rcyles, que dio también a Bcba- 
algunos de sus entusiasmos, sus aspiraciones, sus ensue- 
ños y su amor apasionado por la naturaleza ; y por en- 
cima de esto, su intensa vida interior y el gusto por los 
análisis psicológicos, que han de ser también más ade- 
I^j^>8^ : cwácterístico. de Julio Guzmán y de Jacin- 
ta.B ;^Cado, : e¿¿ $1 Extraño y La Raza de Caín. Pero 



A TRAVES DE '. LIBROS . Y DE AUTORES 



junto al tío y u la sobrina, qii^son los ejes centrales 
de la obra, aparecen diseñados, y aún más que diseña- 
dos, vivos y enteros, otros caracteres: Bcnavcnto, hin- 
chado de vanidad social, imponente y . vacío, con algo de 
aquel Pacheco que el fino humorista portugués creó de- 
finitivamente; llamoneito, cuyo solo seudónimo do Tu- 
lipán en las crónicas sociales, lo pinta de cuerpo «ulero; 
y bueno, sin embargo, con excelentes cualidades, que ma- 
logró para siempre un matrimonio de interés. 

[Con mano segura e implacable pinta nuestro autor la 
situación miserable y ridicula de tantos jóvenes inútiles, 
que capaces sólo de llevar elegantemente un t raje im- 
pecable, y de asistir a las reuniones de nuestro primer 
centro social, creen realizar un productivo negocio con 
hi conquista de una rica heredera, y venden así su li- 
bertad y su personalidad como Esaú por un plato de 
lentejas, que en este caso es un palco en la ópera, auto- 
móvil hoy, carruaje cuando Rcylcs escribía su novela. 
La misma situación aunque con caracteres completamente 
diversos, aparece también cu La Raza de Caín, con el ca- 
samiento interesado de Julio Guzmán. ^nieles, pero fi- 
nas y sutiles, las observaciones que Iiamoncito hace des- 
de el palco, sobre la brillante concurrencia que llena el 
teatro y en la cual el principe consortes^ complace en 
esüidiar a sus colegas y futuros colegas,, advirtiendo en 
ellos los progresos ineludibles de su propio mal. Palta, 
de carácter, ausencia de ideales y de energías que ha- 
cen vender por un precio irrisorio, — ya quo toda la 

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L V I -S A L U I fi I 

riqucaá: y \tpü$, I a consideración social son moneda falsa 
pava tan vrilipso tesoro — "la sana alegría que perdió, 
nobles' aspiraciones, que huyeron al primer encuentro 
con el sanchismo de don Pascual, espíritu brioso, sano y 
libre, no empequeñecido aún con el comercio humano y 
prosa de ln vida, que tuvo que enchalecar". 
JHlunque secundaria la figura de Rainoneito, noble y 
generoso, pero malogrado por los Bcnavente y por ru 
propia inutilidad, se destaca con relieves propios. Más 
borrosa la de 'Rafael, es sin embargo, bastante signifi- 
cativa; y algo caricaturesca la de Bcnavente. Pepa y 
•3l'ariquita, se pierden en la insignificancia y la frivoli- 
dad que les son propias. Hay, en cambio, en el caudillo 
Pedro Quiñones rasgos que parecen esculpidos en una 
medalla antigua, con el mismo vigor y la misma reali- 
dad, que ha de aparecer en Jíl Terruño, otro caudillo di- 
ferente, épico, rudo, primitivo, de una fuerza y un vigor 
sorprendentes. lloylcs ha conocido bien a estos caudillos, 
últimas figuras/';: una epopeya, de la cual no queda 
ya sino el recuelo en nuestra campaña que, ella tam- 
bién, va perdiendo al contacto de la civilización que 
avanza, sus caracteres típicos. Quiñones carece de la sal- 
vaje grandeza de don Pantaleón. Es el comandante equí- 
voco, el hombre de los servicios turbios al gobierno, al 
que se recompensa con una jefaturía política sin poder- 
se precisar por cuál hazaña. Rcyles lo retrata en menos 
de dos páginas; pero en estas breves líneas, tiene el re- 

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A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



trato del caudillo una vida intensa y un hondo verismo, 
por__quc está tomado de la realidad viviente.' 

Monos interesante para nosotros que los caracteres di- 
señados y que la pintura del ambiente es el. argumento 
mismo de la novela. Mientras Ribero ocultó con energía 
y reserva su amor por Roba, nos fué hondamente simpáti- 
co, y simpática también la figura de su sobrina. Pero nos 
resulta algo violenta la situación, de que se vale el autor 
para que Ribero confiese sus sentimientos. Esa larga odi- 
sea en una canoa frágil a lo largo del Río Negro desborda- 
do, se nos antoja un poco exagerada. Reylcshacc pasar uu. 
día y una noche a Helia y a su tío, a merced. del río crecí*; 
do, que ha llegado a cubrir los árboles do las orillas^ y; 
durante tan largo tiempo, la canoa no se ha estrellado 
contra ningún t ronco, ni siquiera se ha dado vuelta a im- 
pulsos de la corriente. Pero este detalle que apenas empa- 
ña la perfección de la novela, es insignificante junto a 
las bellas cualidades que ostenta el libro; y ora por otra 
parte necesario al desenlace de la novela. Dado el carác- 
ter de Ribero sólo una circunstancia excepcional podía 
determinarlo a confesar su amor. Y esta circunstancia 
romántica en grado sumo puede ser verosímil ; aunque 
no lo sea tanto, el haber dejado embíncar a Beba sola 
en una canoa atada por una simple cuerda a la embar- 
cación, dado el estado peligrosísimo del río. 

Natural, hasta cierto punto, el sentimiento de Deba al 
entregarse a su tío, ya que la convivencia de su esposo 
y de Ribero, al colocar a ambos frente a frente, permi- 



L O # I ■'" 8 .A L ü I S I 



tió'a la sobrina una comparación toda en favor de Tito, 
agravada de antemano por la desilusión matrimonial do 
Beba. Esta, separada luego de su esposo, es más firme, 
más noble, más desinteresada en sus . sentimientos que 
jibero, a quien trabajan hasta hacerlo desgraciado, ideas 
y supersticiones que no están a la altura de su carác- 
ter,.. El mal cari/ que toman los negocios de Ribero, casi 
al mismo tiempo do su unión con Beba, la deserción de 
sus colíiboradorcs y la reprobación que adivina en cuan- 
tos lo rodean, no son, a nuestro juicio, motivos que jus- 
tifiquen el abandono de Beba, el cual la lleva al suici- 
dio, único camino que le quedaba a la infeliz mujer. 
Hay en el carácter de Ribero una claudicación que nos 
duele como una íalla en una obra casi perfecta. Ribero 
noble, desinteresado, enérgico; acostumbrado a contar 
sólo consigo mismo y con su elevada conciencia, nos des- 
concierta en sus arrebatos y cu sus descorazonamientos. 
Cierto es que el fracaso de sus más grandes esperanzas, 
la enfermedad hereditaria do sus potrillos, que el cruza- 
miento entre consanguíneos agravó hasta determinar su 
inservibilidad en el momento en que la venta debía sal- 
var a la estancia de las perdidas causadas por el ganado 
vacuno, son motivos harto suficientes para agriar un ca- 
rácter. 

Nos sorprende, sin embargo, en Ribero — de quien 
la misma Beba dice a Ramoncito: "Su vida no es vida, 
siempre agitado por alguna nueva duda o preocupación, 
ni come,' ni descansa; todo el día anda de aquí para 



A TRAVES DE 'LIBROS .X 'DE AUTORES 

allá, en continuo trajín, eomo si quisiera infundirle su 
aliento a todo lo que lo rodea, y hacer* andar las cosas 
tan aprisa como sus deseos. Monta a caballo a* las cua- 
tro de la mañana y ya no se' apea hasta las siete de»la 
noche. Yo estoy con el alma en un hilo, siempre, espé-. 
rando que caiga enfermo de un momento a otro. 
esa ignorancia respecto al estado real de sus potros, co- 
nociendo, como conocía, la lucha sorda, la envidia, la 
mala voluntad de sus colaboradores. Pero es en cambio 
impresionante la escena en que, desesperado- ante el fra- 
caso de todas, sus aspiraciones, da muerte a Germinal, 
exclamando en un arrebato «le pasajera locura: ".'fu.' 
también contra mí, tú también me engañas. Verás comtf •' 
yo te arreglo' \ V lívido de ira, sin que Ramoneito ni 
Iicba pudieran evitarlo, sacó la tilosa daga, hundiéndola 
hasta el mango, de un golpe, en el pecho de Germinal". 

Son significativas del estado anímico de Ribero, las 
palabras que dirige luego a Beba, después de haber te- 
nido por un momento la intención de suprimirse él mis- 
mo: "Te lo he dicho, todo lo nuestro está maldito". . . 

Termina la novela con un episodio que hace más im- 
presionante el drama de Ribero : Beba da a luz, en Mon- " 
tevideo, mientras su tío y amante se dirige a Europa a 
vender personalmente un lote de ganado fino, una cria- 
tura monstruosa que nace muerta. Es la última y defi- 
nitiva confirmación del fracaso total de las teorías de 
Ribero, sobre la cruza entre consanguíneos. Este lo.ig-. 
ñora, puesto que Reyles ha tenido el buen gusto de no 



L ü i 8 . A l> V I S l 

Agobiar n su protagonista con tantas derrotas; pero 13c- 
baj quo; cifraba sus más ardientes esperanzas 'en el hijo 
por venir, para reconquistar el alma de su áinanlc, no 
resiste Al dolor- de su desengaño terrible, y decide mo- 
¿r antes que.'vcrsc abandonada del todo por Ribero. 
"■*Kay,. en el carácter de Beba, tratado por su autor con 
visible 'complacencia y hasta con cariño, mayor entere- 
za, mas elevación y más lógica consecuencia que en el de 
srtj'tío. Esta vez ha puesto Rey les, como mas adelante lo 
hará, con Mamágcla en El Terruño, todo el interés de 
su novela en la figura de una mujer. Y, nos es grato 
consignar aquí- las ideas de noble feminismo que, en un 
autor como el que nos ocupa, son más dignas de tomar- 
se en cuenta. 

Dice Reylcs en el diario de Beba: " . . .Es mentira y 
mentira eso que Dios te dé con una mano facultadas pre- 
ciosas, y con la otra te obligue a sofocarlas, a aniquilar- 
las; no hay ninguna razón humana, ni divina (pie te 
obligue a ser víctima silenciosa de) egoísmo de los hom- 
bres, a aceptar sin decir oste ni moslc, el reducido Inic- 
io que te dejan en el mundo. Y cuidado que está mal 
hecho el mundo! Como cosa de los hombres, parece que 
todo ha sido dispuesto en contra nuestra. Vara ser mu- 
jeres, verdaderamente mujeres, y lograr, si no la felici- 
dad, al menos el casamiento, tenemos que anularnos, que 
matar todo pujo de individualidad, y no ver ni oir, sino 
por los ojos y los oídos de los hombres. ¡ Ah, perros ! nos 
idiotizan para dominarnos a su antojo ; de otra manera 

_ 26 — 



A TRAVES VE ÜBliOS 1* BE AUTORES 



no nos quieren, y como no tenemos más misión que 's C1 '- 
les agradables*, porque el matrimonio es e$ único,, porve- 
nir que nos. han dejado en la vida, dicho se está que nos 
dejadnos idiotizar: ¡qué remedio! Este trabajo d£ desor- 
ganización empieza muy temprano, .desde Ja -cuna. J5.e-. : 
bemos ser bonitas y frivolas, y toda nuestra educación, 
tiende a esto: a con veri irnos en un primoroso juguete 
dotado de uua sensibilidad exquisita y de mil monerías 
intelectuales, que la exprofesa división de nuestra inte- 
ligencia da como fruto, contribuyendo a embellecernos 
y a anularnos. ¡Pobres mujeres! Las que por naturale- 
za repugnan tan bárbaro sacrificio, es casi seguro que/ 
no encontrarán quien les diga "por ahí te pudras" ;y. 
las que logran anularse no obtienen muchas veces, así 
y todo, la felicidad, pues por no tener hijos u otras cau- 
sas que aridecen la vida del matrimonio, y también por 
no casarse — caso muy frecuente — se encuentran sin 
objeto en la vida, preguntándose todas perplejas para 
que diablos han venido al mundo?... ¿Pero dónde tie- 
nen los ojos estos sabihondos legisladores ? (dónde esas 
¿güilas de la economía política, que se devanan los se- 
sos para hacer mezquinos ahorros, y no ven las riquezas, 
el tesoro que en forma de actividades despreciadas se les 
escupa por entre los dedos? ¿Kn qué pensarán esos se- 
ñores, cuando a toda costa procuran atraer inmigrantes 
y no aprovechan lo que sin costo alguno tienen al al- 
cance de la mano, el contingente de la mitad de la po- 
blación que permanece quieto, como petrificado? fáerá 



servimos, para nada absolutamente? Verdad es 
'tffiQ'fi ictígnificación de la mujer no. so ha" hecho en Pa- 
■ y. como no se ha hecho- en París, claro..." 
;-y.-»He .transcrito tan larga página por que es curioso 
$accr notar cómo el problema de la mujer ha sido cx- 
-puestb^desde el doble punto de vista de la propia mujer, 
: y-.de.'.la economía social, por un autor de ideas en gene- 
ral conservadoras y enemigo declarado del socialismo 
que se prccia.de ser el defensor de la mujer. Estas lí- 
neas fueron .escritas el año 1S94. Casi treinta anos des- 
pués, la guerra mundial ha resuello, o casi resuelto, el 
problema en el mismo sentido. Es necesario hacer resal- 
tar, al mismo tiempo, que en ninguna de las obras pos- 
teriores de nuestro ilustre compatriota, vuelve a apare- 
cer la menor alusión a dicho problem:i. ', 



II 

LAS ACADEMIAS 

Siguen en orden cronológico a Beba, las Academias. 
poíno su nombre lo indica, son ellas estudios semejan- 
tes a los que los pintores y escultores realizan en el ta- 
11er,. para adquirir la maestría necesaria a la realización 
de la obrii; de arte. Y, en efecto, cada una de las nove- 



A TRAVES DE LIBROS' Y DE . AUTORES 

las Je lleylcs, menos solamente Beba, y Por la Vida, lian 
sido precedidas por un estudio de carácter, que reapa- 
rece luego, más o menos modificado, en la novela. §011; 
las Academias: Primitivo, lechado en 1896; Él Extraños 
.1897, y El Sueño de Ra¡>imi en 1898. No incluye en ellas 
el autor, un original y hermoso cuento, asaz diverso al 
resto de su obra, aparecido en La Revista. Nacional, que 
dirigía Kodó, el cual publicó en ella, a propósito de estas 
mismas Academias, su célebre artículo -La novela nuc- . 
va, que con El que vendrá, dieron justa nombradla al . 
inmortal autor de Ariel y de Motivos de Proteo. 

Tampoco se incluye en las Academias, un artículo, <juc 
bajo el epígrafe de La Vida, publicó nuestro autor en la 
Revista de América, allá por el año .1912, ni tampoco el 
Capricho de Coya, aparecido cu El Cuento Ilustrado 
de Buenos Aires el año 1918, y que constituye el esbo- 
zo de su última novela El Embrujo de Sevilla. 

Del cuento aquel no tenemos conocimiento que haya 
hecho Reylcs novela alguna. Primitivo se funde casi ín- 
tegro en El Terruño. El Extraño es uno de los caracteres 
mis interesantes de La Raza de Caín, convertido en. su 
protagonista ; y en El Sueño de Rapiña están en ger- 
men las ideas fundamentales de la Metafísica del Oro, 
segunda parte dé' La Muerto del Cisne. 

Estas repetidas observaciones, revelan algo más que 
simples coincidencias; y sí, el procedimiento, deliberar 
Jámente seguido por nuestro primer novelista, j, que da 
a sus libros la autoridad do las obras largo «tiempo ma- 



duradas"; ni mismo tiempo que. revelan su' afición decidi- 
da por el estudio 'de los^caraetcres, más que pur Ja ac- 
'•ción o' la pintura del ambiente. Aparte el programa li- 
terario que lucen a su frente Primitivo y El Eriraiia, 
aparte?, la realización misma de esc programa que sor- 
prendió y aún escandalizó a nuestro ambiente por la 
novedad que introducía y por el refinamiento de una 
cultura excepcional en esc tiempo, que suponían las 
Academias, — ^absorbidas en Ja obra posterior del lite- 
rato, a donde puede ir a buscarlas el crítico para hacer 
*su análisis definitivo, — nos interesan principalmente, 
por lo que nos descubren del procedimiento seguido en 
su tarca por nuestro autor. Ellas significan para nos- 
otros, un rasgo peculiar del escritor, que sorprende en 
la realidad un cano interesante, y lo re-croa vivo y ente- 
ro en una de sus Academias. Tales, Primitivo, cuyo mis- 
mo .nombre es ya un símbolo, puesto que revela la na- 
turaleza primiliva, ingenua, ruda y buena, nnte ol con- 
tacto brutal de la vida; y El Extraño, que con su mismo 
nombre de Julio (Juzmán, y apenas alterado, aparecerá 
luego en La Haza de Caín. 

De El Kuciio de Rapiña no ha tomado su autor el ca- 
rácter, que no existe, ni la forma simbólica y fantástica. 
Cínicas en esta Academia, de toda la obra de Carlos ütey- 
les; pero eso mismo himno al oro, poseído y disfrutado 
en sueños,,, con todas sus excelencias calumniadas y to-« 
dos sus ¡'valores negados por nna hipocresía sin carácter, 
las recoge '-luego, y profundizadas en honda filosofía y 



A TRAVES DE LIBROS. Y PE AUTORES 



concepto económico y social- van n. constituir la segunda 
parle de ese libro fuerte y recio, profundo y armonioso 
que se llama La Muerte del Cisne. ... 

Se nos antoja que nuestro escritor recoge de inmediato 
la riqueza psicológica que encuentra a mano, y en. lugar 
de conservarla en notas, disecadas y sin vida, cro& con 
ella, en seguida, caracteres vivos, y los deja de pie, com- 
pletos y definitivos, para utilizarlos cuando el tiempo" 
lo requiera. 

De Primitivo poco ha sido modificado al incorporarlo,, 
íntegro, en El Terruño. Apenas el nombre de la mujer, 
Adelina, que so convierte en Celedonia en la novela, y 
de la cual se nos da ahora, como antecedente valiosí- 
simo para comprender su conducta, un temperamento 
excesivo que obligó a su madre, la prudenlc y cauta Ma- 
magela, a casarla, joven con uno de sus peones de mayor 
con fianza. Primitivo, (pie. es además su ahijado, y cuyas 
condiciones de laboriosidad y honradez eran garantía 
suficiente de felicidad para su hija. Con mayor acierto 
aún hu prime lícyles en El Terruño el episodio de la mo- 
neda, que revelaba un refinamiento de crueldad po- 
co en armonía con el alma ruda, primitiva, toda ins- 
tinto, del gaucho bueno y trabajador. Nada pierdo por 
eso la dramuticidad de la escena, cuya mayor hondura 
esta en la lenta y progresiva degeneración del alma sen- 
cilla de Primitivo; cu su envilecimiento incurable, en la 
pérdida absoluta de su voluntad de bien y de trabajo, 
una vez perdido el objeto de ella; y en la notable psi- 



LUI S A L V I S I 



eología Je Celedonia, en la cual el dolor del "mal produ- 
cido, y la piedad que él despierta: encienden on .su con- 
ciencia oscura el primer destello del remordimiento, y un 
extraño e inconsciente orgullo de haber producido por 
su sola influencia tanto carino y una tan radical trans- 
formación on el alma de su esposo. "Al ver a su esposo 
silencioso y huraño junto al fogón o debajo del omhú, 
preguntábase: "¿Qué pasará por su alma ahora? ¿Me 
estará maldiciendo'...'' y se sen lía morir de angustia. 
"¿Y todo viene de </í/m7/o:>'' interrogábase a continua- 
ción, y empezaba a percatarse de que allá, en las recon- 
diteces ile su alma, nacía violento odio contra el ¡luían- 
le, y juntamente, un sentimiento indefinible, extraña 
mezcla de admiración, lástima y respeto hacia el man- 
ilo burlado que la martirizaba, es wrd.nl, pero por ven- 
garse, sin duda, de la afrenta que ella Je había inferido. 
Reconocía su culpa, cornetilla sin pasión ni sensualismo, 
por debilidad tan sólo; pero más que la falta misma la 
atormentaban las consecuencias de ella: la vida misera- 
ble que vino luego; y, sobre todo, la abyección del es- 
poso, cuyo relajamiento físico y moral seguía espantada 
paso a paso. 

"¡Qué malo debe ser lo que hice!" pensaba vagamen- 
te al verlo regresar de la pulpería vacilando, sobre las 
piernas, las ropas desaliñadas y ch rostro embrutecido 
por la embriaguez. Y se asustaba dé su delito y dispo- 
níase .á^a&cptar, sin protesta, las mayores torturas para 
purgarlo..." sl.r 

— 32 — 



A . TRAYJSS}. DE LIBROS Y J>E AUTORES 

"La relaj ación . dd,$quel hombre, antes tan bueno y 
sano y ahora abyect^ra obra suya, y este hondo, aun- 
que confuso sentimiento; daba margen en el alma feme- 
nina y nada dura de Celedonia, a ternezas inauditas o 
inclinación amorosa, explicable tan sólo considerando 
que Ins Evas suelen sentir perversa predilección por el 
hombre que, a causa do ellas, sufre y se envilece. . . " 

Hoy les acierta maravillosamente en estos, casos do des- 
composición moral. Para su duro y cruel.- escalpelo no 
tiene secreto alguno el alma humana, y ya se llame Mon- 
cha ca en La Raza de Caín y sea un honrado pulpero con 
visos de periodista y conductor de pueblos, ya sea el al- 
ma rudimentaria del gaucho bueno, la influencia des- 
moralizadora de la mujer labran en ambos, la terrible 
c impr. :. ' manto degradación, que termina épicamente* 
en el último, con el incendio de la estancia, y mas oscu- 
ramente, más dolorosamente en el primero, con la total 
abyección dol alcohólico. Hay una grandeza sombría, 
una desesperada belleza en estos cuadros morales en 
los que vive la dramática pintura de los novelistas ru- 
sos. Estos dos casos, sobre todo, estudiados en dos indi- 
vidualidades y en dos medios diferentes, revelan en el 
autor una hondura de observación y de perspicacia, un 
don psicológico, sqlo comparable a los de los grandes no- 
velistas 'y dramaturgos del Norte: Ibsen, Dofltoie-wsky, 
Andreieff, Harásun, Bjoerson.' 

Nada tiene que envidiarles, nuestro insigne, novelista, 
en cuanto a poder creador de caracteres. EníeTcaso de 



LUISA L V I S 1 



Primitivo, sobre todo, uno de los más reales y trágicos 
do toda l«a obra del escritor, esta degradación brusca, 
como si del alma ruda hubiera caído de pronto la del- 
gada capa de civilización que cubriera el fondo salvaje, 
e instintivo, sorprende por lo brutal y definitivo. Pare- 
ce como que una mano invisible se hubiera entretenido 
en romper los hilos ocultos, los internos resortes do ese 
organismo moral, y lo hubiera entregado, como un in- 
servible pelele, a las fuerzas indisciplinadas y heredita- 
rias de sus salvajes antecesores. 

El Extraño, no ha sido, como Primitivo en El Terru- 
ño, insertado íntegro en La Raza ele Caín. Es más bien 
un antecedente, un estudio previo de carácter, una ver- 
dadera Academia, en una palabra. Julio Guzmán vive, 
en El Extraño, con su familia materna, de la cual se en- 
cuentra ya divorciado por su educación y por sus gus- 
tos, como lo estará también, más adelante, con la fami- 
lia de su esposa. 

La Raza de Caín ahondará el estudio del carácter, lo 
convertirá de academia- en obra completa y definitiva; 
pero en El Extraño, se encuentran ya las observaciones 
primordiales que dan consistencia y personalidad pro- 
pias a la figura de Guzmán. En La Haza de Caín, la vi- 
da, con sus golpes repetidos, y la propia madure/, del 
carácter, han trabajado los sentimientos i'rívulos y la 
despreocupación de El Extraño; lo han amargado, con 
el análisis implacable y roedor; y el dolor de su único 
amor perdido, y de su vida destrozada por las peligrosas 



— 34 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



experiencias sentimentales, — amarga consecuoneia do 
su aventura con Sara y Cora, — han abierto una he- 
rida dii'ícil de cerrar en esa alma atormentada. 

Falta en El Extraño el elementó de simpatía huma-' 
na, de piedad, que el dolor de la vida ha de poner en 
el Julio Guzmán do La Raza de Caín; algo de suavidad, 
de lastima, por esa criatura poco simpática, y en exceso 
egoísta de la academia. 

A pesar de sus culpas y de sus errores; a pesar de 
su egoísmo estéril, que lo hacen incapaz de darse a los 
otros, y de conquistarlos así, definitivamente, el Julio 
Guzmán de La Raza de Caín, inspira compasión. No así 
el de El Extraño, que no ha sufrido, y que no se ha hu- 
manizado, por lo tanto, todavía. 

Nada tiene de raro, pues, que el eminente crítico es- 
pañol don Juan Valora no haya encontrado en él, eso 
elemento do simpatía que no había puesto tampoco en 
su protagonista, el autor. Los que quisieron identificar 
con Carlos lícylcs, por que éste le prestara su refina- 
miento artístico y su cultura intelectual, al Julio Guz- 
mán de la Academia, hallaron naturalmente, que la par- 
te moral del personaje no coincidía con la de su padre 
espiritual. Y se detuvieron, sorprendidos, en las últimas 
páginas, porque reconocieron en ellas y sólo en ellas, que 
no había sido el intento del novelista entregar semejan- 
te carácter a nuestra admiración. 

Sin embargo, bien claro lo decía su autor en el prólo- 
go ; en ese prólogo tan comentado y tan audaz para cicr- 



LUISA L U I S I 



tos críticos do la época y que se nos antoja hoy, natu- 
ral movimiento artístico de una juventud briosa y rebo- 
sante de energías, cuya confianza en sí mismo no podía 
menos que chocar a los eternos filisteos de todos los 
. Jjcmpos : 

"A pesar de Fortunata y Jacinta, La Fe, Su Unico 
Eijo, y otras obras de indagación psicológica, la novela 
española, nutriéndose sin cesar del vigoroso realismo con 
que la robustecieron los Cota, Cervantes, Hurtado do 
Mendoza, Alemanes, Espineles y Quevedos, es actual- 
mente, en su esencia y en sus cualidades castizas — quo 
no consisten en el estudio de caracteres y pasiones, sino 
en la pintura de costumbres y en la gracia, J'rosi-ura y 
amenidad del relato — lo que fué en el gran si- 
glo XVI y principios del XVII: costumbrista y pica- 
resca, cuadros de género de exacta observación, magní- 
ficos paisajes, escenas regocijadas, mucha luz y mucha 
travesura; un procedimiento grande y simple que ha en- 
gendrado obras verdaderamente hermosas, pero locales y 
epidérmicas, demasiado epidérmicas para sorprender los 
estados de alma de la nerviosa generación actual y satis- 
facer ; sú curiosidad del misterio de lá'vida. . . " 

. Para conseguirlo tomaré colores* de todas las pa- 
letas, estudiando preferentemente al hombre sacudido 
por Us'ffiáÜs y pesares, por que éstos son la mejor pie- 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



dra de toque para descubrir el verdadero metal del al- 
ma..." (1). 

Estos párrafos del prólogo manifiestan bien claramen- 
te )¡i posición de espíritu del autor, que no se equivo- 
caba cu su apreciación sobre la novela española, que fué 
siempre ajena a las sutilezas y refinamientos del espíri- 
tu, a las complejidades y exotismos, característicos de los 
analistas franceses con Buurgct, Prévost, y Iluysmans a 
la cabeza, y de los cuales fuó maestro hoy indiscutido, 
Enrique Bcyle; a las perversiones intelectuales a lo 
D'Annunziu o a la trágica grandeza de Tourgucncff, 
Gorki o DostoioAvsky. 

Y cuando el autor de un ensayo como El Extraño so 
toma la molestia de indicar su propósito con frases de 
una claridad que no deja Jugar alguno a la duda o a 
falsas interpretaciones; cuando el Des Esseinles, do 
iiuysmans, indica bien a las claras la ascendencia es- 
piritual de Julio Guzmán, cuyo modelo de carne y hue- 
so bien pudo ser para ésto como lo fué para aquél, ese 
conde de Montesquiou de Fézénsac que acaba de morir 
en Francia, complicado y sutil, de un intrincado refi- 
namiento, elegante hasta la exageración, enamorado de 
toda manifestación de arte difícil que no esté, por lo tan- 
to, al alcance del v.ulgo; que rimaba versos sabios y da- 
ba conferencias sobre elegancia en Nueva York, ¿ por qué 
ocurrírsele a ntfdic que deba ser su modelo el propio 
Keyles, cuya vida de enérgico trabajo y dq.. voluntad 

(1) Subrayado por el critico. ... 



— 37 — 



LUISA L ü I 8 I 



indomable, es un viviente desmentido a tal interpreta- 
ción? Tanto daría, entonces, atribuir al mismo, las men- 
guadas condiciones del Tóeles de El Terruño, sólo por- 
que muchas veces ponga su autor, en tal boca, ideas y 
expresiones que le son caras. Con semejante criterio, ca- 
da novelista aparecería retratado en sus propias obras, 
lo que lo obligaría a no pintar sino caracteres elevados 
y nobles, para que no les fueran imputadas las pasiones 
y defectos de sus protagonistas. 

La fuerte y avasalladora personalidad de Carlos ]?cy- 
les, el cuño profundo de sus ideas se imprimen, en ge- 
neral, con tanta fuerza, y con tanta vehemencia son ex- 
puestas, que acaso esta sola circunstancia haya podido 
inducir en tal error a lectores poco atentos y menos 
avisados. 

Se pregunta algún crítico si después de realizadas 
estas Academias, el lector ha visto cumplido el progra- 
ma que a su frente figura. Contesto sin vacilar, que si 
aquel ha comprendido bien esc programa, no puede ver- 
se defraudado en sus esperanzas. Tanto Primitivo como 
El Extraño, son. en efecto, vigorosas y perdurables ten- 
tativas de uñ arte moderno, como lo prometía su autor; 
arte que luego se ha visto realizado por completo, en la 
novela psicológica La- Baza- de Caín y en la novela do 
tesis El Terruño, a las cuales completa, en un magnífico 
exponente de arle puro, este Embrujo de Sevilla, que 
ha venido a coronar con su éxito clamoroso, la ya ro- 
busta gloria de su autor. 



A TRAVES DE LIBROS Y VE jyuxuuw 



III 

"LA RAZA DE CAÍN" 

Viene luego La Raza <h Caín, para mí )a unís per- 
fecta de todas sus novelas, no bóIo por la fuerza del aná- 
lisis, sino por Ja composición misma, la consistencia de 
su factura, y el vigor y la eficacia del lenguaje. 

Nada falta, como nada sobra en ella; todas sus esce- 
nas, todos los detalles aparecen no solamente como jus- 
tos, sído también como imprescindibles. 

La modalidad artística de Rcyles ya aparecida en las 
Academias, y entre ellas particularmente en El Extraño, 
cobra todo su vigor en esta novela. El anaMsis psicológi- 
co adquiere aquí finura y minuciosidad sólo compara- 
bles a las de un Paul Bourgct. El paisaje queda 'relega- 
do a segundo plano. Las fignras se destacan vigorosa- 
mente sobre el amplio telón de fondo de la estancia, o 
en los estrechos límites de un salón de Montevideo. Pe- 
ro el ambiente poco influye en la novela. Montevideo, 
Buenos Aires, Madrid o San Pctersburgo, cualquier ciu- 
dad sería igualmente buena para albergar a nuestros 
personajes. El drama, hondo, vigoroso, cruelmente sutil, 
se desarrolla todo entero en el alma y cu la conciencia 
de Guarnan y' de Cacio, en primer término; en la de Meir 
chaca después. 

No necesitaba Carlos Reyles agregar a la terrible tra- 



— 39 — 



L . Z7 í 8 A L U I S I 



gedia interna de estos personajes, los Jos homicidios quo 
Bon como la materialización de aquélla, para dar mayor 
realidad al drama psicológico. Un soplo de fatalidad, se- 
. me jante al que dio grandeza al teatro griego, uuido a uu 
sentido ruso de morbosidad anímica, pasa violentamente 
sobro estas páginas dolorosas, sacudidas de veracidad y 
de realismo, como si algo del alma sangrante de su autor 
palpitara en ellas. 

El refinamiento psicológico de Dostoicwsky parece en 
algunas ocasiones disecar el alma atormentada de Cacio, 
la figura oscura del hijo tic Caín. Y sin embargo, a pe- 
sar do las tinieblas en que refulge a veces con destellos 
azufrados, esa alma no nos merece del todo condenación 
y odio. Algo de piedad nos inunda, a pesar do 
su mismo creador, que fuera más de una vez implaca- 
ble con él; y que, sin embargo y aún a despecho do sí 
mismo abre una puerta de redención a su infortunio, y 
deja vislumbrar un poco de lástima, un poco de dolor 
por esa atormentada conciencia. 

Cacio no es un malvado. Lo hicieron malo los pre- 
juicios aristocráticos de sus bienhechores, que no quisie- 
ron ver nunca en él sino al hijo del gringo; sus ambicio- 
nes desmedidas, su falta do voluntad y de energía para 
sobreponerse a las condiciones deprimentes do su medio, 
y la falta; do aptitudes, que como al Tóeles de El Te- 
rruño; lo precipita en los tormentos y las amarguras del 
fracaso. \ 

' .'■ T sin.einDárgo, hay en esfuerzo de Cacio por le- 

— 40'~ 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AJJTORES 

yantarse de su medio, más dignidad y hastá^algo de 
grandeza, que lo hacen, en cierto modo, superior a Gua- 
rnan. Jlcylcá parece reprocharle el querer salir de su 
medio ; el aspirar a un escalón superior de la arbitraria 
escala de valores sociales, construida, sin embargo, más 
que con el mérito propio, con los prejuicios de las castas 
y de las fortunas. 

El mal de Cacio no está en esa aspiración, aún sea 
ella superior a sus facultades; sino más bien en la sen- 
sibilidad exacerbada de su alma, incapaz de soportar los 
golpes inevitables en la áspera lucha por la vida; en el 
desconocimiento de sus propias limitaciones, que no le 
permite elegir, para llegar al éxito, el camino conformo 
a sus aptitudes y a sus debilidades, y, digámoslo de una 
voz, — ya que este es el móvil fundamental del libro 
y la lección bien clara, por cierto, que encierra, — en 
su falta absoluta de voluntad y de energía para cum- 
plir los designios ambiciosos de su espíritu. 

Algunos críticos lian querido ver solamente la parto 
abyecta del carácter do Cacio. "Odio y desprecio, dice 
uno de ellos, ha puesto Beylcs en esc retrato." Nosotros 
miramos esta figura con ojos más piadosos. Por veces sus 
insanias se nos antojan fútiles vanidades de criatura, co- 
mo cuando pone toda su alegría en el lucimiento de un 
bastón de ballena con puño de oro, o en el estreno de 
un traje nuevo/ Y. sin embargo, estas mismos niñerías 
pueden tener un' significado más profundo qno el de la 
simple vanidad. :'•'■<• 



^ÍBÍ i^^exteri or cuidado y compuesto, fundamenía^^' 
|^^$|w%Í<grado'' v áe " ! cstimáci6n''y respeto qué le '¿¿^¿6*' 
rtiiim^persona, ,;y no olvidemos que Cacio. tiene \hambró|:y :! 
g^f^e'^o^ier' ación • social.-' Claro está que ., un ¿espíritu i 
i^evidp^ño'.--¿a de poner toda su ambición en el .--vestir ';- 
^.perb" : en Cacio el rasgo apuntado, que intensifica más." 
;\aún ía satisfacción infantil que demuéstrales un acier-f 
^to l más del -notable novelista. 

Pero lo que hace de Cacio un ser interesante, a pesar 
de sus defectos vulgarísimos: la vanidad, la ambición 
excesiva, la debilidad de su carácter y más que todo su 
servilismo repugnante)' — consecuencia natural de su. 
falta de carácter — son las buenas cualidades que hu-' 
bieran nacido de esos mismos defectos, a ser éstos bien 
encaminados. La diferencia de cultura entre el indivi- 
duo y su familia primero, y luego entre el mismo y el 
medio donde le toca actuar, produce, fatalmente estos 
casos de inadaptación y sufrimiento que, en las natura- 
lezas finas y cultivadas, determinan un Julio Guzmán, 
amargado y destruido por el fracaso final, y que busca 
en el cultivo estéril de su yo, refugio contra las amargu- 
ras de la vida; y en naturalezas más groseras, el tipo de 
Cacio, a quien acaba de malograr la falta de simpatía 
y de calor de sentimiento. Porque lo más curioso de es- 
tas naturalezas sin refinamiento, es que, por poco que 
gusten la miel de las satisfacciones de amor propio, pue- 
den convertirse, si no en destacadas personalidades, por 
lo menos en discretos individuos útiles a la sociedad en 

— 42 — 



ia'mediáa* ¿Viro*:':tói^ 
• por íó'nnsinó^ 
Be contentan,' ni cpüeden'^ 

facciones, i A jos primeros';'* co*m^^^ .4ic¿i • 

un elogio basta 'para ' darles ':c^p^7^ÍdittdMli^r ''-todOi'', 
ün día,' y en este estado de espíritu "'son i semciaies'y has- ; 
ta generosos; lo que no puede ocurrir y¿ con los otros, 
viciados demasiado, para poder í reaccionar '■ tan. fácil- 
mente. '." ....... 

Esa misma sed de revancha social de -qué sufren los 
Cacio, puede ser levadura fecunda para impelirlos a rea- 
lizar algunos de sus sueños, cuando, de acuerdo con otra 
voluntad que los sostenga, y disciplinada en la experien- 
cia, encuentre su lugar y sus circunstancias propicias. 
De Gacios más afortunados que el de La Baza de Caín 
está plagado el universo, y sou ellos los que aportan el 
mayor contingente a la triunfante raza de las mediocri- 
dades. Son menos peligrosos para la sociedad, que los 
Julio Guzmán, por eso mismo que son menos cultos y 
menos refinados, y por lo tanto menos conscientes del 
mal que hacen. Y menos responsables también. Lo que 
determina el fracaso definitivo de Cacio, no son tanto 
sus menguadas condiciones morales, cuánto el no haber 
sabido buscar el medio que le fuera propicio. 

La vecindad de los Crooker, en primer término, le es 
funesta. Ya su primera falta, cometida en un momento 
de inconsciencia) y que aquellos tienen la nobleza de per- 
donar, lo coloca en una posición de inferioridad, fatal 

— 43 — 



WS$mUHi'^:: : . a. -. - >l ■■■ v i 'vs i 

ípáfa^ el carácter- vanidoso de Cacio. Otro hombre habría 
¿buscado rehabilitarse lejos de esa familia y volver a ella 
■ con su. conciencia limpia de aquella culpa. Pero para ha- 
cerlo, necesitara de la voluntad, que es la falla primor- 
dial; del carácter estudiado. 

■'. :Todo el drama de Cacio está en no haberlo reconoci- 
do así. T toda su nobleza, el destello de nobleza que ilu- 
mina a veces el sombrío panorama de su alma, en el su- 
frimiento quo le roo el corazón y lo redime, en cierto 
modo, de su abyección. Porque tal sufrimiento no es tan 
solo envidia y amor propio, — que estos sentimientos no 
son capaces de inspirar un vislumbre siquiera de sim- 
patía, — sino en algo más doloroso y más profundo: el 
dolor del solitario, del paria, que no encuentra una alma 
piadosa que lo comprenda y se apiade do sus penas. Tie- 
nen sed de amor, sed de virtud, sed de perfección y son 
en cesto superiores, aunque no lo consigan, a los que na- 
cen ibuenos o bellos, y el serlos no les produce esfuerzo 
alguno. Desde el punto de vista del mérito y del esfuer- 
zo, '.tiene razón la doctrina cristiana, quo otorga mayor 
premió al pecador endurecido que se arrepiente de sus 
culpas, que al justo que lo es sin esfuerzo y sin violen- 
cia. ;Y luego, ticno razón Cacio al asegurar quo sólo en 
la prueba del dolor se reconoce a las almas. Poco cues- 
^■én^eíectoj ser generosos y buenos, cuando la vida nos 
sonríe" y nos colma de dones; lo difícil es serlo cuando 
del propio sufrimiento hemos do sacar fuerzas para los 
otros, cuando, ellas apenas alcanzan para soportarnos a 

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A TRAVES DE LIBROS.: T DE -¿AUTORES 

nosotros mismos. Y sin embargo, es en las grandes crisis 
de dolor cuando las almas muestran el verdadero metal 
de que están hechas. Pero es preciso que este dolor sea 
puro. Y el de Cacio, no lo es. Por eso en lugar de elevar, 
corrompe. A pesar de todo, Cació lleva, en sí, los gérme- 
nes de muchas virtudes: " . . .En la niñez, nos dice, ate- 
soraba mi alma todos los sentimientos nobles y genero- 
sos, hasta era un poco romántico, y hubiera sido capaz 
de cualquier afección desinteresada o de cualquier sacri- 
ficio. Como me creía bien dotado, acariciaba 1 todas las 
esperanzas, delicadas florecitas que la vida, como un sol 
canicular, fué agostando implacablemente, implacable- 
mente, hasta no dejar una. . . Y mi alma quedó seca y 
aridecida. Me convertí en una criatura rencorosa, y 
cuanto más vivía, es decir, cuanto más completamente 
frustrados eran mis sueños de ventura, de amor, de po- 
der, más rencor acumulaba. De esta manera me volví 
hostil para los otros. Y de todos mis sufrimientos tenía 
la culpa Arturo . . . ' ' 

Arturo es, en efecto, la mala sombra de Cacio. Her- 
moso, rico, simpático, obtiene sin esfuerzo, por el solo 
concurso de su nacimiento y de su riqueza, lo que todos 
los esfuerzos y trabajos de Cacio no han podido conse- 
guir. Es la suerte misma quien lo muestra a Cacio como 
una ironía amarga; y es al mismo tiempo, uno de aque- 
llos a quienes llama Barres "les barbares", la sombra 
negra y fatídica, a cuyo contacto se convierten en odio 
y en rencor, los mejores impulsos del alma. Más aún 



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ara Guzman. J ;Arturo :es .para ¿Cacio :hv.cau¿* 
jras desventuras. . : ; 

EJsv énconirado* alguna , ; vez Vén la' etístoji^a^; 
personas cuya 'sola presencia es súficieátejaf, 
dos 'los móvífoientos;. espontáneos', del .espíri^v 
MS®abtónto de hielo nos separa de ellos. Sentimos que"- 
ij^as^'V'ipésar ^ 6 todos nuestros esfuerzos, a pesar de . tp'^ 
'Üa 'lá 5 nobleza de nuestros^ actos, y 7de sus prístinas inten- 
cióneseles arrancaremos únsolo movimiento de simpatía, 
nn solo latido de comprensión y de afecto. Una sonrisa 
burlona, una mirada de .indiferencia o de desprecio, a ve- 
ces ni eso siquiera, bastan a transformar en desconfían-.*, 
zj,- las mejores intenciones. Como la funesta aruera, ex-'' 
tienden sobre nuestra alma la sombra maléfica de su 
alma. Son les barbares, los enemigos espirituales, los ex- 
tranjeros irreductibles, de nuestra patria espiritual. 
Pueden ellas ser para sus semejantes, buenas, afectuo- 
sos, comprensivos. Pero les falta para nosotros, esa ín- 
tima y misteriosa armonía, que nos hace vibrar al uní- 
sono con 7iuestros semejantes. 

Les falta, tal vez, un pasado de experiencias comunes, 
a que puedan referirse, aún antes de hablar, las mira- 
das, los gestos, hasta el sonido de la voz o el corte de los 
ojos. Misteriosas afinidades de las almas que, a la mane- 
ra de los cuerpos químicos, determinan reacciones dife- 
rentes, de composición y de descomposición. Tal Arturo 
para Cacio, agravado con la conciencia de la influencia 
nefasta de aquól y con la superioridad de la riqueza y 



de la víuerza^ial Áméü&, \é^sii;a^<n^a||^^^ .sobré 
Guzmán. , ; + v^^¿Uiv. 

• -Cacio es, sin embargo, b mejor sdicbo:^übiéra sidó,í.xin. 
ser. afectuoso y sensible. Como en 'totk ¿cm^ 
sin v ámor ni simpatía, el alma de' Ó_áñio'^i'¿¿^y'^^wí',' 
do. Le ha faltado el riego fecundante y jamorosopé "ím 
afecto' inclinado solícito sobre.su infancia ; la ^nlandv de 
una mujer en esa "vida la cálida simpatía de una her- 
mana o de una novia, para templar sus frialdades y li- 
mar sus asperezas. El mismo lo dice, con una frase ad- 
mirable: "El cariño que no puede brotar, se convierte 
¡en odio." Y de esta manera nos explica su autor, .en. 
una sola linca toda la complicada psicología de su pe£i 
sonaje. Nadie ha dicho aún, en efecto, todo el drama os- 
curo y silencioso, todas las terribles y ulteriores conse- 
cuencias que para él mismo y para los demás, incuba 
el alma tan frágil y tan misteriosa de los niños; todo 
el dolor escondido por ese extraño pudor de las criatu- 
ras, por su sensibilidad, que una sola palabra basta para 
replegar sobre ellas mismas y hacerlas impenetrables a 
los que a ellas no se dirigen con el poderoso talismán del 
cariño. Este carácter malogrado, esta vida fracasada, es- 
ta terrible lección que el autor dedica a la juventud de 
su patria, en las breves y expresivas líneas que encabe- 
zan el libro, debería también ser aprovechada por todo 
educador y aún por todos los padres, ya que no basta 
muchas veces la sola guía del cariño, para penetrar en 
las reconditeces todavía inexploradas de . la psicología 

— 47 — 



iffi&V) ■•t^í a > a.. ■ l , u i a . i 

i infantil; Honda y dolorosa y amarga lección la de este 
¡'libró, hermoso por su realización y por su intento; por 
.'eUsufrimiento que destilan sus paginas y por el talento 

asombroso de su autor, que así ha penétrado hasta los 

últimos secretos del corazón humano . . . ! 



La figura de Guzmán es la misma de Cacio, pero en 
un plano superior del espíritu. La misma abulia, la 
misma sensibilidad exacerbada, el mismo análisis derao- 
ledor de sí mismo, en un espíritu refinado y artista que 
centuplica, con la visión consciente del propio rebaja- 
miento, las torturas morales del otro. Pero Gu/.mán es 
más culpable que Cacio, por lo mismo que tiene una edu- 
cación superior, un espíritu más refinado, y un amor 
abnegado y constante que lo conforta y lo acompaña. El 
amor, desinteresado de la "Taciturna" debió hacer otro 
hombre de Guzmán, como el entrevisto amor de Laura 
¿staba a punto de realizar el milagro en el alma oscura 
y 'caótica de Cacio. 

Encontramos en La Raza de Caín un Guzmán mucho 
más desgraciado, pero también, por eso mismo, mucho 
más ^humanizado que en El Extraño. Lá equivocación 
de su vida, quo quiso rehacer por su matrimouio cou 
Amelia^ Cr'oóker, después do su imperdonable aventura 
con Sara y Cora, en El Extraño ha concluido su obra 
dé desmoralización. El carácter de Amelia, sencillo, pru- 



— 48 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE t AUTORES, 



dente, reservado, un poco alicorto para los vuelos, de la 
inteligencia, de que tanto gustaba Guzmán, no podia, en 
forma alguna, convenir al analista y complicado de su 
esposo. Y luego, el matrimonio efectuado sin amor, sin 
estimación siquiera, el interés pecuniario que la esposa 
acaba por comprender como único móvil de su marido, 
no puede sino ahondar la separación entre ambos. Sólo 
una abnegación absoluta, un amor que no pide sino el 
sacrificio, y que lo cumple luego, definitivo y total; só- 
lo el alma desinteresada y noble de Sara, podía com- 
prender y soportar a Guzmán. 

Y aún este carácter, ha de caer también aniquilado 
por el egoísmo sin gruudeza de su amante. Para las al- 
mas como Guzmán y como Cacio, a pesar de toda la hu- 
mana piedad que nos inspiren, no puede haber excusa 
para el mal que a su paso derraman. Y para ellos mis- 
mos, sólo un fuerte, un avasallador entusiasmo puede 
arrastrarlos a la consecución de un objeto noble en la 
vida; pero estos mismos entusiasmos, si es que ellos lle- 
gan alguna vez a florecer en sus almas, no tienen la con- 
tinuidad, ni la intensidad suficientes para vencer cada 
día y todos los días, los pequeños obstáculos, la lentitud 
natural del tiempo; y caen con la misma rapidez con 
que se manifestaron, ante la primera dificultad que se 
les presenta. Guzmán es más abúlico .aún. que Cacio y 
más analista también; y por esto mismo más desgracia- 
do que éste. Su refinada cultura, mostrándole, en ...un 
momento dado, todas las razones que en un sentido y 

— 41 — 



, JmitanVpará resolverse o no ' ¿ la acción,'- detérmi-S 
rn^^a^m^^como en el sobado ' ejemplo' del ''asnoVcUr 
-;?-§$u^^^Porque falta en Guzmán, sobre todo, cosa que 
Jijo ¿acontece en Cacio, un interés profundo, una üiisión 
j^SS^gúe dirija su existencia. Ella. ha perdido pára','él 
todos sus atractivos, desde que aquilató una vez por to- 
das íá r inanidad de la humana obra. "El afán de perfec- 
ción y el idealismo intransigente de los solitarios con- 
tribuyeron también a cortarle los brazos para toda ta- 
rea, porque la más noble le parecía impcrf ceta," insig- 
nificante, poco trascendental, comparada a ios vuelos de 
su espíritu y a las aspiraciones de su alma enamorada 
de lo absoluto. 'Las antinomias fatales del pensamiento 
y de la acción se levantaban entre él y la realidad de la 
vida, como un espeso muro. Quería obrar tan perfecta- 
mente, que no obraba de ninguna manera. .." 

"...Peinar frases, agrega más adelante, escribir por 
vanidad, vivir cultivando puerilmente la uronia reputa- 
ción en periódicos y revistas mas o menos insignificantes, 
para no dejar sino el renombre de especialista, delezna- 
ble y perecedero, ¡ridículo destino!. . . " Falta además a 
Guzmán el concepto vital del esfuerzo. Parecen a pri- 
mera vista, — tan sutiles son las paradojas que sabe 
presentarnos, — de positivo valer las razones que adu- 
ce en defensa de su inacción. La vida puramente con- 
templativa tiene también sus defensores y sus partida- 
rios; pero es preciso que ella vaya acompañada de un 
renunciamiento total a todos los goces materiales, que 



— 50 — 



\A i TRAVES . ' DE • 'DÍBROj^^^J^^^^M 

''S v lo\iie ' constituye* sú;?preci|.^^u * gran' deza^La ^^oiüiii 
tad que desplegaron enreUolí^mS^s'-y "eremitas' do los 
siglos pasados, aunque equivocada: .en: su 'íínaUdad/.tie-. 
ne sin embargo, su imponente grandeza: 7 Para un. alma 
sin fe, y a quien no seducen los A^garé^ 
la gloria o de la riqueza, solamente la/ ^realización 'del 
esfuerzo diariamente cumplido, y del trabajo' ^aceptado 1 
libremente, con dignidad y.^contento, pueden; llenar. las 
lioras, de otro modo interminables de la existencia. Pero 
también esta humilde satisfacción le fué nogada, ya que 
si aquellos no responden a la propia vocación, son tor- 
mento en lugar de alegría; y no existían para (Juzman 
los que debieran ser su norma y guía. 

Su cultura demasiado refinada, para un país que ne-. 
cosita todavía más energías vírgenes y primitivas quo 
frutos tardíos de civilizaciones decadentes; su posición 
desahogada, que no le exigía con el apremio de las ne- 
cesidades no satisfechas, el trabajo constante y remunc- 
rador, exacerbaron esa su predisposición innata al análi- 
sis y a la inercia, que llevan forzosamente al fracaso 
primero, y a la neurastenia después. Porque Guzmán, es, 
sin duda, un poco neurasténico, con la neurastenia de 
los desocupados. Para caracteres así fueron imaginados, 
sin duda, esos refugios monásticos, en donde la regla re- 
ligiosa, previendo de antemano el empleo de cada hora y 
de cada minuto del día, no deja a la iniciativa de sus 
miembros la mínima ocasión de manifestarse. El regla- 
mento sustituye a la personalidad humana y la transfor- 



— 51 — 



p^; : Z7; '-Z S . A . L U I S I 

'ma en una máquina completamente pasiva. Pero el ser 
que carece de la voluntad de resolverse halla una hon- 
da satisfacción en que otros piensen y obren por él. Rey- 
ies nos muestra uno de estos casos, pero librado a sus 
propias fuerzas, y el resultado nefasto de una vida sc- 
"ine jante. 

No es en Guzmúu, como en Caeio, la dolorosa conse- 
cuencia de una niñez, sin afectos lo que produce la amar- 
gura y el rencor de su alma. De naturaleza más eleva- 
da, con más nobles y superiores condiciones de nacimien- 
to y de educación, llega, sin embargo, a la misma pen- 
diente, y por ella rueda al mismo abismo. Guzmúu no 
gusta oír a Cacio reconocerlo como su hermano espiri- 
tual, y tiene razón, en lo que se refiere a elevación do 
sentimientos. Pero hay en Cacio un elemento superior 
al primero, y es el deseo, embrionario siquiera do supe- 
rarse, y el esfuerzo, y la voluntad que pone en hacerlo. 
Si cae vencido, no es sin algo de lucha que no existe en 
Guzmán. Y por esto .solamente por esto, Caeio nos ins- 
pira mayor piedad que aquél. 

' Hay también en Cacio una circunstancia que explica 
algo de su vileza: durante su niñez, la influencia nefas- 
ta de Arturo, el niño rico y adulado de la escuela, sola- 
™^$? 1 .P° 1 r< l ue es TÍC °, Y no por sus prendas personales, 
.^f f 1 ^.?. .la determinante definitiva de la corrupción de 
sú^alraá.vT otra vez encontramos en este libro admira- 
ble una efwaz lección para los educadores. 
' No es posible calcular las consecuencias, a veces ate- 

— : 52 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



rradoras que produce en el alma de los ni'os, de una 
sensibilidad extraordinaria, los actos de injusticia o de 
arbitraria preferencia, de aquellos que, por su carácter 
de maestros, son los encargados de distribuir las recom- 
pensas morales del esfuerzo. Como en el caso de Cacio, 
basta a veces un episodio, en apariencia insignificante, 
de la niñez, para determinar el fracaso completo de una 
vida. Nunca serán bastante suaves y delicadas las ma- 
nos encargadas de manejar esa cosa tan frágil y tan mis- 
teriosa que es el almá de un niño. 

Y aunque en el caso de que hablamos no parece ha- 
ber intervenido el maestro, juzgúese de su influencia, si 
la de un simple compañero fué suficiente a causar ta- 
les estragos. Por no haberle reconocido superioridad des- 
de el primer día que Arturo se presentó a la escuela, 
se propuso éste hacerle pagar caro su conato de rebelión. 
"Una vez Cacio lo obsequió con guindas; comióselas Ar- 
turo sin darle las gracias, y luego le arrójó los carozos 
a la cabeza, y le dijo, como si hubiera adivinado la ocul- 
ta intención del presente: "Yo no me llamo guindas." 
Lo curioso del caso era que con los demás niños mostrá- 
base afable, francote, juguetón y nada camorrista; las 
asperezas las reservaba para Cacio, con el fin, sin du- 
da, de hacerle purgar debidamente el conato de rebelión 
del primer día. Su instinto de señor feudal lo impulsaba 
a ser duro e inhumano con los que intentaban escapar a 
su dominio. • t . 

Transcurrió el tiempo, y la mano férrea de Arturo, 



— 53 — 



^^ ^gy^^g; í A •' : ¡'i l 17 • ,1 : : 

q&jopn^a'-isin saberlo, "envileció a bu condiscípulo al"; 
rageíririe;de vmil^modos la certeza de su propia inferió--* 
ridad, -a^cuya alquimia poderosa no resiste sin descomí' 
ponerse el oro del alma .. . . 
{ '¡X. .Un día, dice Cacio, como me negara a comer un 
pedazo de torta que él había tirado, me amenazó para 
la k salida, diciéndome : "Yo te voy a enseñar a comer 
torta." Al salir de la escuela y delante de nuestros con- 
discípulos nos trabamos en lucha ; me arrojó al suelo, : y 
cogiendo un excremento de vaca, me lo refregó sin pie- 
dad por los hocicos, repitiendo, entre las risas de nues- 
tros compañeros: "Come torta, come torta..." 

"Sí... fuiste generoso, contesta más adelante al mis- 
mo Arturo, cuando éste le recuerda una intervención 
generosa de su parte ; pero para serlo, confiesa que ne- 
cesitaste verme vencido y pidiendo misericordia; y lue- 
go, con melancolía sincera, como quien habla de males 
que ya no tienen remedio, pero que nos afligen todavía, 
anadió, bajando los ojos: — Me enseñaste la actitud de 
los domesticados y a dudar de mis fuerzas, y nunca he 
vuelto a tener confianza en mí. Tú no lo creerás, pero 
te debo grandes dolores." 



Junto a estos dos fracasados por distintas razones, y 
con diferente grado de responsabilidad, la figura de 
Menchaca, es la descomposición de un carácter, llegado 

— 54 — 



ya a su completa roaduiez, como ,un \organismo que disa- 
socia la gangrena no .d^í^iicU' a^itipTnf o \ por la penosa 
pero imprescindible ^peración^ic^i^cf^ '''Para vMcn- 
chaca es Ana, su esposa, él.ime'mb'r^g^g^eiía¡ao -.'que la; 
pusilanimidad del primero no sé atrevió a; separar de su 
existencia, antes dé que ésta se contáminara-del todo. 
Por no haber sabido querer, en un momento ¡dado, P© 1 ' 
tolerar luego, como natural consecuencia de esta falta 
primera de energía, los caprichos y las fantasías culpa- 
bles de Ana, esa vida fué lentamente envileciéndose, 
arruinándose, rodando poco a poco, por la funesta pen- 
diente de las complacencias innobles, hasta despeñarse al 
fin definitivamente, en el abismo de la embriaguez y de 
la miseria. 

Es realmente admirable la observación del detalle, 
desde el abandono del pueblo, donde tenía su negocio 
próspero, pava acceder a un capricho injustificado do 
la esposa, ya enamorada de otro hombre, a quien sigue 
en su marcha a la capital; la tolerancia de su culpable 
coquetería, y por fin el conocimiento y la aceptación de 
bu afrentosa postura, hasta la ruina total de su fortuna 
conseguida a costa do tantos y tan largos sacrificios. La 
última escena, sobre todo, de cruel vesanía, en donde 
el marido ultrajado ruega a su esposa de rodillas que no 
le confiese la verdad, grotesca y terrible como una es- 
cena do L 'l'Jtemcl man, de Dostoicwsky, hasta la comida 
que el amante de Ana le ofrece y a la cual asiste tam- 
bién el infeliz Mcnchaca, repugna y apiada al mismo 



p^cíU : !-\I S A L V I S' I 

^tiempo" como el cuerpo del enfermo que despide ya el; 
'olor de la espantosa podredumbre. Cuando Guzmáu lo 
; encuentra por la' calle, ebrio, sucio, abandonado, mise- 
¡ráble, pero acariciando aún la absurda esperanza do re- 
conquistar a su esposa, siente el profundo disgusto, Ja 
jcíolorosa impresión que produce el espectáculo do una 
personalidad, que se ha conocido sana, cu plena descom- 
posición. Del mismo modo que el profesor presenta a sus 
discípulos una llaga gangrenada que extiende su infec- 
ción por todo el organismo, nos muestra líeyles, impla- 
cablemente, todas las fases de la descomposición moral 
de un individuo, producida por la falta absoluta de ener- 
gía moral. Y es otra lección más, terrible, amarga ; pero 
eficaz por lo terrible y por lo amarga. 

Dejemos a Ana, que no es como los otros personajes 
de la novela, ejemplo y lección dolorosa. La ambición, 
la vanidad, ninguna cualidad buena, ningún impulso 
elevado, ni siquiera el deseo de ser mejor, ni una aspi- 
ración tan sólo de mejoramiento, la redimen de su ab- 
yección. No es el amor que puede hacerlo, puesto que al 
verse abandonada por Arturo, a quieu pareció amar un 
momento, busca cu ol.ro hombro cualquiera, el lujo y el 
placer que ambiciona. Hermana de Cacio, no tiene do 
éste la honda capacidad de sufrimiento y de amor, quo 
lo. conducen al crimen, pero no lo prostituyen. 
. Sólo Crocker, silencioso y reservado, cumpliendo sin 
desfallecimientos ni vacilaciones el deber obscuro de cada 
día, sacrificando sencillamente a los suyos su placer y 



— 5a — 



A TRAVES DE LIBROS Y DÉ ' AUTORES 



su descanso; y Sara, la amante desgraciada y noble de 
Guzmán, ponen un toque de luz en este sombrío cuadro 
psicológico. Carola y Laura, — víctima infeliz de las 
aberraciones de Cacio, — juveniles y contentas, no tie- 
nen personalidad definida aún, por más que ya se per- 
filan en la última los rasgos dominadores y altaneros do- 
los Crockcr. 

La dedicatoria que ostenta la página primera del li- 
bro explica sin necesidad de mayores comentarios, la fi- 
nalidad perseguida por su autor con la publicación do 
esta novela y que hemos intentado exponer desde nues- 
tro punto de vista, lo más claramente posible. Dice así: 
" Respetuosa y humildemente dedico a la juventud de 
mi país, este libro doloroso, pero acaso saludable." 

Las lecciones amargas no son en general las que más 
agradan. El autor pudo comprobarlo directamente, gra- 
cias a los duros c injustos ataques que por tal ocasión lo 
fueron dirigidos. Ningún crítico imparcial desconoce hoy 
la eficacia del intento, como no desconoció antes la su- 
ma de arte y de talento que reúne La Raza de Caín. 

IV 

"EL TERRUÑO" 

Es ésta la menos novelesca de todas las novelas' de 
Rcylcs por más que haya en ella muchos episodios de 
írcal y viva dr.-unaticidad. Pero lo que constituye su. 

— 57 -- 



*, verdadera finalidad no es, como en io Rapa de Caín 
(^l /Embrujo. de Sevilla, la trama novelesca' cmíI sólo 'aná- ; 
^^;psicológicb/;Más íntimamente enlazada se encuén^ 
: tra con Beba, con la que comparte, en algo, la prédica' ; 
[^apasionada por la explotación de las riquezas rurales, y. 
la descripción de las faenas camperas. A pesar de ello 
El '-Terruño es esencialmente distinto de aquélla. En 
Beba, la pintura del campo, la explicación de un concep- 
to más elevado de los trabajos propios de éste, practica-, 
dos sobre una base científica y con métodos razonados, 
son, más que el episodio romántico, la verdadera finali- 
•dad del libro. El Terruño es todo 61 una obra de tesis 
.y de propaganda. 

El conflicto que ya se esbozara entre la ciudad, per- 
sonificada por la familia Ucnavcnte, y el campo, simbo- 
lizado por Beba y por Ribero, cobra cu El Terruño los 
relieves de una verdadera oposición y hasta de lucha, cu 
la que el autor dará el triunfo total y completo a la 
campaña. Pero no solamente, como en la novela do liga 
■de Quciroz, por su salud moral y física, sino con una 
trascendencia que, en nuestros países americanos, y más 
en el Uruguay acaso que en otro alguno, toma el ca- 
rácter de un verdadero problema económico y social. 

Parte el novelista de la tácita premisa que la única 
riqueza, la única industria hasta hoy verdaderamente 
■explotable en nuest ro país es la ganadería. No tenemos, 
cu efecto, por lo menos no han sido hasta ahora descu- 
biertas y explotadas, minas de earbón ni hierro, en csca- 



— 53 — 



A 'TRATES $~DE tDE- ! ¿VTQRES 

» < ,.,f,v i- v ;4 - ■ *. • ¡j • 

la s'^icieñteVara Ver c^i¿!u¿r£"i&*báse^úficiente dé in- 
dustria fabril ; hi fraca- 
sado, acaso ■ riego, acaso 
a' la desigualdad del clima,' acaso/ : & la^^ca^profandidad 
de la capa de tierra vegetal, llamada humus. 

Sentada ideológicamente estó'prei^a} ,!, R¿ylc^'' con cía-' 
rividencia y generosidad poco comüñesi intenta persua- . 
dir a sus semejantes de la necesidad y la urgencia do 
atender y explotar de inmediato, y de una manera razo- 
nada y científica, esta fuente de riquezas, de ía cual no 
6e ha contentado con extraer egoistamente su fortuna 
personal. Pero no sólo por la novela, el artículo perio- 
dístico, el discurso o el folleto, se ha consagrado Reyles 
o esta magna obra, que no han reconocido suficiente- 
mente sus conciudadanos. Hombre de acción y de ener- 
gía, su ejemplo y su actuación en la ganadería del país 
le hacen acreedor al respeto y a la consideración de sus 
compatriotas. Fundador de la "Federación Rural* del 
Uruguay", asociación que tiene por objeto "reunir en 
un apretado haz ias energías dispersas o latentes del 
trabajo rural, para que adquieran conciencia de sí mis- 
mas y desenvuelvan su benéfico influjo en los destinos 
comunes", al decir del malogrado Rodó, todos sus es- 
fuerzos se han dirigido siempre a eso fin. 

Desde este punto de vista El Terruño se enlaza direc- 
tamente con El Ideal Nuevo, con Una Fuerza Discipli- 
nante, y con toda la obra de acción práctica del Rcylcs 
estanciero y político. Acaso esta misma circunstancia, 

— 59 — 



^uMp^n"'t6da : ' la obrá" - novelesca de nuestro compatriota, 
^xéafte'';algo; "de interés a la trama novelesca del libro, y 
&^^^a:a v ratos;' pesada y lenta. Tal vez sea ésta la ra- 
'iíjtóiL. por la que, de todas sus novelas, sea El' Terruño la 
..jiúe menor éxito popular ha tenido. La Raza de Caín y 
sobre todo El Embrujo de Sevilla, han tenido popularidad 
. muy superior. 

Y, sin embargo, hay en El Terruño riqueza de e¡irae-V 
teres, dramaticidad psicológica, vigor de colorido y pro- 
fundidad de miras, mayores acaso quo en las dos obras 
citadas. Como intención, como trascendencia, como ori- 
ginalidad americana, El Terruño ca superior a las de- 
más novelas de Reylcs, aunque le gane en realización 
artística y cu fuerza pasional El Embrujo de Sevilla, 
y en dramaticidad y hondura psicológica, La Raza de 
Caín. Esta última pudo ser escrita por un autor extran- 
jero; por un español, El Embrujo. El Terruño sólo pudo 
.!■ ser escrito por un uruguayo, y entre éstos solamente por 
/ Carlos Reyles. Todas sus ideas, todas sus esperanzas, el 
j ■ objeto mismo de su vida, sus más caras aspiraciones, es- 
tán contenidas en El Terruño, y algo también en Beba. 

La Raza de Caín es la expresión de una parte, y acaso 
para él la menos honda, de su vasta riqueza espiritual; 
i su , cultura, su refinamiento, su amor por lo complejo 
y por lo exótico. El Embrujo de Sevilla revela otra ten- 
dencia, tal vez hereditaria, de su riquísimo temperamen- 
to:, su violencia pasional, su afinidad y su amor por el 
españolismo. Pero El Terruño será siempre la obra que 

— 60 — 



A TRAVES DE LIBROS ÍJ?/. DÉ ' AUTORES 



arranca de lojnás hondo y de lo más castizo, de su autor. 
Por no haber comprendido, esta ulterior trascendencia 
de la obra, su significado racial, y mejor aún que de 
raza, de tierra y de pueblo que contiene^ por haberlo 
juzgado solamente desde el punto do vista novelesco 
y psicológico, los críticos de la ciudad, sólo vieron, lo que 
a la ciudad y a su cultura se referían, olvidando que 
su autor, no podía renegar de lo que constituye para él, 
atractivo y razón de la existencia: el progreso material 
y moral, el cultivo y el ornamento del espíritu, la sa- 
tisfacción de lus necesidades estéticas c intelectuales, que 
por encontrar demasiado pobres en su patria, va a bus- 
car, con harta frecuencia, a las grandes capitales euro- 
peas. Tero esa flor de civilización y de cultura, el arte, 
la ciencia, la especulación desinteresada del espíritu, que 
tanto añoraba Rodó en nuestras primitivas sociedades 
americanas, Reylos quiere desentrañarlas de lo más hon- 
do e intrínseco de su tierra. Como el labrador que para 
obtener sabrosos frutos y encantadoras ñores, empieza 
por remover la tierra y arrojar en ella las simientes, 
nuestro escritor dirige sus esfuerzos a la campaña, en 
cuya riqueza ha de asentar sus raíces, el árbol futuro de 
la civilización y la cultura. Con los ojos puestos en ese 
ideal de refinamiento estético e intelectual, que sólo ño- 
rece sobre una amplia independencia económica, predica 
Rey les el trabajo, la energía, los egoísmos fecundos que 
han de darnos, con la riqueza, la posibilidad de conquis- 
tar los frutos tardíos de la cultura nacional. No otro 

— 61 — 



W^0á]l/18 ' A ' L >ÍJ ■■ Í.- fS^*'I 

ySííte^'ofticii^^^.^i . modo de ver,' La Muerto del 
^^bj^cón ,ji Ictial.'se^énlaza en cierto modo la novela 
quc^mento'/y todó 'el resto de su obra de propagandis- 
«ta.y' dé 'trabajador. En Keyles, en efecto, no es posible 
comprender el significado profundo de su obra comple- 
ja, si ri<j£.se conoce al mismo . f tiempo su vida toda, sus 
ideas genérales y su actuación política. Ellos están tan 
íntimamente ligados unos a otros que forman un todo 
único, armónico y definitivo, del cual acaso, solamente 
La Baza de Caín y El Embrujo de Sevilla revelan fa- 
cetas más independientes, con mas floja trabazón a eso 
núcleo íntimo y profundo de su personalidad. 

Tiene El Terruño párrafos enteros, que traducen el 
mismo estado de espíritu que el que dió nacimiento a 
La Muerte del Cisne, como cuando dice Tóeles, por cjcm : 
pío: "Yo, criatura viviente y animal razonable, soy una 
sutil encarnación de las fuerzas siderales, como todas las 
cosas del universo y el universo mismo. Lia fuerza es 
Dios : todo sale de ella y a ella vuelve ; indicio del común 
origen es el carácter guerrero de todos los fenómenos, así 
físicos como morales, pensó un día mientras repuntaba 
la majada. Hijo de aquclta divinidad terrible, el hom- 
bre por naturaleza tiende a dominar; es deseo de poder 
que diría Hobbes; voluntad de dominación que diría 
Nietzschc; egoísmo, en una palabra, como digo yo, y lo 
más humano del hombre, y por lo tanto lo más egoísta, 
es la inteligencia, que, en efecto, es egoísmo integral, 
interés puro, utilidad inmediata; de igual modo que lo 

— 62 — 



más' social de. la sóci ^ a ¿jCB^^^Bffiro^"p^ ser la c$n 
densación más perfecta de^ió^S^^&^^'-^udí *in-. 

'^l^al^ntrañan .fia : 



teres, de aquella;.- ütiUdad.;:-^s^j^^|úl^ff , 
negación rotunda de las morales^idéLde^nterés, y expli- 
can metafísicamente, que las relaciona ^yibs hombres^ 
sean, en el fondo, relaciones pccvriauaa'O. , etg. 

En este tono discurre largamente ' Tóeles, exponiendo 
en El Terrufw las mismas ideas, casi con las mismas fra- 
ses, que en La Muerte del Cisne habían constituido ya 
la Filosofía de la Fuerza del mismo escritor. Pero lo 
curioso del caso es que en El Terruño no es Mamagela, 
sino Tocios, quien expone las teorías utilitarias, que lian 
dado a la primera y a su familia el bienestar material 
y la satisfacción de una vida de trabajo y de tranquili- 
dad. El mismo autor lo dice: "Harta al fin (Mamngcla) 
de tanta novedad filosófica y descreimiento, rebatiólo 
a su manera, y entonces, por caso peregrino, aunque 
frecuente, ya que todos suelen hacer lo contrario de lo 
que piensan, la utilitaria Mamagcla defendió las doc- 
trinas del desinterés, como buena cristiana vieja que 
era, y el lírico Tóeles los intereses materiales y las mo- 
rales egoístas". 

"Las modernas civilizaciones, dice el mismo Tóeles en 
otra ocasión, no tienen otro terruño donde echar raíces; 
como sólo lo tuvieron en la lucha y dominio religioso 
o guerrero, que, en el fondo, eran también conquista 
y dominación económica. Los idealismos y doctrinas des- 
interesadas en eso remataron siempre. Cada hombre es 



una ' especie de maravilloso substratum de la energía 
.universal, una gravitación sobre sí, un egoísmo irreduc- 
tible; y lo que . urge a mi entender, es disciplinar ese 
egoísmo, no destruirlo o amenguarlo, porque sería amen- 
guar y destruir la vida misma. En estos tiempos, mejo- 
res que los otros, digan lo que digan, la virtud por exce- 
lencia, lá virtud más virtuosa es la de acaparar y pro- 
ducir. He ahí la forma actual del deseo de poder, que 
vale tanto como decir el alma de las criaturas. Qué mu- 
cho quo lo primordial sea la producción de riquezas, si 
sólo esa gimnasia permite las más soberbias expansio- 
nes de la cultura y pone en juego y afina todas las fa- 
cultades humanas, amén de abrevar la sed de vivir, que 
la religión, la filosofía y el arte, despiertan sin satis- 
facer... etc". 

Do este modo continúa Tóeles exponiendo la doc- 
trina filosófica de La Muerte del Cisne. Pero no son 
sólo, estas reminiscencias filosóficas, que encontramos en 
El Terruño. Ya se esboza en él, aunque de una manera 
simbólica y apenas diferenciada, la idea madre que ha 
de dar más adelante la original filosofía de Los Diálogos 
Olímpicos, que rematan en puro y desinteresado idealis- 
mo, las doctrinas utilitarias del libro anterior. Y esto, 
flue .es . la más grande originalidad de nuestro compa- 
triota; reconocida y aplaudida ampliamente por toda la 
crítica afrancesa, está, podríamos decir, encerrado todo 
entero,., en el episodio atribuido a Papagoyo, el esposo 
de Mamagcla. . 

*' "' — 61 — 



A; 'TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES, 



• Eri plena revolución, y por compromisos partidarios 
y personales con el caudillo nacionalista Pantaleón, Go- 
yo, ya cercano a los sesenta años, abandona su casa por 
la noche, a hurto de Maraagela, para incorporarse a la 
partida revolucionaria de este caudillo. En compañía 
de su criado Foroso, armados ambos y montados en sus 
respectivos fletes, se alejan del almacén quo junto a la 
cabana, constituye la posesión de El Ombú. 

Las sombras espesas los circundan por todas partes. 
Sigilosamente se alejan de las casas, y cuando habían 
andado ya algunas leguas, les pareció escuchar rumor 
de cascos de caballos. Poroso intenta volverse' atrás, pues 
las fuerzas del comandante Carranca, enemigo mortal de 
Pantaleón, andaban por los alrededores, y babían apa- 
recido pocos días antes, los cadáveres de tres nacionalis- 
tas, mozos jóvenes y garridos, que buscaban también in- 
corporarse a sus correligionarios. 

A poco de seguir andando, oyeron más claras y dis- 
tintas, pisadas de caballos en todo su alrededor, y fuerza 
les fué retroceder hacia las casas. Pero al sentirse ro- 
deados por todos lados, el temor hizo presa de sus áni- 
mos, y en carrera desesperada, pretendieron burlar a 
sus perseguidores. 

"La idea de que podían cortarles la retirada iba to- 
mando cada vez más cuerpo en la mente de Foroso. So 
veía alcanzado, rodeado, volteado del caballo, y pasado 
a cuchillo. Y sin darle paz al rebenque y la espuela, 
encomendábase precipitadamente a todos los santos. Pa- 



compadre, que en V aquellas apreturas lo ponía. . . ,, ' r ; , 
Muy .cerca de las casas, .cuando ya; se creían saiypSi; 
.un jinete se plantó delante de ellos, cerrándoles el .paso.. 
Imposible era desviarse,. menos retroceder. : ( V;''V.!;. , 

Papagoyo se encomendó, a la virgen, y. arremetió,':con 
bríos. Oyóse un alarido formidable y desgarrador, cómo 
el de un gigante al desplomarse con las entrañas rotas, 
y casi simultáneamente el lamento sordo del pulpero, 
que Foroso vió rodar por tierra y quedar tendido boca 
arriba. . . " Después de recogido por la gente de la casa 
y luego del consiguiente alboroto, susto, y relato del .par- 
do que contó la aventura guerrera del patrón, pusieron 
a Papagoyo en la cama, le desabrocharon las ropas, "y 
descubierto el pecho, notaron sobre la piel blanquísima 
dos manchas grandes y amoratadas como dos alcauci- 
les. — Es un par de bolazos — aseguró gravemente Po- 
roso". Cuando el pulpero con árnica y agua sedativa, 
hubo curado la herida, y Papagoyo refirió nuevamente 
la aventura, Mador observó la lauza que estaba tinta 
en sangre hasta la inedia luna. Todos la examinaron a 
su vez y admiraron al héroe de tan grande hazaña. 

Pero en medio de la noche, poco antes de amanecer, 
Mamagcla, a quien la idea del cristiano muerto inse- 
pulto, y de la venganza que el hecho no podía dejar de 
atraerles, impedía dormir, a pesar do las fatigas de 
la noche se levantó cautelosamente y salió al campo. 
"Lo primero que divisó fué el overo ensillado aún y 

— cg — 



W^ifmm A swlpip * atuses 

;p^án'doTtranquilamente ; "un ^oco^más : :lejos el borrico 
;dórmía;íten£^ la íiuérba^ffi^eda'; : pero del sal- 

vaje difunto,* ni rastros^ R^^rfió^enca^ipo,, en, todas di- 
recciones ' nada.' EÍ caballo |pa^ba^él';, bureo dormía 
con el cuello tendido y las patas'estíra'daF.-' Erruna de; 
las pasadas, la señora viéndolo'\tan ; inmóvii/^ acercóse , a 
el y pudo cerciorarse, con pasmo, ' que estaba muerto ; 
en el mismo degolladero tenía abierta '.una' ancha herida»' 
y a cosa de diez centímetros, otras dos pequeñas y poco 
profundas. Mamagela comprendió por qué la lanza de 
Papagoyo tenía en la media luna algunos pelitos, y 
por qué éste había caído del caballo con dos bolazos en 
el pecho". 

Pero en lugar de comunicar al héroe su descubrimien- 
to, hizo enterrar al burro en secreto, ocultando cuidado- 
samente a todos y especialmente a su esposo, la verdade- 
ra significación de su hazaña. "Es preciso que Goyo siga 
creyendo en la muerte del salvaje, le dijo a su criado al 
tiempo que hacían desaparecer el cuerpo del animal — 
y convencido de que cu el monte queda enterrado. Así 
no volverá más a las andadas, ( adivinas?" 

"La proeza de Papagoyo se divulgó presto entre sus 
correligionarios y dió margen a muchas invenciones y 
comentos. Papagoyo recibía, lleno do rubor, silenciosos 
pero expresivos apretones de manos de aquellos amigos 
que, do mil modos parecían decirle: "Eespetamos su si- 
lencio, pero lo admiramos sin reservas". Así fomentada 
y cultivada por Mamagela, se divulgó y extendió la le- 



— 67 — 



I S A L U 1 8. I 

yenda; .Papagoyo so sentía feliz. Todas las mañanas, 
al: abrir el almacén, dirigíale desde la puerta una furti- 
va "mirada al monte de sauces, y su conciencia de par- 
tidarió quedaba tranquila y gozosa". 

Más adelante, cuando Tóeles, víctima de sus atribu- 
lados pensamientos, víctima sobre todo de su inadapta- 
bilidad a las circunstancias materiales y prosaicas del 
trabajo diario, mezquino y sin aliciente, se entrega ante 
Mamagela a sus perpetuas cavilaciones, cuando en bra- 
zos de su descorazonamiento y su análisis perturbador, 
exclama: "El alma de los muertos y la voluntad de los 
vivos, luchando encarnizadamente dentro de nosotros, 
nos empujan de aquí y de allá, nos traen y nos llevan, 
nos suben y nos bajan; instintos animales y virtudes 
adquiridas, intereses y sentimientos, apetitos y aspira- 
clones atribuíannos y marean; los sentidos nos engañan 
a porfía, y deslumhran las fantasmagorías del mundo 
y. la razón misma, esa facultad de la que tanto se ufana 
el hombre, no hace otra cosa que crear espejismos, tras 
los cuales, desatentados, corremos..." casi con las mis- 
mas' palabras con que se ha de expresar Dionisos en los 
Diálogos Olímpicos — Mamagela, por cuya boca habla 
la experiencia de siglos y la razón de todos los días; 
Mamagela, la sabiduría popular, a quien le está enco- 
mendado el culto del hogar y de los intereses primordia- 
les, ha do contestar sabiamente, expresando ya en em- 
brión- todá la teoría filosófica do los Diálogos, después 
de relatarle la verdad completa sobre la belicosa hazaña 



•¿•'■■^TRAVES DE LIBROS. J DÉ AUTORES 

de Papagoyo: "De tejas arriba, Dios; do tejas abajo, la 
f amiliaJ Para cumplir cristianamente mis deberes do es- 
posa y j de madre y fortalecerme en mi empeño, aparto 
do mis oraciones, me decía: ¿qué sería, Angela, de Goyo 
y do tus hijos, sin ti f Eres la providencia de los tuyos ; 
abro el ojo, mira donde pones el pie, vela por ellos no- 
cho y día; tú eres responsable de esas vidas", y el pen- 
sar así, ! me hacía económica, trabajadora, precavida, y, 
además, 1 dichosa. Tú, que no tienes religión, ni crees en 
nada, (y por eso andas como bola sin manija, dicho sea 
entro paréntesis) .me dirás que era víctima de un euga- 
ño, do una ilusión. A eso respondo que esa ilusión me 
hacía y me hace vivir. Era y es mi salvaje muerto. Y, 
créeme, Tóeles ; cree a esta vieja que tiene menos letras, 
pero más ciencia del mundo que tú : para vivir es preciso 
que cada uno tenga su burro enterrado. ¿Qué importa 
que sea un burro y no un salvaje como Goyo cree ? Para 
él y para todos, y buen cuidado he tenido yo de que así 
sea, es un salvaje, lo cual vale decir: deber cumplido, 
tranquilidad de conciencia, tributo pagado a la causa de 
los muertos, y en resumen, la seguridad mía de que no' 
abandonará insensatamente familia y hacienda, y se irá 
a la guerra. Ya ves si tiene importancia lo del burrito". 
; He aquí, pues, esbozado en el símbolo de un burro, y 
por boca de la pintoresca Mamagela, el papel de la ilu- 
sión, a que dará Eeyles, en los Diálogos, la misión filo- 
sófica más alta. La inteligencia se forja sus propios es- 
pejismos, tras loa cuales corro luego, en una iuinterrum- 



^pida carrera" hacia la muerte; pero estos mismos espe-" 
•fímñós sbñ la única razón de la existencia. .En la de Mar' 
vinagela-.se llamará religión, amor a la familia, interés' 
inmediato y material. Y por no tener la fuerza impul- 
siva y consoladora de éstos, el idealismo vacilante de 
Tóeles no es suficiente a dar interés y color a sú exis- 
tencia. Tóeles sabe que son espejismos, ilusiones que 
cada cual se forja en relación a las necesidades de su 
espíritu y de su vida, y de este conocimiento y de este 
desencanto nace su infelicidad. Y nsí se lo dice a Ma- 
magela: "jY no le parece triste, doña Angela, que la 
felicidad humana tenga por cimiento, cosa tan deleznable 
y pasajera como lo es una superchería 1 . . . Por otra par- 
te le diré que hay dos clases de criaturas : unas que na- 
cen para enterrar al burro; otras para desenterrarlo. 
Las primeras constituyen la generalidad; las segundas 
marcan la excepción; aquéllas triunfan y gozan; éstas 
luchan y padecen sin triunfar; pero sus torturas son, si 
bien se mira, altamento estimulantes y útiles para el 
mundo ; desenterrando burros podridos lo obligan a ma- 
tar y enterrar otros nuevos, y así se remudan y están 
siempre frescas las ilusiones. Comprendo cuan necesa- 
ria es la mentira, lo que los filósofos llaman ahora la 
ilusión vital; pero no puedo vivir en ella. . . " 



El carácter de Tóeles, complejo y contradictorio co- 
mo la vida misma, desconcierta y sorprende en su mis- 

— 70 — 



W: TBAVESWMf. LIBROS T ? Í>É " < £VTORES i 

r r Tf rr{!íy-., m0^:- " 
toa complejidad; Mucho más' -Íiondo'j|r^rascend6nte de lo 
Welo han visto la geiieraüdad ^de^lÓ^críticóá, tiene una 
significación que ^ 

nlficación que va mas allá dé ;-ú¡n^éroJsimbolismo.-> Es, 
indudablemente, la cultura sin raíces ".éh'la Vida, la as- 
piración desordenada sin el cimiento > dé 'una ; sólida^ ap- 
titud, el idealismo huero y declamador , sin el contrapeso 
de las realidades positivas. Es también el producto des- 
centrado de una falsa cultura universitaria, que tiene 
por delante un muro de libros que la separa de la vida ; 
es, por último, la vanidad desmedida; y,' como dice Eo- 
dój "la especulación nebulosa y estéril, la retórica va- 
cua; la semiciencia hinchada de pedantería, la sensuali- 
dad del aplauso y de la fama, el radicalismo quimérico 
y declamador; todos los vicios de la degeneración da 
la cultura de universidad y ateneo, arrebatando una ca- 
beza vana, donde porfían la insuficiencia de la facultad 
y la exorbitancia de la vocación". 

Pero si no fuera Tóeles nada más que esto, el perso- 
naje de El Teiruño, no sería sino una caricatura, 
un remedo sin importancia de la realidad, bueno 
tan sólo para producir un momento de expansión o un 
mero encogimiento de hombros. Pero en toda criatura 
humana, aún en la más abyecta, hay un elemento de sim- 
patía que la eleva por sobre su misma abyección, cuan- 
do es sincero el dolor. Y Tóeles sufre. Sufre hondamen- 
te y sinceramente. Y así acaba por reconocerlo la mis- . 
ma Mamagcla: "Mamagcla comprendió que no eran 

— 71 — 



'§¡$v.; I •' : ~S ■ A ... . <L V I ■■ S 1 

;]den¿osidades, sino , penas ¿ondas las que afligían a To- 
neles, y trató de consolarlo". 

'•••..Es que la vida y la experiencia del trabajo, operaron 
un hondo cambio en esa mente atormentada. Lo que al 
principio de la novela es, en el profesor, retórica vara, 
discursos y frases literarias sin arraigo verdadero en el 
alma, se truecan en dolor, legítimo y real, ante el ira- 
caso do la propia vida, y su experiencia negativu del 
trabajo del campo. Es el dolor de los inadaptados, do 
los que constatan un abismo entre su visión del mundo 
y la de los que lo rodean; los que se sienten extranje- 
ros, extraviados y todo, en medio de sus semejantes ; los 
que han equivocado su camino, y ya no pueden volver 
atrás. Son los solitarios, los incomprendidos, los que, 
"al partir, erraron la pista, y constituyen el círculo de 
los fracasados, el más terrible de los círculos infernales 
de Dante", al decir del mismo autor. Son los Julio Guz- 
mán, los Jacinto Cacio, y aún en cierto modo los Cuen- 
ca de El Embrujo de Sevilla; cada uno en uu medio di- 
ferente, con una cultura y aspiraciones distintas, pero 
hermanos todos cu su doloroso aislamiento de la reali- 
dad,, y en su disolvente amor al análisis. Todos tienen 
algo que repugna a la sensata mentalidad del común do 
las gentes: la ineptitud y falta de carácter que termiua 
en falta de dignidad y de hombría en Guzraán ; la vul- 
garidad mediocre y vanidosa de Cacio ; la suficiencia 
pedante y grandilocuente de Tóeles. Acaso Cuenca es el 
único que se salva de estas taras originales. Pero a to- 



Á . TRAVES DE LIBROS Y . . DE AUTORES 



dos. los levanta por sobre sus propias inferioridades e 
insuficiencias, un soplo de dolor hondo y humano, que 
despierta en el lector, y por veces en el autor mismo, un 
secreto sentimiento de piedad. La piedad que despierta 
todo sufrimiento, aún sea él, producto do los propios 
errores. T Tóeles paga generosamente con esa moneda, 
la equivocación fatal de su juventud, la oquedad de su 
cultura, y más que todo, su mal comprendido idealismo 
y desinterés. 

Pero la intención verdadera del autor, como decía mas 
arriba, es más profuuda quo la mera pintura de un ca- 
rácter. Sus acerbas y, a las veces mordaces saetas, las 
abiertas acusacioucs quo hieren a su criatura, van más 
lejos que ella, y después de atravesarla, van a herir a 
todo el sistema actual do cultura universitaria ; a la edu- 
cación geucral que atiborra de conocimientos las cabe- 
zas estudiantiles, y desdeña los caracteres y las volun- 
tades que abandona por completo a sí mismas, sin pre- 
ocuparse para nada do su cultura, y sobre las cuales, 
sin embargo, puede únicamente afianzar el éxito, esa 
misma cultura. 

Y por esta iutención oculta, Tocios se levanta, de 
simple y vulgar caricatura, de personaje despreciable y 
mísero, a víctima indefensa de un equivocado sistema 
de enseñanza. Keyles no ha recargado, do intento, a su 
protagonista, con las negras tintas de la antipatía,' como 
lo hizo en La Raza de Caín/cou Cacio; porque no. es él 
mismo responsable del propio fracaso. De haberlo hecho 



— 73 — 



A?así/\lrabiera quedado limitádo a una sola criatura, el 
proceso \ dé todo un sistema de cultura. 
''í'^Al^contrario, la figura de Tóeles, se levanta por' fin, • 
Agracias -a sus impulsos vitales, desviados pero no destruí-.- 
dos, sobre la misma falsedad de su cultura, y termina la 
•'nóvelajcon el triunfo del hombre trabajador y adaptado 
,por v £in a su medio, gracias al sacrificio final de, sus 
aspiraciones de cultura superior; es decir, que la vida 
con sus exigencias y sus necesidades, se liberta al cabo 
de larga y dolorosa lucha, de todas las malezas intelec- 
tuales que pretendieron ahogarla. No es todo imbecili- 
dad e ilusión en el carácter de Tóeles : es, sobre todo, 
falsedad de cultura, desproporción entre ésta y la vo- 
luntad, que ha sido descuidada primero, destruida des- 
pués, por una educación equivocada. Es la misma des- 
proporción simbólica entre una frente demasiado gran- 
de, y una cabeza demasiado pequeña; de una cabeza a 
su vez demasiado grande para un cuerpo demasiado pe- 
queño; y entre el último, por fin, con respecto a las 
extremidades inferiores. Y no es ésta, simple casualidad. 
Por ella ha querido representar el autor, la despropor- 
ción real, y no simbólica, entre la capital, europeizada 
y culta, con 500.000 habitantes de población, con todos 
los adelantos de la ciencia y todas las comodidades del 
progreso, y una campaña pobre, desmedrado cuerpo pa- 
Ta tan grande cabeza. Y si en Tóeles la cabeza absorbió 
todas las energías de su cuerpo endeble y enfermizo, el 
fenómeno se repite de nuevo en nuestro país en donde 



— 74 — 



>WAJES$ -pE ^BBOS^r^J>E i AUTORES- 

: ' • , - * '.•••'-^¿*v>- • 

la ciudad absorbe ' para sí las "fuerzas todas de la cam- 
paña a la que deja luego •TOmplefiímenté exhausta.» 

Toda la prédica de .B^^;>9m|^^?.e^/y^^tiaDide J 
a volver a su equilibrio la 'malo* )dJÉ|nbuciÓii7de Jte'.eneiv. 
gías, devolviendo a la campaña; : ias.; legítimas -fuerzas 
qué le corresponden; al cuerpo, un sano y urgente egoís- 
mo, impidiendo que ellas se esterilicen en un vano em- 
peño de inútil cultura. Es para dirigir a la juventud 
vacilante, descarrilada por huecas declamaciones litera- 
rias, hacia los fuentes de la riqueza, del trabajo y de la 
energía encerradas en nuestra campaña, que El Terru- 
ño simboliza, aunque por veces exagere, la oposición real 
entre la ciudad y el campo. 

Por otra parte, el carácter de Tóeles, tomado de la 
realidad viva, no es una mera fantasía del autor: 61 
existe verdaderamente entre nosotros, y a más de uno. 
habrá tocado encontrarlo alguna vez en su vida. . 

La misma acción disolvente, de la falsa cultura, sobre 
una criatura esta vez sencilla y sana, está personifica- 
da en Amabí, discípula y esposa de Tóeles, hecha a ima- 
gen y semejanza suya. La misma descarriada voeación ; 
la misma hueca y declamatoria palabrería; la misma 
pedantesca e insoportble suficiencia del profesor, pasa- 
ron, con sus ideas y sus enseñanza», a la discípula. Pe- 
ro más ingenua, más simple que su marido, y sin siquie- 
ra la personalidad que absorbe y hace suyas las ideas 
adquiridas, Amabí es apenas una caricatura de su es- 
poso. Así, mientras la ilusión amorosa veló sus defectos 



— 75 — 



:L:>Z7 ISA L U I 8 I 



y la mezquindad de su carácter, pudo creer la ilusa maes- 
tra, en el genio de su profesor y esposo; y éste en la 
inteligencia y clara comprensión do Amábí; pero, , así 
que la realidad cotidiana despojó a ambos do sus ficti- 
"cios prestigios, se vieron en la fealdad y pobreza rea- 
les do sus propias almas. Lo que en la de Tóeles era al 
fin, mala y todo, sustancia propia, sólo es artificiosidad 
y remedo en la de la hija de Mamagela. Esto mismo al 
ser constatado por el infeliz Tóeles, avivaba su descon- 
tento, y producía la exasperación de su ánimo. Era el 
alma de su esposa, como un espejo deformante, en el 
cual se veía diariamente el profesor, con sus rasgos más 
acusados aún dentro de su imperfección: "El lenguaje 
conceptuoso de la latiniparla aprendido de él, y senti- 
mientos levantados de que hacía alardo, también lo sa- 
caba de quicio y hasta los gestos y ademanes protocolares 
de la profesora, quo en el accionar como en el decir, lo 
había tomado los puntos a su marido, enfadaban a ésto 
por parecerle remedo e ironía de los suyos, y ella des- 
piadado espejo en el que él so veía en caricatura. 

Cuando la infatuada maestra decía con el dedo me- 
ñique en alto a guisa do cola gatuna: "La belleza es 
impulsos sentía Tóeles de arrancárselo de una 
dentellada. Pero por eso mismo quo en Amabí los des- 
plantes-literarios y aficiones a empresas nobles y desin- 
teresadas tienen más do postizo que do real: como en 
ella la : ponzpña literaria no ha llegado al fondo, que es 
aún sanó y sencillo, como que hijo do la sensata y ra- 



Á- TRAVES DE LIBEOS Y DE AUTORES 



zoñable Mamagela, tales actitudes chocan más aún qne 
en Tóeles y la hacen más desagradable y fastidiosa; pe- 
ro caen en cambio, como floja vestidura, al primer cho- 
qué .con la realidad dura y sana del campo. Amabí vuel- 
ve a ser la mujer trabajadora, sencilla, animosa, cuan- 
do la maternidad y la vida del campo, la vuelven a la 
realidad de su naturaleza propia, mientras Tóeles, enve- 
nenado hasta en las últimas fibras, sufre y se debate 
largo tiempo, antes de someterse a las duras exigencias 
de la necesidad. Frente a estas dos víctimas de la cul- 
tura equivocada, frente a estos dos ilusos, decepciona- 
dos y duramente castigados, se levanta serena, segura 
de sí misma, sensata, firme, enérgica, la figura de Ma- 
magela. Una gran confianza en sus dotes naturales la 
hace considerarse centro y providencia de los suyos. Y 
este convencimiento, arraigado en la debilidad de su es- 
poso y en sus éxitos continuos, le dan la energía y la 
seguridad de que carece Tóeles. Lleva en la sangre un 
pasado de civilización y de trabajo que la levantan por 
sobre la incuria y el abandono do la criolla nativa. Hi- 
ja de españoles venidos a menos, tiene de ellos el gusto 
del trabajo y de la prosperidad, de que carecen en ge- 
neral nuestros nativos. Si Tóeles no es toda la ciudad, 
doña Angela está lejos de ser toda la campaña, más se- 
mejante a Papagoyo, indolente, débil, enemigo de todo 
esfuerzo, siempre con el mate en una mano y la calde- 
ra en la otra, quo a su vigilante y activa compañera. 
Hay en esta circunstancia un nuevo acierto do Reyles. 



— 77 — 



ÍE31 ¿rvonir de nuestra campaña, en efe** >, vi perlte-" 
•^nece á'ntiestros criollos nativos,£que son generalmente;' 
Jincnlton e imprevisores, sino a la nueva raza que se for- ■ 
ma/.ín jálele extranjeros, primera generación que nrrai :i 
■ga' eri ^ elf^rruño sus raíces propias, pero que trae de sus; 
'ascendientes' los hábitos do disciplina y de trabajo, el; 
amor á la vegetación nacida del esfuerzo, y el deseo so* 
no y necesario de enriquecerse. A ellos se deben las plan- 
taciones de árboles, el cultivo razonado, la cría metódi- 
ca, que transforma los áridos y desolados campos, las 
agrias cuchillas, los pastizales amarillentos, en el verde 
y alegre paisaje do ciertas localidades, y cambia los mi- 
serables y sucios ranchos de paja y do terrón en con- 
fortables viviendas de ladrillo y cal; la que perfora la 
tierra en busca de agua y pone la nota alegre de los 
molinos sobre la aridez desolada de los campos. 

No hubiera tenido esc sabor do realidad, esa vitalidad 
asombrosa, esa naturalidad espontánea, el carácter do 
Mamagela, a haberlo hecho su autor puramente criollo. 
De su tío cura tiene la afición a la lectura, y las ideas 
generales; de su padre, hidalgo venido a menos, la dig- 
nidad y la entereza del carácter. 

De España le vienen la alegría retozona, los refranes 
oportunos, y ese sentido cotm'm, alicorto pero clarividen- 
te y justo, que hizo de Sancho Panza una figura tan 
real y verdadera como la de don Quijote. ¿Y no son aca- 
so, de ambas figuras inmortales, avatares criollos, el 
idealismo vago de Tóeles, sin la nobleza del hidalgo man- 



A 'VTBAVES&DE LIBROS * 'Yr'rfDE ' .-AUTORES 

cliego, y la sensatez ínás razonable -y desinteresada de 
Mamagela, superior en esto al Wcuderp f 

Pero ésta ¡ no . encama , solamente^én la novela de Rey- 
les, la campaña sana .y.. fecunda, : frente a la ciudad. y. 
bu mal comprendida cultura ; es, 'además, la encarnación, 
de los egoísmos bien entendidos,, que '.fueron defendidos.' 
ya en La Muerte del Cisne, y que al arraigarse en la rea- 
lidad inmediata y concreta, acaban " por rematar en ge- 
nerosidad, en desinterés, en altruismo. 

Al hundir sus raíces vigorosas en la tierra, se afian- 
za en ella y resiste los vientos huracanados de la adver- 
sidad y el infortunio. Lo que era espíritu de familia, 
interés por las ganancias, esfuerzos interesados, se trans- 
forma en protección a los allegados, como cuando inten- 
ta Mamagela reconstruir el hogar destrozado de Primi- 
tivo; y en su fracaso, salva del naufragio, lo único que 
puede ser salvado : la criatura inocente, víctima sin cul- 
pa do los errores ajenos; o cuando ampara a Tóeles en 
su pobreza, y lo vuelve, con sus consejos, a la realidad 
de las cosas y convierte las riquezas adquiridas en posi- 
bilidad y ejercicio de la caridad, en progreso y grande- 
za de la patria. 

En un discurso cuya verosimilitud pone en duda al- 
gún crítico, lo dice terminantemente la castellana de 
El Ombú, al inaugurar la cabana, en que acaba de trans- 
formar la primitiva pulpería, con la llegada dé un plan- 
tel de borregas finas: "El progreso de nuestro amado 
país pende del progreso de la campaña; hasta los niños: 

— 79 — 



L y v : i a . a 'l v i s- l 



de teta lo saben. La campaña, aunque no lo digan los 
doctores, es la vaca lechera de la nación. Si, señores, to- 
dos nos nutrimos de ella, desde el Presidente de la Re- 
pública, hasta el último gaucho. Y bien; mientras en las 
ciudades discursean y tragan viento o papan moscas, 
ocupémonos nosotros en doblarle el vellón a las ovejas 
y el peso a las vacas. Voy a revelarles un secreto, quo 
no quiero llevarme a la tumba, ni pudrirme con él: los 
rodeos y las majadas, son las únicas cosas serias del 
país". " j 

Y más adelante agrega: . . .quéVvalo.más: un discur- 
so de cuarenta horas o un carnero^Se^tiarcnta libras? 
tío primero es puro viento, palabras embusteras que en- 
tran por un oído y salen por el otro ; humo que va a las 
nubes y deja vacías las manos; lo segundo es labor, in- 
teligencia, pan en la casa del pobre, abundancia en la 
casa del rico, y conciencia tranquila en la casa de todos ; 
es también plata en el banco, abono del mundo, semi- 
lla de prosperidad ; si .se echa en la tierra brotan las 
casitas blancas como palomas, los rodeos de mil cabezas, 
los ferrocarriles, los palacios, las ciudades, los bosques, 
y el bienestar do las familias..." 

Así, y a un mismo tiempo, coneilia y funde llcylcs 
en esta novela, sus dos grandes prédicas, que pueden 
reducirse a una sola. Es Mamagela, la encarnación del 
egoísmo individual, de donde parte, para levantarse a 
un generoso desinterés; y es tambiéu, el egoísmo social 
que parte del trabajo rural, remunerador y concreto, pa- 
\ 

— 80 — 



'A -. : TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



ra elevarse al progreso y a la civilización del país. De 
este oculto sentido de su principal, figura, nace la fuer- 
za de su actuación en la novela, que adquiero a ratos, 
la vehemencia de la prédica y a ratos la profundidad de 
la filosofía. Y por su tono y por su intención El Terru- 
ño es hermano carnal do La Muerte del Cisne; y como 
este tiene también, a veces, las exageraciones propias 
de los libros de combate. Eligió Rcyles la forma de no- 
vela, y puso en ella el vigor analítico y la fuerza crea- 
dora de personajes, que hacen de él, un novelista de 
garra poderosa; í;cvo conserva el libro, a pesar de ello, 
su fisonomía inconfundible, de propaganda filosófica y 
social, y de enseñanza eficaz. 

Pero a pesar do todo, la fuerza dramática, es en cier- 
tas episodios, tan vigorosa, el colorido tan real, la des- 
cripción tan evocta, que pareee estarse viviendo la con- 
creta realidad de los hechos. Tal, el capítulo IV todo 
entero, que es un trozo vivo de nuestra historia nacio- 
nal: todo el episodio del Pasó del Parque cu la revolu- 
ción de 1904, esta allí descrito con un vigor y una efi- 
cacia tan maravillosas, que se apoderan del lector, y le 
hacen vivir la dramática lucha que un pequeño desta- 
camento nacionalista sostiene heroicamente para distraer 
las fuerzas del Gobierno, y permitir que el parque pue- 
da incorporarse al grueso del ejército revolucionario. El 
paso de las carro'.... el Eío Negro, mientras los úl- 
timos combatientes percecu bajo fuerzas superiores, y 
más que nada, la muerte de Pantaleón, son de una fuer- 



' " ■ ''I** • '•■:■•'■' ■■"'■} " ''■ " 

zá* épica tal, qué "reclaman, al decir de Rodó, la len- 
gua 'oxidada y los ásperos metros de un cantar de gcsr- 
ta'.'/'ÍLos que reprocharon a Reyles el exceso' de subje- 
tivismoí 'y un análisis demasiado minucioso en sus nove- 
las, deberían releer este capítulo, en el que se destaca, 
inconfundible, un narrador dramático y colorista, de. 
primera fuerza. 

Hay en todo este libro, materia, no para una, sino 
para varias novelas ; o mejor aún, son varias las nove- 
las que en ella coexisten y compenetran su interés; tal 
el episodio de Primitivo ; tal la novela histórica de Pan- 
talcón. 

Reyles no ha ensayado aún, esta última clase de nove- 
la, que dio renombre seguro a Eduardo Acevcdo Díaz, 
el novelista injustamente olvidado antes de tiempo; pe- 
ro de intentarlo, es seguro que obtendría éxito clamoro- 
so y justo. Lo prueba suficientemente, el capítulo de que 
hablábamos. 

Alrededor de estas figuras, las apenas esbozadas de 
Celedonia y el Sacristán, y la indolente y débil de Pa- 
pagoyo ponen su nota de interés complementario. 

Un sentido cómico, inusitado en nuestro autor, y que 
no nos parece su fuerte, pone de vez en cuando, su li- 
gero toque. El estilo, fuerte, musculoso, castizo, y al 
mismo tiempo, moderno y viril, se esmalta en esta novela 
de algunas crudezas de expresión, acaso demasiado fuer- 
tes para nuestro gusto. Estas, y la nota cómica, que no 



wrf : v - •* ' ■ • ' «é 

sé" -avienen 1 con. -el sentido ArMceridente ;de la obra,-» son 
lo que nienos nos agrada JdeTejíaT^^ ^/ '., . 
1 lÁcé' : 'Et Terruño a su 'freñte/Stí'ícarta 
dirigida a José Enrique Eodó/^énV^^o/.der más'ipuro; 
clasicismo, de corte y sabor arcajeos, en ,1a que ha ; hecho 
derroche Reyles de su conocimiento dé' la lengua 'y 'de' 
la riqueza de su léxico. XJn soneto, que' con otra ícÓiñ-' 
posición de la misma índole, constituyen toda la pro- 
ducción poética del autor de Ariel, precede al prólogo 
do aquel, que encabeza la obra. Es de notar que sea El 
Terruño la única obra de Reyles que lleva prólogo dé 
otro escritor. La altivez solitaria y esquiva del autor de 
La Raza de Caín no buscó nunca padrino o rodrigón pa- 
ra sus hijos intelectuales. ¿Por qué lo hizo al tratarse de 
El Terruño? No lo sabemos. Pero es necesario afirmar 
que un prólogo, aún sea éste de tan alto talento como 
el de Rodó, no agrega, ni puede agregar valor alguno, 
a la obra recia, profunda y original ísima de . Carlos 
Reyles. 



V 

"EL EMBRUJO DE SEVILLA" 

liónos aquí en un ambiente, y con "una trama comple- 
tamente distintas de la novela anterior. Cinco años se- 
paran su aparición de la desaquella; cinco años fecun- 
da — 



■Ü-'r Ú. I 8 A L . ü . I 8 I 



dos sin embargo, durante los cuales, y en medio de la 
formidable contienda europea, esbozó y realizó Reyle9 
su obra mas original y más honda, que acaba de ser am- 
pliamente consagrada por toda la crítica europea: los 
dos tomos de los Diálogos Olímpicos, en los cuales des- 
arrolla y remata en forma personalísima la esbozada 
teoría filosófica do La Muerte del Cisne. El Embrujo 
no tiene ninguna de las características de las otras no- 
velas de Reyles. En clin las fuerzas instintivas y pa- 
sionales, la subconciencia, toma una amplia y decidida 
revancha sobre el análisis psicológico que domina en las 
otras. Es toda ella, una novela de pasión y de embrujo. 
El verdadero protagonista de la obra, es Sevilla: Sevi- 
lla con su ciclo de luz, con sus colores, con su sensuali- 
dad y su misticismo, con sus corridas de toros y sus 
procesiones de Semana Santa; con su embriaguez cons- 
tante y su exaltación de la vida; Sevilla — bruja, que 
entre sus calles y sus torres, entre sus rejas y sus flo- 
res/entre sus mujeres y sus toreros, aprisionó haco años 
ya a nuestro autor, reteniéndolo preso de su encanto 
siete meses en lugar de siete días. Y desde entonces, el 
alma apasionada y romántica de la ciudad andaluza ejer- 
ció su constante atracción sobre el espíritu del novelis- 
ta, en la forma de un decidido empeño de escribir su 
novela sevillana. De 1918 data la publicación de su es- 
bozo, que bajo el título de Capricho de Goya, publicó El 
cuento Ilustrado de Buenos Aires. La educación clásica 
y el amor, por las cosas , españolas, llevaban a Carlos 



— 84 — 



l^Ti'BÁTBS DE LIBBOS Y DE AUTOBES 

/Reyies; a escribir esta novela que es el más grande y 
• clamoroso éxito de su vida literaria, y que ha sido con- 
siderada obra maestra, por escritores de la talla de Ra- 
món Pérez de Ayala, de Enrique Larreta, y otros. 

El autor de El Terruño ha olvidado bajo la gloria del 
sol, y frente al áureo redondel, la preocupación cons- 
tante de su vida, aunque no tanto, sin embargo, que no 
aparezcan alguna vez las características propias de su 
temperamento. 

Pero no es en ella el ferviente propagandista de la 
energía, como en El Terruño y en La Muerte del Cisne, 
el filósofo nietzscheano, el analista minucioso de Beba, y 
sobre todo de La Raza de Caín. En plena madurez de 
su vida, un soplo de pasión y de tragedia primitivas 
Jo levantan cu la inconsciente vertiginosidad de sus alas. 
Embrujo de sol, de amor, de arte, de gloria; todas las 
fiebres de la existencia palpitan en las páginas de este 
libro, el más apasionado, el más lleno de vida y de co- 
lor de todos los de nuestro compatriota. 

Sevilla vive, palpita, sufre y ama en las páginas ma- 
gistrales de Reyies, con sus miserias, sus donosuras, 
sus trajes de luces, y el acre sabor de sus tablaos, quo 
ostentan, como ciertas medallas, dos fases antitéticas, vi- 
gorosamente representadas por los dos lienzos del pin- 
tor Cuenca: "Arriba y abajo". 

"En estos días el sol reverbera en las paredes blan- 
cas y arde en los tejados; la manzanilla corre a ríos, 
las ventanas florecen, las casas cantan, las hembras de- 



ij^^^arar un^iwtró' perfumado. La ciudad entera hu?^ 
:;:le '¿Vino, a claveles, a ropa blanca de mujer. Suenan i 
-por ;todas partes guitarras, castañuelas y organillos. Los ; 
jtotafe/.las yemas, los capullos, las coplas revientan en 
■ los ^patibs, y en las bocas de las mocitas estallan los 
••besos.;:';';;- .' : •>•:! 

"Por las noches las rejas hablan. La primavera, car-.! 
gada 'de aromas y cantares viene de los jardines, las 
huertas y los campos ; alegra los tugurios sombríos, las 
sórdidas callejuelas, y transforma con sus artes mági- 
cas, la fealdad y la miseria, en donosura y esplendor. 
El añil del cielo tórnase azul rabioso. Los azulejos ful- 
guran. La luz viste la Giralda de sangre y fuego, reani- 
ma los reboques muertos de la Torre de Oro y del Al- 
cázar, y hace del Guadalquivir moreno, un río de pla- 
ta viva. Las gentes ebrias de sol, circulan sin reposo pol- 
las calles sonoras; ríen, bromean, requiebran a las gu- 
chís de polleras almidonadas, que pasan derramando sal, 
y entran en las tabernas". 

En ninguna de' las anteriores novelas de Iteylcs, en- 
contramos una descripción tan llena de luz y de color, 
como ésta que acabamos de transcribir. La primavera de 
Sevilla fulgura ante nuestros ojos con su cuádruple em- 
briaguez de sol, de flores, de amor y de vino. Tiene la 
misma fuerza, el mismo colorido, el misino vigor que la 
página primera del libro, en donde se describe el café de 
"El Tronío": "Este ocupa un vetusto edificio de te- 
cho de teja, cubierto de jaramagos y jardín, balconada 

— 8G — 



^¿■'""íueri-p, y ancho^átió^de'lmármpí /blanco. * con¿^^^. 
tadp de desvanecidos' azulejos ^¡cpíuianíis de ^ajrktei.iou- 
„déjar. En el centro del patio ríe .una fu inte .diminuta, 'de' 
mármol ' también, rbdeaaa ; ' ; dé'niés^\dV floresA^Un^chOj.. 
rrito do agua retozón surge de ^M^j^tii^f^^t? t ^¿ 
metro de altura y cae como una •Uuvia 'dé" díamaiTtes'; én' : 
el tazón sonoro. La luz entra 'por ; 'ú^' ;r cÍaráb : bVa\de^isi v 
tales coloreados, cerrada en invierno, abierta e intercepr. 
tada con un toldo, que imita una manta jerezana; en dos 
rigores de la canícula; por ese arte el patio se conser- 
vaba luminoso y tibio en la estación fría, velado y fres- 
co en el verano. Y : en el ancho, patio de paredes enjal- 
begadas de cal, bajo los corredores que forman abajo, 
las galerías altas y frente a frente, se hacen guiños y 
prestan mutua y eficaz ayuda, el tablao y el mostrador, 
la gracia y el negocio". 

Es en este marco, sobre el tablao, que ha de aparecer 
la Triancra, la bailadora que condensa en su cuerpo 
magnífico, todas las gracias, todos lo.s perfumes, toda 
la sensualidad de la ciudad andaluza; y en su alma, la 
pasión, el instinto, las fuerzas ciegas e irresistibles que 
han de armar su brazo contra el amante, hondamente 
querido, sin embargo. "Por su provocativa belleza, pi- 
cante gracia, ojos gachones y presumidos andares, a . los 
parroquianos se les antojaba aquella primorosa muñeca, 
la encarnación viviente, no ya de la maja graciosa y bra- 
va, sino de la mismísima Andalucía". 

Tal es la protagonista de El Embrujo, cuyo baile fla- 

— 87 — 



£?• V. I y 'S A .: L ■ U. : • Z^- S I 

meneo ha dé encarnar para Sevilla, el alma misma de 
Andalucía. Ella y Sevilla, Sevilla y ella son toda la 
novela. ¿ Es la ciudad quien presta su encanto y su enu 
brujo a la Trianera, o ésta quien da a Sevilla uno de 
sus mayores encantos? Una y otra se compenetran de 
tal modo, son de .tal manera, alma y cuerpo de un mis- 
mo pueblo, que ésto adora en la mujer, — a quien com- 
pleta luego el torero, — su propia idiosincrasia. Porquo 
la Pura es algo más que una de tantas artista de tablao. 
Tiene una personalidad que le es propia, su ambición 
personal, su chalaúra en fin, sin la cual, al decir del 
autor, ni hombres ni pueblos pueden vivir. Su contacto 
con pintores y artistas en general, ha afinado su sensi- 
bilidad y dado forma al instinto oscuro del baile, quo 
existía en ella. Su niñez desamparada, su aventura do- 
lorosa con el Pitoche han puesto en su alma el deseo de 
una amplia y ruidosa revancha; su desilusión en amo- 
res, es la levadura que la lleva a realizar grandes cosas. 
-: Ha hecho del bailo andaluz su arte, y aspira con él, a 
conquistar el mundo. 

Su belleza y su gracia le han dado ya, fortuna y nom- 
bre; pero esto no es sino el escalón necesario para as- 
cender a la región mis atta de la gloria. Quiere tradu- 
cir el alma de Sevilla, desentrañarla do las canciones 
populares, con que se acompaña en sus bailes. Así so lo 
dice a Paco: "Quiero hacer de cada baile un cuadro, lo 
que llaman por allá, un balé, y de cada cante, una in- 
terpretación coreográfica, con su decorado propio y mú- 



— SS — 



^TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



sica típica. ¿ Chanelas?. . . Imagina lo que sería inter- 
pretar, bailando, el alma de la saeta, mientras desfilan; 
por las calles oscuras de Seviya los Pasos, los Nazarenos, 
lás muchedumbres ; mimar la malagueña en un patio an- 
daluz; la soleá en la cocina do un cortijo; la seguiriya 
en una barraca de gitanos; calcula lo que podrían ser 
las decoraciones, los trajes y la música. . . " 

No es un alma vulgar la que tiene tales aspiraciones, 
y un concepto tan elevado de su arte, aún sea este, arte 
de tablao popular. Y es que Reylcs no puede pintar en 
sus novelas, almas vulgares. Hay algo en todos sus per- 
sonajes, que los levanta sobre la vulgaridad y la chatu- 
ra. Hasta cuando intenta expresamente, darnos seres in- 
feriores, pone cu ellos un soplo, una intención de trage- 
dia o de dolor, que los nimba con un halo propio. Todos 
llevan, como marca inconfundible, la garra poderosa do 
su autor. 

Hija del pueblo, con sangre gitana y pasiones gitanas, 
la Pura es, sin embargo, una criatura excepcional, na- 
cida para el amor y la tragedia, para los destinos san- 
grientos o sublimes pero jamás vulgares. El encuentro 
de una criatura así con Paco Quiñones, el mozo crudo 
que, descendiente de familia noble, tuvo el arresto de 
hacerse torero c imponer su gesto al respeto y a la con- 
sideración de sus iguales, no podía sino producir la 
chispa violenta de la pasión. Y ésta estalla en efecto, 
aunque espiritualizada por el alma ennoblecida de la 



— 89 — 



^aSadoraj hártirde'los amores carnales y del hájS^^ 
^erialismo de los nombres. ¿. , 

í^y^he aquí lo. curioso: Paco Quiñones, que\tuyq^pbr 
.jióvia a una niña , de su misma, condición, a .quien ..a^. pe- 
sar de la ruptura, sigue queriendo, constata," con ekpli- 
^cablé sorpresa que: "Pastora, la niña, sólo me inspira 
Ahora, deseos carnales, y ésta, la gachí de tronío, amor, 
puro". El torero y. la bailadora se quieren .con to¿a el 
.alma. Juntos, después de una noche de juerga, y desde 
la gótica mole de la catedral, contemplando a sus pies 
«1 apretado caserío de la ciudad andaluza: " los Alcáza- 
res tan pobres y ceñudos por fuera, tan ricos y risueños 
por dentro; la Lonja, reservada, adusta, como una viu- 
da vestida a la inglesa ; la Fábrica de Tabacos, San Tol- 
mo, el puente de Triana ... y los borriquiyos c/iie van y 
•vienen cargados de todo; la torre de Santa Ana, el rojo 
frontis de San Jacinto, rojo de vergüenza de verso tan 
feo, y allá a lo lejos, Coria, Gclvcs, San Juan de Aznal- 
farache, Castillcja de la Cuesta...", se juraron amor, 
y se prometieron conquistar a Sevilla ni más ni menos 
que lo hubiera hecho el Cid Campeador con la ciudad 
del Oso y del Madroño. 

"Tú, torero célebre, yo bailadora de rumbo! Scviya 
•os nuestra, Paquiyo. Tendida ahí, nos abre los brazos. 
Vamos a conquistarla, a hacerla vibrar como una cuerda 
■de violín, a quitarle las mordazas que no la dejan decir 
lo que quiere, a embriagarla y a emborracharnos con 
los propios zumos de ella". Y Paco, contagiado por la 

— 30 — 



exaltación de;.la- Triáñera¿%^ ,en él, el- nu\ j ; 

.too deseo loco de dominio y Je /amor: V Mirándola •cbn- 
-tigo desde estas alturas, exclama, <íalvco como nunca la 
■yi, Puriya. j Cuántas .cosas, cuánt^^ 
nes, los Reyes, los conquistadores^ ; 'los' majos, 1 los clave- 
Íes, los toreros, íá mánzániya, "'las sóleares', ::<3on '.Pedro, 
don J uan. . . Aquí oró Colón, allí murió Hernán Cor- 
tés, más allá está enterrado Guzmán el Bueno, en aquel 
sitio escribió Cervantes El Quijote, en aquel. otro habitó 
Santa Teresa... Tienes razón, Puriya: Seviya nos tien- 
de los brazos; vamos a conquistarla. A tu lado me aco- 
meten ímpetus de hacer cosas grandes, barbaridades 
gordas. Tú también eres un embrujo, Puriya". 

"Y ella, con los ojos llenos de lágrimas y el pecho agi- 
tado: "Paco de mi vida! Seviya de mi alma... !" 

Sueño enorme, en donde reviven otra vez, las ambi- 
ciones caras a su autor: el deseo de poder, el ansia do 
dominación — esta \-ez perfumado, embellecido, por 
un sueño más suave, de amor — . Gloria y amor; amor 
y arte: ¿quién, con un alma un poco elevada, no lo ha 
tenido alguna vez? Pero en la novela, como en la rea- 
lidad, amor y arte, son demasiado absorbentes para rei- 
nar unidos; y uno acaba siempre por devorar al otro. 
A las espaldas de Pura, vela el destino con la figura del 
Pitoche. 

El Pitoche, primer amante de la Triancra, — y el 
hombre que la perdió, abandonándola luego, en horas 
de miseria y amargura, — la desea otra vez, apasiona- 

— 91 — 



tf'-'V- 18 A L u i s r 



damente, cuando después de tres años de ausencia vuel- 
ve a aparecer ante 61, en el tablado de "El Tronío", 
con el doble prestigio de sus joyas y de su fama. El 
Pitoche, a quien aborrece ahora la bailadora, toda en- 
tregada a su nuevo amor, conserva a pesar de ella mis- 
ma, un secreto. c inconsciente dominio, sobre la memo- 
ria oscura de su carne. Y por esto, cuando próxima a 
partir con Paco, se intercepta al paso de ellos el can- 
taor cegado de ira y de celos, y acuciado por su rival 
Arguello para que suprima al torero, Pura, viendo a su 
ex-amantc próximo a expirar bajo la mano de Paco, 
arrebata a éste su daga, y la clava en la espalda del 
hombre a quien adora. Con este trágico episodio, en don- 
de las fuerzas oscuras del alma de la Triaucra y acaso 
también de todo el pueblo, triunfan de su voluntad, de 
su conciencia, y aún de su mismo amor, como aquella 
terrible divinidad que llamaron los griegos Ananlcé, 
termina el Capricho de Goya. 

El Embrujo continúa y desenvuelve el drama, dán- 
dole mayor vigor y más honda trascendencia humana en 
la turbada conciencia de la Pura. 

Despierta la Triancra de su pasajera alucinación do 
locura, se encuentra con la doble y terrible consecuencia 
dé su acto: su amor perdido, y remachó, como no deja 
de hacérselo sentir el Pitoche, a su ex-amantc. Empieza 
entonces el trágico huir a- través de las calles oscuras- 
de .la ciudad-bruja, y las frecuentes estaciones en las 

. —92 — 



%■ TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



■tabernas, en donde el alcohol y las coplas adormecen las 
penas, y permiten olvidar... 

Paco salva de su herida, que todos atribuyen a Ar- 
guello, aparecido muerto cu el puente de Triana por 
su propio suegro. La cartera y el reloj de Paco, encon- 
trados en los bolsillos del cadáver, y la circunstancia de 
ser la navaja del mismo, que esgrimiera el Pitoche, re- 
forzado todo con la posterior declaración do Paco, bas- 
tan y sobran para atribuir al muerto, el crimen come- 
tido, y salvar a la bailadora de la mala posición en que 
hubiera quedado. 

Pero aquí solamente comienza la verdadera tragedia; 
la tragedia íntima de la Pura, que odia cada vez más 
al cantador y a quien el roedor remordimiento, que no 
ahoga su pasión por el torero, lleva a un paso de la lo- 
cura. Cuenca, el pintor amigo, es su refugio y su con- 
suelo. Durante toda la larga postración de Paco y du- 
rante su convalecencia, no ha preguntado una sola vez 
por Pura, ni permite que su amigo la miente. Y esto 
■desconcierta al pintor y desespera a la bailadora, hasta 
que la amplia confesión de ésta conmueve a Cuenca y 
le hace prometer que intercederá por ella. Pura obtieno 
al fin el perdón de su amante, del cual, sin embargo se 
aleja, y permite así, como una expiación de su culpa, el 
matrimonio de aquel con Pastora, a que consientejpor fin 
el ganadero, ante el noble arresto de ella, que abandona 
su casa paterna para ir a cuidar de su novio. 

Lo más notable de esta novela, además del ambiente 



— 93 — 



ir i : ji*r '' •' "• ' ''''■ í '- , '?Vf-'-. , í".p 

(Bn''sí ; Cnbtabilísimo,' es la psicología de la • Pura. ' EsaTcón£¿3 
féa^S^Sn'^viviento* entre 'su amor y su crimen, el gesto , ^ 
' impulsivo en el que obran fuerzas inconscientes 'e"irré^!?;í 
Rtibles 'es un Verdadero acierto: En el Capricho de Qó-'fiy 
ya dejaba entender el autor que fuera la "pasión por -r -; 
su ex amante, de súbito.^diviva ante el peligro que'éste^^ 
corría, quien armara el brazo homicida de la bailadora. í-t* 
En El Embrujo de Sevüla el hecho cobra mucha mayor ' " 
fuerza y se trueca, de un crimen vulgar, en una notable 
observación del alma femenina ; en una más honda tra- 
gedia, en un soplo de misterio psicológico que viene de 
quién sabe qué profundos redaños, qué complicados abis- 
mos del espíritu, al dejar en la oscuridad completa, los 
móviles desconocidos para la misma autora del drama. 
Sólo Pastora, mujer también, y también enamorada del 
torero, tiene una vaga sospecha, vislumbra una luz que 
parece iluminarla, cuando enterada de los hechos por 
boca de su mismo novio, exclama: "Quizá te queríu de- 
masiado. . . Las andaluzas tenemos una manera de que- 
rer muy enrevesada..." Las andaluzas y las mujeres 
todas, y aún todos los hombres. 

El alma humana es demasiado compleja para poder 
ordenar cada acto en su respectivo casillero, y cuando 
la sacuden pasiones violentas, se revuelve y trastorna 
como un vaso en donde los líquidos no obedecen ya a 
la ley de sus densidades. 

Desentrañar esa complejidad y esa contradicción del 
alma, es lo quo da tan hondo sabor de tragedia, de do- 



lor, de realidad humana,"va' y ^ rú- 
sos, a los cuales, en .cierto ¿modo, <^se ^parece nuestro, es-; 
critor. Y este sentido de lo ■trag^^wida'a' un vigoroso 
talento descriptivo que ya señaláramos ^en ffl TeiruÚo r 
cobra más salientes relieves' en la; 'descripción de la.Se- 
mána Santa ele Sevilla,' la' página taV vez 'más' emocio- 
nante de toda la obra de Carlos Reyles.' Hay,' induda- 
blemente, mucho de carnavalesco y de teatral en esas 
procesiones efectuadas durante la noche, y cri las que, 
las imágenes de Cristo y de la Virgen, cubiertas de jo- 
yas y deslumbrantes de lujo y de riqueza, desfilan en- 
tre dos filas de nazarenos encapuchados, portadores de 
sendos blandones encendidos. 

Las luces, las joyas, la muchedumbre; y sobre toda 
ello, la saeta, el canto religioso popular que horada la 
atmósfera y parte como una flecha lírica para clavarse 
en la Virgen a quien va generalmente dedicado, es la 
forma más violenta, más sensual, más impresionante del 
culto, que ya tiene de por sí mucho de teatral en esas 
cálidas regiones meridionales, que aún conservan mucha 
del sensualismo árabe, no solamente en su religión, por 
católica que ella sea, sino en casi todas las demás mani- 
festaciones de su vida. Pero es indudable, que todo ello 
enciende el misticismo, embriaga de religión, como un 
mosto lo haría en otra forma, el alma sedienta de emo- 
ciones del pueblo andaluz; impone con su deslumbrante 
aparatosidad y concluye en emoción religiosa, lo que ha- 
bía comenzado por ser emoción heroica en el redondel. 

— 95 — 



No se concebiría al pueblo , andaluz, sin los toros y sin 
las procesiones de Semana Santa. Unos y otras se atraen 
y se complementan. El pueblo andaluz, y en general, el 
pueblo todo español, es esencialmente emotivo. Exalta y 
exagera los sentimientos, que carecen en 61 de términos 
medios. Lo mismo es heroísmo, valor exaltado, caballe- 
rosidad, misticismo, pasión, que crueldad, violencia, o 
bandolerismo. El mismo metal con que fueron forjados 
el Cid y los conquistadores, forjó también a Ignacio de 
Loyola, a Torqucmada, y a los bandidos que en la Sie- 
rra Morena asaltaban a los transeúntes y respetaban, se- 
gún la leyenda, a las mujeres y a los desvalidos. Santa 
Teresa y Hernán Cortés, Busto Tavera y Don Juan Te- 
norio, Rodrigo de Vivai', Pizarro y los grandes capita- 
nes', El Greco y Zurbarán: todos exaltados, violentos, 
en el arte y en la vida, místicos, sombríos, sensuales, apa- 
sionados, o heroicos... Alma compleja y riquísima, quo 
atrae y subyuga con su orgullo y su miseria, su valor 
indomable, y su desprecio incomprensible por el traba- 
jo y el progreso. 

. De este pueblo sorprendente, exagerado, es trasunto 
fiel la corrida de toros, — el espectáculo nacional por 
excelencia, hermano espiritual de las procesiones y del 
canto y baile flamencos, que no llegan a comprender los 
demás pueblos de Europa. Sería preciso estar allí, y pre- 
senciar el espectáculo uno mismo, para comprender cómo 
hombres y aún mujeres, inofensivos y bondadosos, y aún 
cultos e instruidos, llegan a amar semejantes alardes de 



— 96 — 



A TRAVES DE LIBROS -Y" DE AUTORES 

crueldad y de valor. Un compatriota nuestro, decidido 
impugnador de tan salvaje diversión, nos decía sin em- 
bargo el hechizo invencible, sufrido al presenciar una 
corrida ; la .embriaguez de sol, de sangre, de heroismo, la 
exaltación contagiosa del público, el mareo de colores y 
de luz que contribuye a anestesiar los sentimientos natu- 
rales do piedad, y de conmiseración para las pobres Bes- 
tias sacrificadas iuútilmcntc, en un inútil alarde de va- 
lor. Embriaguez de peligro, que mucho más que el frío 
convencimiento, hizo tantos héroes, en las' trágicas jor- 
nadas de la Guerra. Pero sea ello lo que fuere; explica- 
do como se quiera, y hasta tolerable en ciertas regiones 
de España que esgrimen la tradición como arma de po- 
lémica, ello no implica en modo alguno, su posible im- 
plantación en otros medios, ni creemos remotamente, que 
haya sido tal la intención que algunos críticos han que- 
rido ver en la notable novela de nuestro compatriota. 
Creemos más ; que ellas han de desaparecer dentro de no 
mucho tiempo, de su misma tierra de origen, como ya 
lo hace esperar la campaña emprendida allí mismo por 
un grupo decidido de valientes intelectuales, como des- 
aparecerán también, desgraciadamente, las pintorescas 
Procesiones, y ya lo ha hecho casi completamente, el le- 
gendario bandolerismo, últimos resabios de un pasado 
grandioso, degenerado en el tiempo, y pasado, al fin. La 
descripción que hace Reyles de las corridas, es viva, co- 
loreada, emocionante, como pocas. El arte taurino, no 
tiene secretos para él. Asombra el conocimiento que de 



^Uflirte^hace derroche, aunque su misma condición: do d 
^gaina^ero^ aunque no de rescs bravas, es antecedente digno. /;; 
Vdftómarse en cuenta para explicar, esa afición. Pero, 16: r 
repetimos, no creemos en una intención de propaganda,' 
dé parte dé nuestro ..compatriota . Reyles, que posee él . . 
. imamp, -muchas .de las cualidades y de los defectos del al-.'.!: 
,ma española, es como ella, apasionado y violento. ' 
"BÍ mismo ardor que pusiera otrora en la defensa de 
sus teorías filosóficas, pone hoy en su amor por las co- 
sas españolas, de las cuales desentraña, según su peculiar 
idiosincracia, el elemento trascendente y oculto, que es- 
capa a la generalidad de los hombres, y que hizo decir 
a Sanín Cano, que posee un riquísimo sentido esotérico. 
Rcylcs ve las corridas de toros, con ojos de artista y de fi- 
lósofo. Olvida la inutilidad cruel del sacrificio de caba- 
llos y toros, y también de toreros, de los cuales — esta- 
dística roja — so alistan los nombres de los sacrificados 
en estos últimos años, con pavorosa abundancia. Lo ol- 
vida para embriagarse, únicamente, con el alarde de va- 
lor, con la emoción sangrienta del peligro, con la gra- 
cia, la virilidad, el machismo, y el rumbo del torero; to- 
das cualidades no despreciables, ciertamente, poro que se 
pierden estériles, sino perjudiciales, en el áureo redon- 
del, cuando no se prolongan en las tabernas y epilogan 
el gusto acre de la sangre, con el crimen vulgar. El mis- 
mo lo reconoce así. Por boca de don Gaspar asegura: 
"Paco a su manera, es un estimulante de euergía, un 
hombre providencial. Suscitar entusiasmos, fiebres, ar- 



•i ;v TJRÁVES 'M^^fW^f^V;^ ^áutobM 

dores, rió ha sido nunca 'tarea -balad! •* á. otros les corres- 
ponde encauzar esas /1ierea«.%':^Q^esi6n'^Ud^'de;^aéJ 
tales energías, nacen y mueren :como ^fuegos fátuc¿| : en Ía- ; 
plaza de toros. Pero sin discutir la eficacia o la legiti- 
midad de tales espectáculos,; reconozcamos que: Reyles, 
ha pintado con mano maestra, como no lo ha hecho has- "' 
ta ahora ningún español, el espectáculo español por ex- 
celencia, y que Paco Quiñones, es el aspecto varonil, 
macho, como lo dice el autor, valiente, desenfadado, gra- 
cioso y despreocupado del pueblo andaluz, como la Pu- 
ra lo es de su femenidad, su pasión, su belleza y su 
gracia . Uno y otra son toda Sevilla y aún toda Anda- 
lucía. De ahí su hondo significado y el embrujo irre- 
sistible de la novela, en la cual ha condensado su autor 
todo el embrujo de la capital andaluza. El éxito re- 
sonante, sin precedentes en la novela americana, que ha 
obtenido la obra cu todas las clases sociales, y de la 
cual se está tirando ahora en Madrid una edición de 
20.000 ejemplares, la explica su autor, diciendo que ha 
acertado a pintar, con sus tintas alegres y tristes, a la 
Sevilla que todos llevábamos en la imaginación. Mo- 
destia de autor, solamente. Yo creo, mejor, con Enri- 
que Larrcta, que Reyles "parece ignorar el milagro de 
arte que él mismo ha realizado". 

Hemos dejado expresamente para lo último, la figu- 
ra del pintor Cuenca, que eucarna en El Embrujo la 
personalidad refinada, culta y artista, trasunto del mis- 
mo autor, y al qué encomienda Reyles la expresión de 

— 99 — 



L ■ V I 8 A L V I S I 



sus propios pensamientos. Como en el Ribero de Beba 
y en el Guzmán de La Baza de Caín, ha dado nuestro 
autor a Cuenca algunas de sus características perso- 
nales, que aparecen también en don Antonio Miguez, el 
ganadero de reses bravas, padre de Pastora y de Pepe. 
Cuenca es la figura más interesante do la novela. Ar- 
tista do talento, pone en sus cuadros una trascendencia 
y un sentido esotérico que escapan a los críticos y a los 
jurados, como más de una vez ha acontecido con el pro- 
pio lleyles. Su arte es su vida, y a 61 entrega las fuer- 
zas de su alma, sin empleo en su soledad de hombre sin 
familia y sin amores. Es el elemento culto, refinado, 
crítico, del pueblo español; la encarnación do la clase 
intelectual, a la que le está encomendado el "encauzar 
y dirigir las energías que el torero despierta y exalta 
en la Plaza". En sus conversaciones de arte y de fi- 
losofía encontramos los rostros, y aún las ideas comple- 
tos de bu autor, según lo observamos ya también en El 
Terruño, con la teoría filosófica de los Diálogos, y en 
La Baza de Caín y Beba con La Muerte del Cisne. Por- 
que Reyles, aún siendo en El Embrujo, menos Rcylcs 
que en sus demás novelas, no deja por eso de serlo del 
todo, como lo es más intensamente en El Terruño que 
en ninguna otra. 

Y como tal rio se contenta con escribir una novela 
interesantísima, llena de vida, de pasión, de luz y do 
colores : filósofo al fin, y filósofo siempre, busca en la ma- 
gia de la ciudad andaluza, el alma misma del pueblo; 

— loo — 



iL trates de libros y de autores 



le preocupa su presente inferior á sus condiciones rea- 
les y a su mismo pasado; su futuro incierto y oscuro. 
"Nuestra manera de entender la- vida, es un perpetuo 
deleite, que en otras partes se busca apasionadamente, 
y cuesta muy caro producir. Aquí el que bebe una ca- 
ña de Jérez, bebe y como; el que trabaja, juega; el que 
sufre, goza; el que llora, canta. Con unas rejas, unos 
azulejos, y unos macetas de flores, logramos obtener el 
hechizo, que buscan y no siempre logran las grandes 
capitales, con la aparatosa ostentación de su trabajo, 
su ciencia y su riqueza. Dios no nos da' la ciencia, pe- 
ro nos da la gracia; no sabemos trabajar, pero sabemos 
divertirnos. Otros fabrican locomotoras; nosotros, cas- 
tañuelas; y como todos nos encaminamos al sepulcro, 
sería cosa de averiguar, si es mejor hacerlo pasando las 
de Caín y aprisa, o lenta y alegremente. ¿Crees tú que 
es más útil y noble crear riquezas que engendrar go- 
ces?, ¿Que así no se puede vivir í Infundios, así vamos 
viviendo, y muy guapamente. Cada uno a' lo suyo. So- 
mos diferentes, pero no inferiores a los demás hom- 
bres..." 

Es el eterno pleito entre la cigarra y la hormiga, en- 
tre el artista y el industrial, que nuestro artista falla 
esta vez en beneficio de los primeros. Andalucía es la 
cigarra española que canta, bebe y ama su eterno vera- 
no de luz y de color. Pleito insoluble, puesto que no 
existe pleito, ya quo unos y otros son igualmente nece- 
sarios a la vida. Cada uno a lo suyo. "Un pueblo que 



— 101 — 



:%::^u ' i v s ■ . a- ■ L s ^.ív^f^^p 

Ideerprécia el pellejo, el trabajo, la riqueza y íei^Babe^^ 
; áma.tel. tronío, la..ydentía,,la gracia y, el goce, - np^swl 
'demás en este picaro mundo' r . Lo curioso del casóles- 
que sea Carlos Reyles, el autor de El Ten-uño y de;<íij^ 
Muerte del Cisne, el fervoroso propagandista del .itra-*! 
bajo, de la energía creadora, do los egoísmos feeund^ 
quien tan exactamento haya sabido comprender y ' tra^ 
ducir el alma andaluza. Acaso el contraste entré' sus*'; 
propios ideales y la frivolidad de este pueblo, se lo ha- 
ya hecho amar como es, pueblo-cigarra, artista, apasio- 
nado, trágico e imprevisor. 

No en balde fué el inglés Irving quien salvó de una 
ruina inminente, el milagroso edificio de la Alhambra, 
abandonada y a medio destruir por la incuria ignoran- 
te de sus propios poseedores; no en balde fueron los 
franceses Mcrimúe y Gauticr, primero, y Barres, luego 
quienes inmortalizaron el tipo de la chula, y dieron el 
gusto del españolismo a los demás pueblos europeos; 
no en balde fué el alemán Heme, quien mejor penetró 
el sentido último y el hondo valor psicológico de la obra 
maestra de la literatura española; no en baldo es hoy 
un americano, y el de más opuestas tendencias, quien 
descubre y manifiesta en una obra inmortal, el alma 
intensa del pueblo andaluz. Bajo la frivolidad aparen- 
te de esa alma busca y desentraña Reyles el manan- 
tial fecundo de las virtudes raciales: "Somos un pue- 
blo macho y necesitamos emociones fuertes, para no 
caer, para no bastardearnos. Si las viejas virtudes es- 



— 102 — 



i 



pañolas hb ' : hán fiinnerto -y á J^orá fálta de empleó>..és;>quir. 
zá por ^qué'lá'^ 
serva. La bizarría y, la .majejra .:que . no. podemos poner 
en' la industria y el cqmercio^^ppnemos en-^a^jtau^ 
riño, el más viril y arrogante i": de "todos ; ; :'^:1jó ,qúe ^él 
pueblo adora en el ruedo, no es 'lo que dicen loa IV perip- 
distas, sino la gallardía del pasado, - la bráv^á;*lo¿> des- 
plantes donjuanescos, el tronío, el cogote tiésoy lá sai y 
la pimienta de la raía", dice Paco Quiñones, el torero 
andaluz por excelencia; que por haber sido criado en 
la nobleza de quo formaba parte, tiene una educación 
y un refinamiento de quo carecen en general las gentes 
de coleta. 

Cuenca, mas reposado, mas culto, más instruido, ve 
las cosas con mayor alcance "La verdadera psicolo- 
gía del alma española, dice, la han hecho los maestros 
del pincel, y así mismo, los maestros de la pluma, que 
con la novela picaresca, más hondo penetraron en la en- 
traña del pueblo". T en otra ocasión agrega: "No eB 
el quijotismo, sino el sanchopancismo, el que nos ha 
llevado a la pérdida de Cuba, último florón de aquella 
espléndida corona colonial que nos legaron los Reyes 
Católicos. Acaso es un bieu. Reducidos a nosotros mis- 
mos ; obligados a cultivar nuestro propio jardín, quizás 
sabremos hacer otra vez obra de varones, obra de ma- 
chos cogotudos . . . Caballero del ideal — y aquí volve- 
mos a encontrar a Reyles, el verdadero Reyles, el de 
los Diálogos Olímpicos y de El Terruño — no desdeñes 



— 103 — 



L V - l ^S A ./. L ... IT I,/ 5 ..!> 



por prosaica, la moderna aventura del trabajo, por que 
éste lleva en sí la enjundia de muchos ideales, y es. el. 
mas fiel servidor de la grande esperanza del- hombre 
en que esos ideales so congregan y funden. ¿Pero qué 
camino seguir? ¿Qué métodos emplear? Las divergen- 
cias de parecer son múltiples y grandes. Cada doctor 
propone una pócima diferente. A mí, aunque simple 
y pecador, se me ocurro que lo primero será conocernos, 
saber lo que somos y lo que preteudemos ser, y en se- 
guida indagar en qué y en qué no concuerda nuestro 
instinto de dominio y nuestra ilusión vital, ios grandes 
resortes do la vida intensa, con la grande esperanza do 
libertad, justicia y amor que es por excelencia, la ilu- 
sión vital del hombre, lo que lo hace vivir humanamen- 
te, lo que legitima sus aspiraciones superiores, triplica 
sus fuerzas y lo incita a bregar sin descanso bajo la gre- 
ña do sol. ¿Cómo encauzar sin menoscabo, sin bastar- 
dearnos, las viejas energías do la raza en los canales 
de la actividad moderna? ¿Cómo ser modernos sin de- 
jar do ser españoles castizos?..." 

Planteado el problema español, que, como dice Cuen- 
ca, cada doctor resuelvo a su manera, Kcyles le da la 
solución, que si no fuera la verdadera, nos lo parece, 
por lo menos, a nosotros. "Hay mucha miseria, mucha 
ignorancia, mucho orgullo", afirman los comensales del 
pintor. "Contra la miseria, trabajo ; contra la igno- 
rancia, aprender; contra el orgullo, viajar". Pero el 



— 104 — 



K ¿*f$BAYB8 DE LIBROS X ■ DE AUTORES 

andaluz, según afirma Paco, "está hecho para la juer- 
ga; no para el trabajo". 

. . .. <r Bl trabajo es juerga, cuando se trabaja con gusto, 
asegura el pintor. Eso de nuestra ingénita pereza es 
cuento, Paco. Mas energías derrochamos nosotros en 
bailar, que otros en majar el hierro. Empleémosla en 
producir las riquezas materiales y espirituales, sólo que 
están en las entrañas de la tierra, ocultas y sin empleo. 
Descubrir filónos, hacer pozos muy hondos, y sacar 
afuera el material propio, he ahí lo que nos hace falta. 
Inútil es echarlo la culpa de nuestra decadencia a los 
Austrias, a los Borboncs, a los malos Gobiernos ; ni pen- 
sar que la triaca del mal está cu la monarquía, en la 
Ecpública o el socialismo. Hace siglos que todos, cada 
cual en lo suyo, veníamos preparando la pérdida do 
Cuba, por que nadie, en lo suyo, hacía lo suyo ... Ya 
hay barruntos de ese deseo de abrir pozos hondos y sa- 
car a luz el material castizo. Renace la azulejería; re- 
naco el admirable arte de los rejeros; renaco la moda 
mudejar de tallar el ladrillo con el mismo primor quo 
la piedra. Los pintores desentierran al Greco y a Val- 
dez Leal; los escritores a Góngora y a Gracián; los ar- 
quitectos empiezan a ver al enigmático Churriguera, y 
todos a sentir lo español. Y aquí está la Pura, bailado- 
ra de buten, doctora del tablao, que nos va a descubrir 
ahora mismo, con su interpretación coreográfica de la 
malagueña, una faceta del alma andaluza". 
He aquí, pues, en esta larga cita, expuesto y resuelto, 



— 105 — 



L >Ü~ I 8 ■ A . '^W^^jffjSg 

^^^Mw^espafiol, en •••una forma original y* rüáowl 
que! por apartarse de los viejos pleitos ;políticós y/fcbñ^] 
cretárse al pueblo mismo, y en él a cada uno .dejsusi^ 
.individuos, se nos antoja la forma más real y mas .seS 
gura de triunfo. He ahí esbozado todo un tratado^p 
pedagogía social, individual y política, que deja en'lji^ 
bertad a todas las creencias, a todas las opiniones, a 'tó^ 
dos los partidos políticos. Buscar su verdad, y confort] 
marse a ella; he ahí la fórmula mágica que ha de ha-' 1 
cer del trabajo una juerga perpetua; quo ha de dar la; 
felicidad personal y la grandeza y la prosperidad del ' 
pueblo. 

llcyles no ha olvidado su verdad, en esta novela, y , 
a ella vuelve a pesar do la novela misma. Esta conse- 
cuencia consigo mismo, esta conformidad completa, da 
un precio inestimable a toda su obra, y pone en toda 
ella, el sello inconfundible de su personalidad. 

El estilo de este libro, recio, fuerte, vigoroso, como 
todo el estilo de Reylcs es, sin embargo, diferente al de 
las demás novelas de nuestro autor. La jerga andalu- 
za se mezcla pintorescamente al lenguaje castizo, y con- 
tribuye a darle un sabor peculiar de regionalismo. Su 
autor ha penetrado hondamente en el alma del pueblo 
que pinta: enamorado de él, con él se ha compenetrado, 
hasta apropiarse como suyas las expresiones popula- 
res. 

El Embrujo de Sevilla, es la más novelesca, la más 
movida, la menos filosófica de todas las novelas de Rey- 

— 106 — 



lesf y' esto explica tal ve>; la' eúoraie' difusión y' el ¿atpT. • 
ruidoso de la ' obra, ' ya !qúe ' 'fueran ' acaso, impedimento 
a -la . popularidad de otras, 4 el /contenido .filosófico, que. 
las hace difíciles para eí 'publico nq preparado para ' 
gustarlas. '' : ' : ! ; : -'' : f ■ ^ '' 

Carlos Iteyles es, en efecto, lo qué se llama un autor- 
difícil. T esto que es timbre honrosísimo de' gloria/ di- ' 
ficulta, casi siempre, la popularidad, que alcanzan rá- 
pidamente otros autores, cuya producción se encuen- 
tra, por su inferioridad, más al alcance del público lec- 
tor. 

Pocos escritores en América pueden ostentar un ba- 
gaje literario tan original y profundo como el de nues- 
tro compatriota. Su obra de novelista, basta para colo- 
carlo a la cabeza de los escritores americanos, y sin em- 
bargo, es más personal aún y más notable su obra do 
filósofo, que estudiaremos más adelante, en otro ar- 
tículo . 



Montevideo, 1922. 



ADOLFO MONTIEL BALLESTEROS 
I 

Adolfo Montiel Ballesteros se inició, como tantos 
otros, en la literatura, con un volumen de versos. Pa- 
rece que la poesía, por su aparente facilidad, fuera al- 
go así como una antesala obligatoria en el vasto y com- 
plejo edificio de las letras. 

Un tomito de versos correctos es mas fácil de escri- 
bir que un correcto tomo de cuentos, una novela o un 
estudio de crítica. No requiere una dedicación asidua 
al trabajo, ni un caudal siquiera mediano de conoci- 



— 109 — 



luientes. Todo lo contrario, la intuición es la última' pa : V 
labra de la moda; una ignorancia supina es garantía^: 
de originalidad, al decir, por lo menos, de algunos ;'íy¿!$ 
sobre todo. . . de harágancría.. Cok decir lo que se sien*;-;; 
te, sin apartarse demasiado de las reglas de la retóri- v¿ 
ca, o bien despreciándolas abiertamente, se puede lle : y 
gar a ser un poeta discreto, y aún, en ocasiones, un gran V 
poeta. 

Sólo después de haber llegado a la etapa de la dis- 
creción, en poesía, el que sabe y siente, comprende aue , 
es muy difícil, muy árduo, pasar adelante. La aparen- 
te facilidad de la poesía se convierte en una áspera cues- 
ta de dolorosa ascensión, a cuya cumbro es necesario lle- 
gar, sin embargo, para singularizarse, para ser un poe- 
ta de verdad, entre la multitud anodina y mediocre de 
los poetas. 

El que tiene talento real se busca, se estudia, sufre, 
en esta dolorosa etapa de su ruta, la más penosa de to- 
das, puesto que empiezan a disminuir los ciegos entu- 
siasmos juveniles y se vislumbra por la vez primera la 
posibilidad del fracaso que tan bellamente describió 
Cansinos Assens. 

El mediocre se satisface en su mediocridad, y cree 
haber llegado a las cumbres mismas de la poesía, que, 
para el verdadero poeta, se aleja cada vez, cuanto más 
alto se asciende por la áspera cuesta. Sólo de tiempo 
en tiempo, muy rara vez en el largo transcurso de los 
siglos, un nombre, ungido por los dioses, va a aumen- 



— lio — 



tar ia^privilegiada falange de "los" Byrph, de los Vigny, 
de los Leopárdi, de los Hugo. ; .^^¿.vfe.; 

Acaso sea ésta la razón de esa..cQmp 0 e8pe^totiy^ .con., 
que se acoge cada nuevo tomo de poesías, con una como 
suspensión del juicio definitivo, una. como. i espera,.,co- / ; 
mo billete de entrada, o pasaporte para viajar, ."/'hasta <: 
la estación literaria definitiva. | Cuántos, descorazona- 
dos al ver quo sus esfuerzos no los llevan mas allá de 
cierto — < |y cuán mezquino I — r éxito, abandonan su 
tentativa de literatura, faltos de una vocación verda- 
deramente firme, en procura de más certeros y profi- 
cuos triunfos . . . 

Pero aquellos que llevan dentro de sí el fuego sagra- 
do, reconocen pronto que habían errado su camino ini- 
cial y tratan de orientarse en el complicado laberinto 
de las letras. 

Monticl Ballesteros pertenece a esta última catego- 
ría. Sus primeros poemas, Primavera, Emoción, reve- 
laron a un poeta discreto, fácil, emotivo, sencillo, fres- 
co, juvenil. Pero él comprendió antes que nadie que, 
aún siendo como fueron, bien acogidos por la crítica, 
sus versos no podían traducir su verdadero yo . . • 

Entonces, antes de haber encontrado su verdadera 
senda, intentó, dentro de la poesía misma, ser él mis- 
mo, y publicó Savia, "poemas desnudos", según los lla- 
mó, en donde, tal vez antes que nadie entre nosotros,, 
trató de realizar la aspiración de los novísimos, en una 
poesía sin ritmo y sin rima. 



— 111 — 



L U I 8 : A- L ü í* 8 I 



Pero hasta que Montiel no ensayara el cuento, no ha- 
bía de darse cuenta de su verdadera vocación. Por in- 
tuición acaso, acaso por convencimiento, tal vez por una 
bienaventurada . necesidad económica, nuestro rcompa- 
triota empezó a escribir narraciones cortas . Nombrado 
cónsul de nuestro país en Florencia, su nueva vida pro- 
dujo en él dos efectos en cierto modo antagónicos, que 
se fundieron luego, para formar su acabada personali- 
dad de cuentista. El contacto con la vieja civilización 
y el arte refinado y complejo de Florencia la divina, 
abrió en su alma de artista nato, los amplios horizon- 
tes de la cultura que, desde nuestra joven y ruda Amé- 
rica, entrevemos apenas. 

Y, al alejarlo de golpe de sus cariños nativos, do la 
tierra sana y primitiva que vió transcurrir sus años in- 
fantiles, y donde se abrió por vez primera la flor de 
su intelecto y de su corazón, se clavaron en su alma los 
primeros dardos de la añoranza y la nostalgia . Y mien- 
tras se enriquecía fabulosamente el tesoro de su cul- 
tura, bebida con avidez en las fuentes mismas del arte 
y de la ciencia, so afinaba, se pulía, se aguzaba, en el 
dolor de la ausencia, su sensibilidad de hombre ameri- 
cano. 

Así nacieron los Cuentos Uruguayos, que habían de 
darle de pronto, la fama que le regateara, avara, la poe- 
sía'. Fué un sentimiento de alegría, el que reflejó la crí- 
tica a su aparición, por el convencimiento de que nuestro 
escritor acababa do entrar definitivamente en la senda 



- 112 - 



~Á : TRAITES DE LIBROS Y DE AUTORES 

que había de Hevarlo»al triunfo, a su triunfo. Terminaban 
los tanteos, las inseguridades, la penosa búsqueda de ía 
luz interior, que durante tanto tiempo se niega a algunos, 
para revelarse de pronto, aeaso cuando ya no se la es- 
pera. 

Con los Cuentos Uruguayos Montiel Ballesteros que- 
dó definitivamente incorporado a la escasa falange de 
nuestros cuentistas, que capitanea Javier de- Viana, y 
que integran entre otros, Otto Miguel Cionc, José Pe- 
dro Bcllán y Vicente A. Salaverri. 

Ellos, antes que nadie, lo reconocieron como herma- 
no, y pudo entonces exclamar el primero de todos, cu 
un arranque de fraterno entusiasmo, que no moriría ya 
sin sucesor. Porque, en efecto, de todos nuestros cuen- 
tistas, Monticl Ballesteros se emparcuta más directa- 
mente con Viana, del que tiene la insuperable maestría, 
el amor hondo por las cosas del terruño y ese perfume 
salvaje de las brisas y de los pastos nativos. Cione, más 
civilizado, diremos así, o mejor, más cosmopolita, fué 
seducido como Horacio Quiroga, por los temas psicoló- 
gicos, los extraños asuntos que se complican de más allá, 
y se perfuman de exotismo. José Pedro Bcllán, realis- 
ta y algo morboso en los casos que elige, es una mezcla 
de Maupassant, de Zola, con una como reminiscencia a 
veces, de la alucinada fantasía de Poc. 

Salaverri que triunfara como cuentista con su Cuen- 
tos del Rio de la Plata, se orienta definitivamente ha- 



— 113 — 



cia la novela, de más aliento yima^ór^í^plMa^l^q^e 
el cuento. " ' ' „ " 

■De los demás escritores que cultivaron este género en 
'épocas .pasadas, .Medina Bentancort se dedicó a pintar! 
la vida de la ciudad pobre y sus tipos de barrio: la 
costurerita, el compadre, toda la flora del conventillo^ 
en ese mundo de arrabal que había de tener su cueritis- 
ta acabado en Santiago Dallegri, especializado en cuen- 
tos muy encomiablcs dentro del género, publicados du- 
rante varios años, en revistas de Montevideo y Buenos 
Aires. He aquí un género que intentó traducir en lite- 
ratura, la única parte pintoresca y original de nuestras 
ciudades tan monótonas, tan grises, tan faltas de per- 
sonalidad y rasgos típicos. Yu había descubierto ese 
aspecto el yoda del suburbio, el malogrado Carriego, 
que pusiera tanto amor en sus versos sencillos y tier- 
nos. 

Por desgracia no había de culminar en ninguna obra 
maestra, el material pronto agotado de esa vena lite- 
raria. Los tipos nada simpáticos del compadre de ciu- 
dad, y' los por demás caricaturescos del extranjero: ita- 
liano, ruso o vasco, habían de arrastrar a su ruina, ex- 
plotados a causa de su fácil caracterización en escena, 
por el teatro nacional, a donde fueron llevados con un 
éxito popular sorprendente, que trajo como consecuencia 
final, el enriquecimiento de algunos autores, y el en- 
vilecimiento del gusto popular que acabó así de corrom- 
perse por completo. 



— 114 — 



- • ' m, í - J i^éH' 

■ y iglo que, con un poco de ;tóáestiááj$^t^sticá :^ptK$ 
poco. de alma y de gusto, hubiera p^dp^r/im'laspéc-.' 
to pintoresco de nuestra litérátura, ia6 crl'definitiyaV 
una enfermedad de ella, y una córít|^h'!áeÍ!i^e^l^| 

De los demás cultivadores del cuento en décadas ^piaS 
sadas, casi ninguno ha realizado lo que prometían Vos 
brillantes comienzos. Pérez Petit abandonó esa^rama 
de la literatura, para triunfar con éxito completo en la 
crítica, en el drama, y últimamente en la novela, con 
su hermosísima obra Entre los Pastos, premiada en un 
reciente concurso por el diario montevideano El Plata. 
Arreguine, Crosn, Ferreirn, Varzi, Antuña, etc., etc., 
son, cual noble periodista, cual político de fuste, histo- 
riador de mérito o concienzudo profesor. Benjamín Fer- 
nández y Medina que pudo reivindicar, con Víctor Arre- 
guine, la paternidad del cuento criollo, abandonó la li- 
teratura, que había enriquecido con sus Cuentos del Pa- 
yo y sus Camperas y Serranas, para dedicarse por com- 
pleto a la diplomacia. 

Sólo Javier de Viana, consagrando su amor y su ta- 
lento a las cosas del campo, había de dar a la literatu- 
ra .uruguaya, acabado y completo, el cuento criollo. La 
pintura de nuestras costumbres del campo, que Barto- 
lomé Hidalgo inició a uua vida literaria autóctona, ha- 
bía seducido ya a poetas y noveladores de la pasada 
centuria. Con el Caramurú de Magariños Cervantes, 
nacen a la vida del arte los personajes típicos que ha- 



— 115 — 



L. ,■ V I S A L ü I -i .8 I 



bían de alcanzar los magistrales relieves de exactitud 
y do epopeya en las novelas históricas de Acevedo Díaz 
y en las realistas de Carlos Eoyles. En la difícil sínte- 
sis del cuento, no . fueron traducidos sino por pocos, y 
sólo alcanzaron su perfección definitiva con Javier do 
Viana. El cuento criollo había de obtener con este au- 
tor, un éxito sin precedentes. Es fácil do comprender 
que así fuera. La vida de las ciudades americanas so 
parece a la de todas las ciudades del mundo sin el atrac- 
tivo que prestan a las otras, su cultura y su arte o bien 
las viejas y derruidas civilizaciones exóticas. Buenos 
Aires, Kío Janeiro, Montevideo o Santiago, son copias 
más o menos fieles de París, liorna, Londres o Madrid, 
pero sin sus interesantísimas características. En ellas, al 
decir de Gómez Carrillo, viajero infatigable, el hombre 
es siempre el mismo, bajo su monótono uniforme de 
americana o de frac... 

El sabor original, se encuentra solamente en nues- 
tras cuchillas, en los ranchos de terrón y paja brava, 
frente a las llanuras onduladas de nuestra campaña, 
siempre semejantes a sí mismas en el verdor uniforme 
de su alfombra, interrumpido sólo por las manchas os- 
curas del ganado; o bien en ios montes bajos y cspino : 
sos, a orillas de las cañadas y de los arroyos en donde 
se escucha el grito agudo de los teros y el quejido mo- 
nótono de laa torcaces. 

La raza primitiva, salvajo, fiera c indomable de los 
charrúas al mezclarse a la hidalga y caballeresca de los 



— llü — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 

conquistadores, había de dar nacimiento a nuestro gau- 
cho que heredó de la ascendencia árabe de los invaso- 
res, el amor sentimental por la guitarra y el fiero em- 
puje guerrero de los Almorávides. 

Con la cruza indígena y varios siglas de existencia en 
comarcas de suelo geográfico y clima harto distinto del 
de los conquistadores, la nueva raza pudo diferenciar- 
se suficientemente de sus antecesores para cobrar ca- 
racteres propios y originales. 

Por más que se huya querido ver similitudes pro- 
fundas entre la vida do nuestros gauchos y la de los 
llaneros de Venezuela, rotos de Chile, indios del Perú 
y Ecuador o cowboys del Far-Wcst, ella conserva, sin 
embargo, rasgos inconfundibles que la diversifican de 
los otros, como cada uno do ellos, lo está de los demás. 
Hasta con el gaucho de la Argentina, guarda diferen- 
cias el nuestro, a pesar de la semejanza que, por lodos 
conceptos, emparenta estrechamente nuestra vida a la 
de nuestros hermanos argentinos. 

Estos rasgos, a veces sutiles, estas características que 
lo individualizan con perfiles propios y que yacen se- 
pultadas muchas veces bajo engañosas apariencias, di- 
fíciles de coger en la monotonía de los cuidadores de 
ganado, por nadie fueron mejor aprisionados en una 
frase, en un gesto, en un adjetivo solo por veces, como 
por nuestro insuperado cuentista de la campaña. Na- 
die como Javier de Viana puso en las breves páginas 
de un cuento, tanto sabor original, tan exacta visión 



:1a realidad ; jaadi^éómo él, inmortalizó en suSiljbrosi 
."campe . los tipos So la china, del gaucho y cié' gus' 
gurisesí '■ "'■ ' ": • 

f- -Campo, no 'pudo llamarse de otro modo. Es todó* : él;;- 
; ; cpn el perfume agreste del trébol y de la gramillaj con: 
el mate cebado a la sombra de la enramada, entre d¿s ! 
galopes del caballo, con la visión de las cuchillas vio-' 
letns y del sol calcinante, bajo la sombra espinosa de 
los montes, ó en la celestina complicidad del maizal/ en 
idilios sensuales y violentos... 



II 



Monticl Ballesteros, nació y se crió en uno de nues- 
tros departamentos del norte. El azar de su adolescen- 
cia y de su juventud, lo llevó a través de varios otros 
departamentos, en donde vivió la vida ruda, viril, pin- 
toresca, de nuestra campaña. Allí, en el contacto di- 
recto con la naturaleza, en la vida de la estancia y 
del pueblo ; ^ntre compañeros rudos y compañeros re- 
finados, aprendió nuestro escritor a amar y a conocer 
el carácter del gaucho. Gaucho él mismo, en ocasiones, 
la vida que pinta es, muchas veces, el recuerdo estili- 
zado de sus propias aventuras. Luego vino la capital, 



— lis — 



los^priméros paaos> elbí Vla^iitera^ura, la íbójjiéjm^^ 
verse» leídos" a los 'amigos' W>L café, jy- jecogidos, luego 
en uu tomo .primoroso j todo ^llq^nnoM^ ' 
dizado, por un afán 'de cultura 'y "d? Wperáción". '■ M § ' 

Después, ya hecho, el ' mátnmoiu0^confla :- i compañera^ 
inteligente y. cultivada que lo alentó yVld;'seciuid6";%^ 
la partida, luego para Florencia, ¡ en' cáüdad fde 'dónsuí ; 
en donde, la ausencia, avivando con nostalgias 4 y año-.' 
ranzas el amor al terruño, había de precipitar en él 
la eclosión de su latente temperamento de cuentista de 
las cosas nativas. 

Cerca de veinte años separan los cuentos mejores, los 
cuentos de juventud de Javier de Viana: Campo, Qu- 
ri, Leña Seca, etc., de los cuentos de Montiel Balleste- 
ros. Y en este transcurso de tiempo, | cuántos cam- 
bios, qué rápida, vertiginosa transformación de nuestra 
campaña ! . . . 

Montiel, poeta todavía, y doblemente poeta, por tem- 
peramento y por la ausencia, echa un velo de nostal- 
gia y de melancolía sobre las crudas realidades, las do- 
lorosas miserias de la campaña. Viana, en cambio, se 
apodera directamente del asunto, lo aprisiona en sus 
garras potentes, y lo vuelca, palpitante y desnudo so- 
bre las blancas cuartillas de papel. 

Escritos en Florencia la divina, los cuentos de Mon- 
tiel llevan un sello de arte que, por sobre lo nuestro 
de alma y del paisaje, deben al espíritu quintaesencia- 



— 119 — 



l " tr ■ "i "s .a '¿ : ^ z ' jsr j 

do de la ciudad de Lorenzo de Médicis y de Leonardo 
dé Vinci. 

Es aquello, tan legítimamente gauchesco como en 
Viana; el paisaje tan exacto como puede serlo descri- 
bo por quien lo contempló toda su vida; loa temas tan 
pintorescos, los caracteres tan reales como que toma- 
dos directamente de la realidad viva; pero por sobre 
todo esto, hay en los cuentos de Montiel un dejo, un 
perfume, un matiz que los hace inconfundibles; una 
perfección en el detalle, una preocupación de fini, que 
revelan en ellos, además de un amante de las cosas na- 
tivas, a un refinado artista. Y por todo esto los cuen- 
tos de Montiel no se confunden con los de Viana, do 
los que no tienen, en cambio, ct vigor, el empuje, el 
violento sabor de su crudeza. 

Viana es más potente, Montiel más artista; más 
amargo, más rudo, más vigoroso el primero; más de- 
licado, más nostálgico, más sensible, el segundo. 

Viana es la campaña misma, pintoresca, violenta, 
brutal. Montiel la campaña nostálgica ya de las cosas 
que pierde, semicivilizada por la huella de la segunda 
conquista europea, la conquista del trabajo pacífico 
y de los métodos científicos en las tarcas ruraíes. 

Pero Montiel no encontró tampoco de una sola vez 
su ruta definitiva en el cuento. También dentro de él, 
sufrió vacilaciones y tanteos. En su primer volumen, 
Cuentos TJnigxiayoú, le seducen como a Cionc, como a 
Salavcrri, como a Bellán, los temas de la ciudad, los 



— 120 — 



A TRAVES . DE LIBROS" 7 / DE \ AUTORES 

¿osos psicológicos y patológicos, pseudcfcien tíficos, pu- 
ramente imaginativos, y hasta exóticos. El tomo fué 
muy bien acogido por la crítica, que saludó en 61 a 
un nuevo maestro del género; pero si era ya el Montiel 
de los Cuentos Uruguayos, no era todavía el Montiet 
de Alma Nuestra, con el que había de conquistar su 
puesto definitivo, al lado de Javier de Viana. 

Ya asomaban en el primer volumen, las cualidades 
de emotividad, de hondo amor a las cosas del terruño, 
de nostalgia por todo lo que cede el paso al' nuevo esta- 
do de adelanto, como en los cuentos que llevan por tí- 
tulo: "No es plata todo lo que vale", de una obser- 
vación tan fina, tan acabada, tan completa, que parece 
verse desfilar por sus páginas al correntino disimula- 
do, al estanciero que quiere ganar la carrera a toda 
costa, no por el premio, sino por el honor gaucho, para 
ser el primero en todo ; al paisano Avclino Maidana, 
cuyo sueño más . querido es tener un caballo' de valor, 
el mejor flete del pago. 

Ya apuntan en este cuento las mejores condiciones- 
de Montiel, como pintor magistral del terruño, con- 
diciones que en Los Guríses, se han de hacer más emo- 
cionadas, más tiernas, más nostálgicas, como van a ser- 
lo después, los cuentos todos de Alma Nuestra. 

' La influencia del alejamiento se siente palpable en 
los cuentos criollos del primer volumen. En todos ellos 
hay uua honda tristeza, la despedida dolorosa a todo 
lo nuestro que se va : costumbres pintorescas, tradicio- 



— 121 — 



3£p^ ^ 7\L>yü'^ü^s;vfü 

^ ja ^na^iyas, saboy , .de oiiginalidad , que se esfuma al 
^contacto de la núcya?civilización qúc llega en forma 
^e%rboedimiehto8■•' m'ás ''científicos en todas las faenas 
•ganaderas. Ese í. 1 Chingólo", de Alma Nuestra es, con 
'Áj?La Carreta", un. verdadero símbolo de este estado 
de transitoricdad por. que pasamos. Es un hermano 
menor del Gurí de Viana; un hermano mejor, nacido 
ya en otros tiempos, y descendiente del Tabaré de Zo- 
rrilla, últimos vestigios de una raza que cede, ante el 
avance de las nuevas gentes. "Chingólo", el último 
payador, heredero de Martín Fierro, que puso su co- 
Tazón en la guitarra, y lo dejó cantar libremente en las 
-ruedas emocionadas de los paisanos; Chingólo huma- 
tio, nacido para cantar y volar; que nada sabe del tra- 
bajo y de sus rudas disciplinas; pájaro humano, que 
■encontrara abrigo y alimento en las cocinas de todas 
las estancias de viejo cuño; pájaro humano que levan- 
ta un vuelo azorado y dolorido frente a las innovacio- 
nss modernas que no dejan lugar para las cosas inúti- 
lles y ociosas, "Chingólo", que debió refugiarse y ha- 
cer nido en "La Oriéntala", la última carreta de bue- 
yes, la última patriarcal carretil que cede el paso al 
•camión-automóvil, y mucre en la melancolía dolorosa 
de las cosas que definitivamente se van . . . 

Este sentido patético de lo que termina, as más pun- 
zante en Alma Nuestra que cu Cuentos Uruguayos. 
Este último, publicado en 1920, es desigual, y por tan- 
to inferior a Alma Nuestra, datado en 1922. Los ver- 



— 122 — 



*A ''TRAVES' *DE? £lBR08 ' Y' ' DE ^AUTORES 

¿laderos cuentos criollos del primero, Je dan su .'exacto 
valor, y presagian ya el Alma tyuestra, el 'mejor libro 
<Ie Montiel. 1 La Maestrita' '/* uno de "los mejores "entre 
los ■ que componen 1 los Cuentos j üry,guayos t - es 'de cuna 
realidad que oprime el corazón. Está, . ahí retratada 
fielmente una de esas vidas terriblemente monótonas) 
«se naufragio en lo uniformemente gris, de las azules 
y risueñas esperanzas de la joven maestra que comien- 
za; el dolor de las existencias marchitas sin que uno 
solo se abra de los botones primorosos de la ilusión. 
Lenta agonía del espíritu que se atrofia lentamente en 
un medio inculto; soledad espantosa del alma que res- 
piró la atmósfera intelectual del estudio en la capital, 
y que se ahoga en el interminable desfile de las horas 
que nada traen — nada — a la impaciencia y al deseo 
que se agostan antes de haber florecido en realidad. 
Sacrificio cruento de esas humildísimas — ¡y cuán va- 
lientes! — sembradoras de progreso en las míseras, 
solitarias, perdidas cscuelitas, que no les reportan si- 
quiera la satisfacción del resultado intelectual de' su 
labor. . Porque son obstáculos a veces irrisorios, pero 
siempre insalvables, los que se oponen a su tesonero 
trabajo de cada día: la falta de asistencia de los alum- 
nos, cabecitas obscuras, en las cuales es una honda sa- 
tisfacción el encender la chispa de la inteligencia; y 
que permanecen cerradas, hostiles, porque los traba- 
jos del campo roban el tiempo destinado a las clases. 
Y el desaliento, primero, la inercia, después, van este- 



— 123 — 



£ V18 A L ' 77 I S I 



rilizañdo poco a poco la Vida que soñó ser útil y ser 
buena, y que se marchita, impotente, vencida en esa 
lucha desigual contra la incuria y la indiferencia de 
todos. Y como contraste irónico con esa vida estan- 
cada, con ese sacrificio estéril, la maestrita repetía co- 
mo en una obsesión los párrafos del discurso del Mi- 
nistro que ensenara a recitar a uno de sus alumnos: 
"Señores, el maestro es el crisol donde se funde el al- 
ma de la nacionalidad", mirando — con los ojos em- 
pañados en lágrimas — mirando aquel camino que pro- 
ducía la sensación de pasar ciego, indiferente n las pe- 
queñas vidas humildes que restaban a sn vera silen- 
ciosas, estancadas, muertas..." 

La misma disolvente acción do la campaña sobre las 
almas llenas de iniciativas y de proyectos, encontra- 
mos en "La sombra del Ombú", otro hermosísimo 
cuento del primer volumen: lie aquí a uu joven agró- 
nomo recién egresado de la Escuela, con la cabeza llena 
de proyectos y el alma de aspiraciones y energías, que 
se dirige a la estancia de un amigo de su padre con áni- 
mo de émprénder grandes reformas y cosechar fructífe- 
ras ganancias. Llega* la estancia es un campo inculto 
en donde pacen a su antojo las reses del ganado ; fren- 
te a la vieja y semiderruída casa, unos ombúes extien- 
den su fresca sombra- las gallinas hacen allí su nido, y 
viven, con el gato y los perros, en amena y cordial com- 
pañía. Nuestro novel reformador ve de un golpe todas 
las reformas qué sería necesario emprender para volver 



A TBÁVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



habitable la vivienda; e intenta hablar de ello con el 
brasilero irónico, Toco Andrade, dueño de la estancia. 
Pero éste no tiene prisa alguna, y en esa jerga, mezcla 
de español y portugués que se habla en nuestros depar- 
tamentos del norte, le dice mirándolo de soslayo: — "En- 
taum o homen quer travalhar... Muíto bcn..." Y lo 
invita con el amargo ; luego la cuña para asentar el amar- 
go ; y después la siesta bajo los ombúes, los fatídicos om- 
búcs cuya sombra, a semejanza de la sombra de la aruc- 
ra, apaga los entusiasmos y adormece las energías. 

Nuestro Valdivieso quiero reaccionar, quiere luchar. 
Ya es una lucha enorme sacudir la pereza, vencer la 
inercia de los que lo rodean. Pero cuando loa primeros 
fracasos dan la razón al brasilero, nuestro agrónomo ya 
está vencido. Se casará con una de las brasileritas que 
so dormía, mirándolo; heredará la estancia del suegro a 
la muerte de éste y continuará la vida de despreocupación 
y de incuria frente al caño roto que deja escapar el agua 
de las lluvias sobre la fachada de las casas, desde tiem- 
po inmemorial, mientras su dueño, olvidado de sus pro- 
yectos de reforma y de sus planes de trabajo, engorda a 
la sombra adormecedora de voluntades de los fatídicos 
ombuses, y nace y crece la prole numerosa, sucia y descui- 
dada, en cordial compañía con los perros y las gallinas. 
Así lo encontrará su compañero de estudios, Castro. cuan- 
do en jira por la campaña llega a la estancia de Don Val- 
divio, esperando hallarse con un triunfador: gordo, el 
vientre rebosando sobre el cinto de cuero, en camiseta, 



— 125 — 



w^w^mm^ -v^wm^ü '^mmmm 

.mate en" una mano y la botella 'de caña ni lado, r ¿a- j 
blando" él también la jerga abrásilerada de su sücgrb, s y 
eñ -la"misma antiquísima miseria : y: .abaridón6^dé :lPe^^ 
tancia..;. • % 

¿' En "El hijo gaucho" vuelve a aparecer, con la misma . 
inercia fatalista del paisano que no planta un árbol, que..¡ 
no construye una casa, que no perfora la tierra en ..pió; 'i 
cura de agua, la derrota de las viejas costumbres y de : 
las antiguas tradiciones, frente a las nuevas empresas- . 
y a las iniciativas modernas: el gaucho protegido por el 
patrón, que vive de la carne, de la yerba, de la fariña 
que le envían de las castis, tal vez por una inconfesadá 
paternidad, que hace, mas turbadora la poca diferencia 
de edades entre el patrón y el hijo gaucho: "Pero esos 
mozos nuevos, piensa a veces el gaucho, son tan dia- 
blos. . . " Muere el patrón, y sus herederos arriendan el 
campo a dos mozos de la ciudad, "mocitos que no saben 
montar a caballo, ni enlazar una res brava; que andan 
en sulky por el camino, y pretenden cambiarlo y refor- 
marlo todo. "Ustedes son los que mandan — grita una 
vez fuera de sí, al verse desposeído de aquellas prerro- 
gativas que eran, por tradición, más que un derecho; 
y que caducan porque nada escrito las justifica; — ha- 
gan y deshagan, pero i cuidado con salirse de la güe- 
ya!..." 

Pero cuando los nuevos dueños, no sólo se salen de la 
güeya, sino que llegan a insultarlo en su más caro afec- 
to, raptándole la hija, — morochita joven y querendona 

— 12G — 



— el viejo no puede "contenerse m<¿" Toda Ibú" indicia-, 
ción, toda su cólera, todo él 'dolor : ''í3ér^^b£^"&'^jBLis^ákí» ' 
y de padre, : qué ha ido á llorar '-BobrV4j^|^^iM(ÍÍ|^ftiV 
trón, estalla en sangrienta y salvaje yengan¿^nyíá;a^ 
su mujer rumbo al Brasil, en la única car^i(uí^^eíl&&^ 
todo su pobre equipaje, y él queda en espera Se tcw'mozb»'-: 
que bajaron a bañarse a la laguna. "Los vi6: : saHr;dél 
baño, subir al sulky, marchar jaraneando". "■ ¿ : ¿}>?j>ifii:-.. 

Y en un trágico impulso, como si enlazara un toro 
bravo, les echó el lazo con brazo firme y seguro ; y con 
certera puntería, los enlazó a los dos, de medio cuerpo. 
Luego puso al galope su caballería; y los cuerpos, in- 
formes y sangrientos, rebotaban sobre las piedras o se 
levantaban por los aires en una loca, vertiginosa dispa- 
rada . . . 

Pocas veces la pluma de Monticl alcanza tan trágica 
fuerza narrativa. El episodio de "El hijo gaueho" tiene 
algo de la épica grandeza que en "El Terruño'' pone 
Rcylcs en la muerte de Pantaleón. En ningún otro de 
sus cuentas llega Montiel a tan dramático relieve como 
en éste. 

Tiene en cambio un dejo regocijado y picaresco "La 
Trampa", en el que un comisario criollo burla al gringo 
zapatero aprovechando la afición de éste a la pesca, 
para soplarle la dama. Nota picaresca, que no tiene la 
crudeza de algunos españoles, ni la perversa finura de 
los franceses ; sino más bien la irónica y juguetona sen- 
sualidad de Bocaccio, que encontraremos otra vez, rego- 



— 127 — 



L , u - -.i; S A /..,'. ü- J7 'I' .i 8 I 



cijada y veristá.en "La China Gorda" y en "La Cuen- 
tita", de Alma Nuestra, en las'quo alcanza el aútor ver- 
dadera maestría en el difícil arte de ser fina y correcta- 
mente picaresco. Con "La Picada Asombrada" y "Co- 
mo los Horncritos" forman éstos los cuentos criollos del 
primer yolumen de Montiel Ballesteros. 

Nada queremos decir de los demás cuentos que com- 
pletan esc primer libro, porque aunque muy estimables 
todos ellos, no constituyen, a nuestro modo de ver, un 
género en donde sobresalga nítidamente nuestro escri- 
tor. Lo que avalora singularmente los Cuentos Urugua- 
yos — y así lo ha comprendido su autor — son los cuen- 
tos genuinamente criollos, en donde adquiere nuestro 
cuentista, relieves do inconfundible personalidad. 

La ternura, la picardía, la gracia, el dolor de nuestras 
cosas están magistralmcnte reflejados en los cuentos crio- 
llos de nuestro compatriota, que en Alma Nuestra alcan- 
za la perfección completa de su arte. 



III 

Hermoso libro todo él: honrado, sincero, fiuamente 
trabajado; y con una seguridad asombrosa de técnica y do 
psicología. Con él adquiere Montiel su más justo título 
a la posteridad. Pasa, definitivamente, de escritor esti- 



— 12S — 



Á TRAVES DE . LIBROS Y DE, AUTORES 



máble, de promesa brillante, a maestro consagrado que 
no será posible olvidar ya, cuando se escriba esa historia 
de nuestra literatura, completa y serena, que están pi- 
diendo a gritos nuestros anales intelectuales. Rica ma- 
teria, la nuestra, que no ha sido aún recogida y estudia- 
da metódica y completamente por ninguno de nuestros 
críticos, y que espera la mente firme y la pluma autori- 
zada de uu escritor desapasionado y culto, para mostrar- 
se, sin enrojecer, ante las demás literaturas, continentales. 

Entretanto, salvemos con nuestro modesto estudio, si- 
quiera una laguna ; en el que hemos intentado ser lo más 
justos y lo más serenos posible. 

Con toda justicia, pues, y con toda serenidad, no va- 
cilamos en colocar a Alma Nuestra entre los dos o tres 
volúmenes de cuentos de los que puede enorgullecerse 
cualquier país. Los veintiún cuentos que lo informan, 
no son, indudablemente, todos del mismo valor ; pero no 
hay niuguuo que se pueda considerar indigno de formar 
parte del libro. 

Hemos hablado ya de "Chingólo" y de "La Carreta", 
y algo también hemos sugerido de "La Cuentita" y do 
"La China Gorda". Los dos primeros sintetizan, sobro 
todo, ese ¿ouiiiniento de tristeza y de nostalgia por todo 
lo que en nuestra tierra cede el paso a las modernas 
transformaciones que le imprime el arribo de los nuevos 
tiempos, y que constituye la más evidente característica 
del volumen.. 

Más igual que Cuentos Uruguayos, Alma Nuestra al- 



— 129 — 



cáñza a veces, como en "Los toros finos. . ". y el ¿omníe^', 
alínraVá que difícilmente volverá á llegar Mohtiel en sus 
futuras ^producciones. . La campaña transformada yprb| 
fundamente por el cuidado científico del ganado, hóñdáp 
mente herida en sus viejas costumbres por las nuevas 
prácticas a que obliga la introducción de los reproduje- 
res finos, va a presentarnos conflictos desconocidos hasta 
entonces, inesperados episodios en este forzoso desnivel 
entre la nueva ganadería y los viejos gauchos destina- 
dos a llevarla adelante. 

Tal es el drama de nuestra empaña actual. Acevedo 
Díaz y Javier de Viana, más aún el primero que el se- 
gundo, pintaron la campaña primitiva, los albores de 
nuestra raza en formación, el gaucho tupamaro, vestido 
de chiripá y botas de potro, el clásico gaucho de los pe- 
ricones de "La Criolla", con la larga cabellera sujeta 
por una vincha de color, centauro indomable 'en "Las 
Piedras", doloroso vencido en "El Exodo", forjador de 
nuestra nacionalidad, y ascendiente directo del caudillo 
revolucionario. 

Con la Beba de Reyles, aparece en nuestra literatura, 
la estancia nueva, la metódica cría del ganado, la cruza 
científica, el clévage sistematizado; los potreros construí- 
dos con intención lógica, las aguadas, los molinos, la 
cabana con sus boxes, la separación racional de los di- 
versos mestizajes: todo el complicado aparato de la ga- 
nadería moderna, sus luchas a veces cruentas con el 
ambiente hostil y los prejuicios de la ignorancia. 



— 130 — 



^E¿ ? 189^el casó" era nuevb.todalíá. /Ea 1922, es la cam-, 
pana - entera 1, que sufre el influjo de las ideas nuevas. 
Y. es :SalavérrV el nov^a^e^^ 
Él, hijo, del .Mn t > quieVse-jencarjsá^^^ 
ínento r Vivo y exacto'*'^ 

ción. • Salaverri, estanciero él mismoV pmtá cóñ'^gor'os'o 
realismo la vida de transición de nuestra campaña y.y'/én 
bus novelas, el elemento viejo lucha siempre, ásperamén- 
te, como que en ello va su vida, contra el moderno estan- 
ciero que ha realizado sus estudios en Europa o en los 
Estados Unidos. 

Montiél Ballesteros no asiste a la lucha misma entre 
los nuevos tiempos, las nuevas ideas, las prácticas moder- 
nas, y los resabios originales y pintorescos, pero misera- 
bles e incultos, enemigos de todo progreso y de toda nue- 
va labor. Pero constata con un poco de melancolía, como 
que nacida en alma de artista, esta última y definitiva 
derrota del criollismo frente al avance triunfal de las 
iniciativas y los progresos de origen, casi todos, sajón. 

Si en "La sombra de los ombúes" de Cuentos Urugua- 
yos, la incuria y la miseria acaban por vencer y se sobre- 
ponen a las sanas intenciones de Valdivieso, en "Los to- 
ros finos. . . y el hombre", es la civilización y el progre- 
so que vencen al paisano atrasado y rutinario, y lo arras- 
tran a la venganza ciega y a la inútil destrucción. Ese 
profundo desequilibrio entre el hombre de campo y sus 
nuevas faenas ganaderas, produce fatalmente los conflic- 
tos dramáticos como el del mejor cuento de Alma Núes- 



— 131 — 



L U I .8 A- J L y :~V : \<l<< 8 \ I 

tra. El gaucho torpe, lento, taimado, enemigo de toda 
iniciativa, era el elemento adecuado a los antiguas fae- 
nas, primitivas como él, como él rudas, violentas e inter- 
mitentes. La yerra, la doma, la esquila: el lazo, el ca- 
ballo y el facón; tales las faenas, tales los instrumentos 
de trabajo, sencillos y violentos, que requerían ante to- 
do, audacia, bravura, seguridad del brazo y de la vista, 
y el estar a caballo mejor aún quo sobre las propias 
piernas. 

El gaucho y el trabajo del campo se habíau modelado 
de tal manera el uno sobre el otro, quo el primero era 
un reflejo del segundo, y éste una copia del primero. 
En tal ambiente resultó más sencillo introducir el gana- 
do fino y efectuar las construcciones y reformas necesa- 
rias en los edificios de las estancias, que modificar la 
mentalidad y las costumbres de las peones encargados 
de realizar las nuevas faenas adecuadas. Y el choquo 
debió producirse forzosamente, violento y cruel en más 
de una ocasión. En la estancia primitiva, el hombre y el 
animal criados juntos y casi de la misma manera, con 
parecidas necesidades e instintos primordiales, viven en 
armónica convivencia, bajo la misma protección somera 
de la naturaleza. El mate y el churrasco para uno, el 
pasto y- la aguada para el otro. Sobrio, sufrido, terco y 
bueno uno y otro, no se diferencian en mucho, y son am- 
bos dos aspectos equivalentes do la misma y fatalista na- 
turaleza. 

Pero he aquí, quo los toros finos, introducidos por el 



— 132 — 



A TRAVES DE * LIBROS Y ■ DE AUTORES 



mayordomo en la vetusta estancia, vienen a romper ese 
patriarcal equilibrio entre hombres y bestias, inclinando 
la balanza en sentido opuesto al del hombre. Los cuatro 
Hereford "eran magníficos, con su piel lisa, lustrosa, 
como de terciopelo sedoso. Se había construido expresa- 
mente para ellos una cabana especial, cómoda, seca, ai- 
reada. Entraba bien la luz. El piso tenía estudiados de- 
clives. Los pesebres y los bebederos eran prácticos..." 
Y costaba $ 5.000 cada animal ! . . . Ya no es el hombre 
el compañero de la bestia, con la, que comparte las fa- 
tigas y la sana y libre vida de la naturaleza. He aquí 
que el primero se ha convertido en el servidor del segun- 
do. El peón pasa a ser menos que un animal; tiene que 
cuidarlo, "hacerles cama a los cuatro personajes, cam- 
biárselas de mañana, lavarlos, sacarlos a pasear; y des- 
pués vigilarlos, prepararles la cómoda satisfacción de sus 
amores... A veces el agregado, cansado, — ; le pesaban 
los años — salía de la cabaña limpia y cómoda y al ir, 
con los huesos molidos, a tirarse en su rincón, cavilaba 
largo rato, el pensamiento inquieto, atormentado, inqui- 
sidor. . . " 

Ya está preparado el drama que cualquier chispa ha 
de hacer estallar. Tal vez las cosas hubieran permaneci- 
do así largo tiempo, antes de que la mente obscura del 
peón forjara la idea clara de su inferioridad, y la rebe- 
lión consiguiente; si el contacto con otra mentalidad 
más nueva, más joven, más abierta, — la del joven gringo 
que llegó expresamente a coustruir la cabaña — no hu- 



— 133 — 



bicra. preparado el terreno Via roja floración delcdelitov! 
Y éste se produce cuando el mayordomo a quien. pesa -la , 
d^á-responsabilidad de las preciosas vidas, increpa 
lentamente al viejo Benítez>' -.cuándo .eñfermV'nnoV^^os? 
valiosos personajes. '"• ' • 

La realidad se presentó entonces, cruda y dolorosa an- 
te los ojos del infeliz peón: '-Menos que un animal.:. 
Una amargura terrible y fatalista le agrió la boca: "És 
ansí". 

Para su mentalidad primitiva, el oquilibrio se resta 
Mecería, cuando los animales perdieran lo que tan pre- 
ciosos los hacía : su facultad de reproducción. Obscura- 
mente, instintivamente, sentía que una vez inútiles para 
esa función ya no valdrían mas que cualquier buey viejo 
de la estancia. 

Todo esto no llegaba a cuajarse en ideas. Se sentía 
desgraciado, arrojado, despedido de la estancia por culpa 
de los preciosos intrusos. Probó el filo del facón contra 
el dedo, y "el fierro hambriento se le metió en la carne. 
Se chupó la sangre salada y caliente. Salió del galpón. 
Llamó a los perros y los ató. Con unos mancadores ase- 
guró bien los toros finos. Los capó. 

Alineó los cuatro despojos sangrientos delante de la 
puerta del mayordomo. De la cabaña venía un concierto 
de mugidos roncos. Aullaban los perros ..." 

Nada mas. Ningún comentario, ninguna reflexión em- 
pañan la lucidez brutal del episodio, magníficamente des- 
crito. El conflicto dramático entro el ganado fino y el 



— 134 — 



^^B^V ES ^0^11^8 ^ BE ^AUTORES 

¡ gancho -inculto . y Ít^"e(^,1ienei|6da>;Bú - dolorosa realidad 
y toda . su. oculta } trasrcn^ 

del cuento. Un muiidn' "de reflexiones se agolpa a la mén- 
■ te del lector. . Y la punzante y^^ 
peón .de estancia' nos deja 1 largamente' pensativos." No 
es que Montiel le dé una solución, absurda en sí misma, 
con el final del. cuento, que tiené.'algo de la .térrijále. fa- 
talidad de las fuerzas naturales. Pero una dolorosa con- 
vicción se abre paso en nuestra mente; y es que el gaucho 
nativo, la raza indígena, incapaz de evolucionar, .como el 
ganado, está destinada a 'desaparecer. Y una honda me- 
lancolía se apodera de nuestro espíritu. El gaucho ver- 
dadero es incapaz de tesón, de paciente y lúcida perse- 
verancia. Las nuevas tendencias, las fecundas iniciati- 
vas, los modernos empujes de progreso, son, como decía 
más arriba, de origen extranjero. Y pensamos tristemen- 
te que la nueva raza que ha de conquistar en -el futuro 
nuestra riqueza nacional, será una raza que, como el ga- 
nado mestizado, tomará del extranjero sus mejores cua- 
lidades de trabajo, de constancia, de iniciativa, pero que 
no será nuestro gaucho nativo, aunque asiente sus raíces 
en el rico terruño de nuestra patria. ¡ 

Este solo cuento de Montiel bastaría para dar valor 
indiscutible al tomo entero, si otros cuentos, aunque no 
de tanta enjudia y completa realización, no avaloraran el 
libro hasta darle carácter de obra maestra, por la homo- 
geneidad de sUs .valores. 

Aparte " ¡Chingólo y "La Carreta", que ya hemos 



— 135 — 



i?. Z7 - I S . A L 17 ' 3f? .'. jST Z 



analizado, y que resumen la nota nostálgica, la más poé- 
tica del libro, aparte "La Cuentita" y "La China Gor- 
da" qúe le dan el matiz regocijado y picaresco de cuen- 
tos del Decameron, como "La Huésped" y "Peón do 
Confianza", que se emparentan directamente con "La 
Trampa" de Cuentos Uruguayos, otras cuerdas vibran 
en la amplia lira sentimental quo es el alma de Montiel 
Ballesteros. 

"Don González" y "El Yuyero" son dos típicos re- 
tratos do nuestros personajes camperos, tomados del na- 
tural y transplantados, vivos, a las páginas del libro. 
En ellos se revela Montiel, como, por otra parto en to- 
dos sus cuentos, psicólogo perspicaz y retratista de ta- 
lento, capaz de apoderarso del detalle revelador y centra- 
lizar en él todo un carácter. 

Así ese Don González, teniente de los blancos, que ocul- 
ta celosamente sus galones en espera de una próxima re- 
volución que nunca llega ; y al sospechar por fin, la inuti- 
lidad de aquélla, deja escapar su secreto tanto tiempo 
guardado : ' ' Junameutc ! Entonces todo es al ñudo . . . 
Hace años que la esperaba"... "Pero si es que nunca 
v'habcr nada, me han cinbromao, compadre. . ." 

O el otro, el yuyero, entre curandero y brujo, que sabe 
hacer . o deshacer un daño: que es hábil para quebrar 
torceduras o para curar un animal ábichado, y que, cuan- 
do., la ley contra el ejercicio ilegal de la medicina lo lleva 
por linos días a la cárcel, no encuentra más razonamien- 
to que éste: '.'Estos puebleros son el diablo, siempre an- 

. — 136 _ 



A TRATES DE LIBROS Y DE AUTORES 



dan ardillando pa embromar al prójimo. Dejelón a uno 
vender sus yuyos. Nosotros los criollos, con las cosas crio- 
llas'.'. 

En "La Piona" aparece otra vez ese sentido punzante 
de la mísera condición de nuestros gauchos, quo consti- 
tuye lo más humano y lo más noble de "Los toros finos... 
y el hombre". En el primero de estos dos cuentos, es 
la condición de miserable esclavitud en quo aún vive la 
mujer, por su inferioridad mental, en muchas estancias, 
lo que constituyo la medula do la narración. 

Hija tal vez del mismo patrón, que aún ejerce, como 
en el Medioevo, un inicuo derecho de pernada, y que ca- 
rece hasta del sentido moral más elemental, al permitir 
su presencia como peona cu el propio hogar del padre, 
está en la estancia, recogida como sirvienta a quien no 
se da salario alguno. Desde la mañana hasta la noche 
ha de cocinar, fregar, ordeñar, ir por agua, atar los ter- 
neros, lavar ; y por si aún aconteciera el milagro de que- 
darlo un rato disponible, ha de coser su ropa y remendar 
la ajena. 

Y cuando la juventud pone frescura en su cuerpo vir- 
gen do chinita sana, una noche en que dormía rendida 
por el trabajo diurno, ha de servir también para satis- 
facer los brutales apetitos del joven hijo del patrón, tal 
vez del patrón mismo, del que primero llegue a robar 
las primicias de su cuerpo, o a tomarlas como algo que 
por derecho lo pertenece... ¡Cuánta desolada resigna- 
ción, cuánta amargura, en el llanto silencioso do la infe- 



r.il^';. cuando la. patrona indaga, tolerante por no perder* 
'„ a. la buena trabajadora, quién es el culpable de la falta* 
''ya'/^Mé, y ella sabe ya que debe .callar I í-s-i : 'Pióna''pa* 
¡iodo ".vea bu dolorosa filosofía: 

^"'•'Hay ínás honda sugestión, más convincente argumen-.; 
tó.'de prédica en estos cuentos que pintan descamadamen^' 
te la dolorosa realidad, sin intención alguna de polémica, '* 
que en aquellos otros en que un tendencioso afán dé 
propaganda disminuye la eficacia del arte y del veris- 
mo, sin la ventaja de un incontrovertible argumento, co- 
mo en "La Máquina", o en "La Huelga". Todo lo no- 
bilísima que pueda ser la intención del autor en estos 
cuentos, ella quita ni arte mismo, una parte de su sere- 
nidad y de su pureza, al hacerlo intervenir en la can- 
dente lucha social. 

Más arriba que todo interés, en la suprema región de 
la serenidad, que es su reino, el Arte ha de quedar por 
encima de las pasiones partidarias y de las luchas de cla- 
se o de religión, si pretende conservar su fuerza íntegra. 

No es, ni puede ser nuestra intención, al decir ésto, 
juzgar do la justicia o injusticia de una causa, y por más 
que nuestras simpatías afectivas vayan siempre hacia los 
débiles y los oprimidos, el juicio sereno no puedo dejarse 
influenciar por argumentos sentimentales, en un momen- 
to en que la confusión y complejidad de las cuestiones 
que se debaten ,en el mundo entero, hace sospechar a más 
de uno, que el problema de las miserias humanas no tie- 



— 138 — 



ne una solución tan; ^.pks¡&-/^ 
tar "unos u' otros. ; " 

Más crudii iñ justicia/ más ^'áéíatÉ^^^SSl^ÉÍ^&\ 
la vida mancillada y sin dignidad /ni; M^ñid^'^^M^ 
miserable piona pa todo, o en la ignoranci^^^^ 
de Benítez de "Los toros finos.-.'. V- ; qüeVe^ÍaXtoagé$¿^ 
artificial y preparada del Prudencio dé "La'MáqumaT'.'' 
Y porque en los dos primeros cuentos/ una ifritónte^ su- 
perioridad arbitraria y cruel, somete a la condición de 
animales a los seres humanos, haciéndolos servir de ins- 
trumentos al interés o al apetito, tienen un fermento ma-. 
yor y más eficaz de humana piedad, que el frío engra- 
naje de la máquina social, triturando entre sus ruedas a 
las víctimas infelices de su funcionamiento hasta cierto 
punto, fatal. 

En los primeros, un poco de corazón, una educación 
que ilumine siquiera sea débilmente las obscuras profun- 
didades de las conciencias dormidas de unos, y de la 
criminal inconsciencia de los otros, pudieran remediar 
en algo, los males de nuestra inculta población rural; y 
al tiempo que eleve a condición humana las míseras bes- 
tias de trabajo y de lujuria, rebaje hasta la justicia y la 
piedad la concepción todavía feudal de muchos dueños 
de estancia. . . 

Más difícil es el remedio a los problemas sociales de 
clase. Siglos hace ya que la humanidad busca el medio.-, 
de poner fin a la explotación del hombre por el hombre, 
a la redención de los sufrimientos injustos y de los do- 

— 139 — 



lores y los miserias humanas. Desde Jesús hasta Marx, 
desde Budha hasta Lenin, pasando por Jaurés y Bar- 
bosse, fuera do las concepciones teóricas, el resultado de 
una nueva organización total de la sociedad no ha dado 
resultado ; pues una véz solucionado parcialmente un pro- 
blema, surge una inesperada y mayor complicación 
social . 

Se dirá que el problema de nuestra campaña no es 
sino una parte del otro más complejo que presenta Mon- 
tiel en "La Huelga", o en "La Máquina". Hay, a nues- 
tro modo de ver, una diferencia fundamental: al paso 
que el primero alcaliza casi toda su solución por la edu- 
cación de la campaña, aquella no ha dado resultado apie- 
ciablc cu el segando caso. La cuestión del capitalismo no 
puede solucionarse por una mayor educación de los pue- 
blos, aunque algo influya, indudablemente cu el proble- 
ma, como factor que a él se agrega; al paso que es casi 
por entero, cuestión de educación el elevar a la catego- 
ría de seres humanos, a los infelices que no tienen si- 
quiera conciencia de sí . mismos. 



Menos trascendental, en apariencia por lo menos, es 
el problema sociológico que plantea, con la escueta expo- 
sición de los hechos, el autor de "Los sin patria". Es 
la historia de todos los inmigrantes enriquecidos de nues- 
tras tierras do América: la historia del italiano, francés 



'A ' "TRAVES DE LIBROS 7 DE AUTORES 



ó español que deja su vieja patria, vuelta para él inhós- 
pita, y al buscar refugio más propicio, en las promiso- 
ras campiñas del nuevo mundo aún llenas de las doradas 
leyendas de antaño, les traen el fecundo riego de su su- 
dor laborioso, y transforman en áurea realidad, por el 
esfuerzo maravilloso de sus brazos, las legendarias pro- 
mesas de Cipango y del Catay. . . 

Es apenas un gallcguito adolescente, el peón que toma 
Don Manuel Kodríguez, dueño de "El Mundo", un boli- 
che perdido en los rincones que forman loá departamen- 
tos de Salto y de Tacuarembó, a fin de que atienda el 
negocio, casi completamente abandonado por su dueño, 
para entregarse al más lucrativo y más entretenido de los 
lechuzones, es decir, del contrabando. 

El empleado trabajador, diligcute, con innatas dispo- 
siciones para el comercio, pone un poco de orden en ese 
maremagnuin que el "El Mundo"; visita las estancias 
vecinas en busca de clientes; hace viajes frecuentes al 
pueblo en procura de mercaderías con que surtir el al- 
macén completamente desprovisto ; y poco a poco, con su 
laboriosidad, con su perseverancia, con el ahincado tesón 
de su raza paciente e incansable, logra sacar adelante el 
negocio en una dorada prosperidad. Entretanto, don 
Manequiño se dedica apasionadamente a sus aventuras 
del contrabando, hasta que una noche, en una de ellas, 
cae herido por el plomo de la autoridad. 

Mal atendido de su herida leve — el médico tarda dos 
días en venir — don Manequiño, ya consumido por el., 



— 141 — 



'alcohol, llain'a cerca de 6Í a su dependiente fiel ^' tra-:' 
bajador, y -antes de extinguirse para siempre, asegura;'.] 
con él matrimonio de su hija y el español, el. porvenir 
de~ éste ; y la prosperidad de su empleado. 

He . aquí, pues, ál galleguito. convertido en Don Her- 
niida,- dueño del almacén de "El Mundo" y casado con 
ia hija de su patrón. Ensancha con su laboriosidad él 
comercio y a medida que pasan los años, crecen sus dos 
hijos y van a Montevideo a estudiar, vive recóndita en 
el alma del inmigrante, la nostalgia de su tierra nativa 
y el deseo creciente de volver a ella. Su hija se casa ; su 
hijo ha terminado sus estudios. Ambos habitan en la 
capital. 

T cuando, rico, convence por fin a su compañera de 
que lo acompañe en su regreso a la patria, fallece aqué- 
lla de una antigua dolencia. Solo por completo, en el 
otoño de su vida y disfrutando del fruto de cuarenta 
años de incansable -labor, una madrugada retorna a sus 
lugares nativos en busca do una ilusión que el regreso 
ha de tronchar defintivamente. 

He aquí por fin su aldea natal, do donde partiera un 
día con el solo caudal de sus brazos. Nada ha cambiado. 
Encuentra aún algunos compatriotas que lo conocieron 
de niño y que hoy son ancianos. Generoso y opulento, 
es fácil presa de las ambiciones. El da; da para la igle- 
sia, para la carretera, para la escuela, para los pobres . . . 
Y cuando, al cabo de seis meses de vivir en su pueblo 
tanto tiempo añorado, no puede dudar ya de la nueva 



— 142 — 



IA; S TBAXEa^E^LlBEOai >Y~Ml)E"< 'AUTORES 
; ". ? V < - V^ff /i y ''í'^ ' 
verdad de las cosas, se vió solo; extranjero en "su pueblo 
¡cuánto más 'éxtránjefo ien eFpuebio 'que^e 1 había visto 
nacer, que en aquella otra tterrá^;h^ 
te cuarenta años, vió día tras, día jel.íesón incansable, de.: 
su labor I . ■'. Solo y extranjero entre quienes , vieron en él 
solamente al indiano y trateron^dej.sacar.provepho .de. sv( v 
riqueza y explotaron su buen corazón; soló ; en medio de 
la frialdad de los intereses y la mezquindad de los egoís- 
mos. Hasta que un día, no pudiendo ya resistir unos y 
otros, en su aislamiento sin calor de afectos de su propia 
patria perdida ya para él definitivamente, volvió en bus- 
ca de aquellos, a la patria adoptiva, en donde los indie- 
citos lo saludaban con el eterno "Cómo teim pasado?. . . " 
y donde encontrará de nuevo el afecto y el reconocimien- 
to de sus nuevos compatriotas. 

Era domingo cuando, después de haber saludado a sus 
Lijos en Montevideo, cu donde no quiso quedarse, llegó 
al viejo almacén de "El Mundo". No fué poca la sor- 
presa del gerente y de los empleados al verle llegar. Y 
como la enramada estaba llena de caballos enjaezados, 
y la clientela era numerosa y bullanguera, no pasó inad- 
vertida la presencia del antiguo patrón. Un impulso de 
colectivo entusiasmo estalló de pronto: "Viva Don Her- 
mida. . . " 

"El hombre no pudo contestarles nada, con el pecho 
oprimido, los ojos llenos de lágrimas".. 

Decía que plantea un problema sociológico, en la es- 
cueta narración de los hechos, este cuento sentido y tier- 



— 143 — 



mw8iüm>r-wsm : A í . v l u i ' s i 

!noj?de"óciüta' trascendencia. ¿ No son acaso, en efecto, es- 
;.t^*(a^^éros ' : qué ; 'traen"a nuestras nuevas comarcas 
.lajriqueza fecunda de su labor, los fundadores reales 
:de'nuestras' patrias, los Humildes y tesoneros artífices de 
nuestras sociedades del futuro, en las que el desolado 
panorama de una Europa vencida por su propios erro- 
res ha de rejuvenecerse en amplios cuadros do libertad 
y de progreso? i No son, acaso, nuestros, ya que nos per- 
tenecen por el período más eficaz y constructivo de sus 
vidas, esos extranjeros que aportan a nuestros países 
nuevos el vigor de sus brazos, el amor a la tarea, el fe- 
cundo deseo do riqueza que convierte nuestras estériles 
campañas cu verdes campos de labor, y hace surgir las 
fábricas y los comercios en los más apartados rincones 
de nuestra tierra? 

' t Mucho les debe América, y mucho tiene aún que espe- 
rar de ellos. Y sin embargo, son los eternos desarraiga- 
os, ios sin patria: extranjeros, por su vida, en la tierra 
dé -prigen. Penosa situación, que no han resuelto toda- 
vía, los pueblos americanos, ni los pueblos europeos. 

Preocupación de estadistas y políticos de largas vistas 
7. k? n< * os P ensan "entos ha sido siempre el remediar en 
algo, .ésta situación anormal del extranjero, buscar el 
moapji'de incorporarlo definitivamente a nuestras socie- 
3adés.'con ^1 halago de la ciudadanía que lo haga miem- 
bro ~. activo de la vida política de ella, conservándoles 
sin ^.embargo, el lazo de unión con sus patrias de ori- 

144 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



gen, a fin de mantener viva en sus almos la reconforta 
dora ilusión, del retorno, sin la cual se quebrarían en la 
soledad y la ausencia, las voluntades maravillosas qa» 
levantan el edificio de su prosperidad y de la nuestra 
al calor de esa dulce y tenaz esperanza. 

Pero nada pueden hacer, aisladamente, los gobiernos 
americanos, por bien intencionados que ellos sean, si ur¡2 
reciprocidad do tratados europeos no contribuye a ttí 
acuerdo necesario para definir por completo la situacífc 
política del extranjero en nuestras sociedades nuevía. 

Y el problema surge ahora con más definidos caraefe- 
res, por cuanto, al cambiar la situación económica de Iíb 
países europeos, como consecuencia de la grande guerr», 
ya no pueden aquellos mirar con la indiferencia que '.ri- 
tes, la emigración de los brazos encargados de rececs- 
truirlos. A esto se debe que la Argentina y el Urugusr, 
naciones poderosas de inmigración, encaren con nueras 
teorías internacionales la solución más urgente del pos- 
blcma, como lo prueban, entre otros, los trabajos y ns- 
ditadas conferencias del Dr. Juan Carlos Garay en aq*£- 
lia, y los nuevos proyectos de ley del Sr. José Batí*: 
y Ordóñcz, en esta. 

Porque no hay como convertirse en sincero y fiel 
servador de la realidad que nos rodea, como lo h¿¿¿ 
Monticl «Ballesteros, para que esa realidad ños aports 
en su seno fecundo todos los magnos problemas, to&i 
las trascendentes cuestiones de orden /moral y Boeád. 



— 145 — 



^ > K- r ' -->.■-■ - 

Por eso - tienen -tan' humano fermento, tán hondo 'cónte^ 
nido social -los cuentos todos de Montiel Ballesteros -fy^ 
por que ellos son una imagen verdadera de la vida; :! rás§ 
treariiós en ellos, todas las fecundas 'sugerencias de " : *-Ía* 
Vida. ¿Cabe, acaso, un elogio' mayor? 



Montevideo, 1923. 



VICENTE A. SALAVERRI 



Vicente A. Salaverri acaba de publicar un nuevo libro: 
Cuentos del Río de la Plata, en el que manifiesta una 
nueva modalidad de su espíritu polifacetado. Si de alguno 
de nuestros escritores puede decirse, sin temor de equi- 
vocarse, que no es unilateral ni monótono, es sin duda 
alguna, de Vicente A. Salaverri. Ensayo, polémica, no- 
vela rural, cuentos metropolitanos, artículos de costum- 
bres, en todo acierta el talentoso escritor. Y no sola- 
mente como escritor es Salaverri multiforme y complejo. 
Su personalidad característica presenta múltiples aspee- 
tos, entre los cuales acaso no sea únicamente el de es- 



LUISA L ü I S I 



critor el más interesante: por más que su vocación lite- 
raria haya hecho de él, en plena juventud, un autor ya 
consagrado, cuya obra fecunda y vasta alcanzaría para 
llenar toda una vida. 
Sorprende ante todo en Salavcrri una actividad asom- 
'•"brosa, que contrasta- con la especie de inercia que ador- 
mece a nuestro ambiente. En nuestro país, on el que los 
autores consagrados, dan apenas a la imprenta un volu- 
men cada tres o cuatro años, Salaverri publica hasta 
dos en un mismo año; y aun así le queda tiempo para 
otras muchas fecundas actividades del espíritu. Perio- 
dista infatigable, corresponsal literario de revistas y 
diarios de Buenos Aires; y con todo esto aún el objeto 
total de su vida no está Heno: acaba de demostrarse 
ganadero inteligente y activo ou Treinta y Tres; estu- 
dia concienzudamente cuantos problemas importantes se 
refieren a esta clase de tareas; y amorosamente dirige 
él mismo la educación de sus hijitos. Convengamos en 
que, entre nosotros, pocos son los escritores que puedan 
enorgullecerse de una vida tan llena de nobles y fecun- 
das actividades. 

Pero es Salaverri, además, amigo generoso, siempre 
dispuesto a tender su mano a los colegas. Su pluma pe- 
riodística en más de una ocasión ha contribuido a for- 
mar reputaciones y a revelar talentos ignorados, sin ba- 
jas envidias ni viles adulaciones ; y por más que haya 
recibido ya el bautismo negro de las ingratitudes, es do 
los pocos llegados que ayudan al que se inicia, sin temor 



— 118 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



de que el recién venido pueda un día darle sombra, co- 
mo sucede, desgraciadamente, con tantos escritores cuya 
alma no está a la altura de su talento. Es por esta causa 
que Salaverri es entre nosotros el escritor que tal vez 
cuente con mayor número de amigos sinceros... y tam- 
bién de enemigos : prueba más de su valía. 

Con los Cuentos del Río de la Plata se presenta Sa- 
laverri como excelente cultivador del género, forma lite- 
raria acaso la más difícil de todas por el poder de sín- 
tesis que implica. 

Pocos son entre nosotros los autores que cultivan el 
cuento, acaso por esta misma dificultad que encierra. 
Aparte Javier de Via na, cuya maestría es insuperable 
en el cuento campero; aparte Otto Miguel Cionc que 
acierta lo mismo en el cuento exótico que en el rural 
o en el ciudadano; aparte también Medina Betancour 
que sólo nos dió una muestra de esta clase do talento 
en sus Cuentos al Corazón, vivo trozo sangrante de la 
urbe, sólo recuerdo en este momento a Montiel Balles- 
teros que acaba de triunfar con sus Cuentos Uruguayos, 
acaso más que como poeta y al que le está reservado un 
brillante porvenir en este género ; y a José Pedro Bcllán, 
el hondo autor de Dios te Salve, que ha realizado la di- 
fícil tarca de dar un tomo de cuentos infantiles, todos 
interesantes y todos al alcance de los niños. 

Y no cuento en este grupo a Horacio Quiroga, expre- 
samente; a pesar de ser el maestro consumado en este 
género, por la variedad de asuntos elegidos, por la pin- 



tura - magistral del ' ambiente, • por ' la "honda ' p1k'cpjo|ía 
de sus personajes y el realismo viviente de su 'obr§:p|r¿ 
que aunque uruguayo de nacimiento,' habiéndose Rejado ¿ 
muy ¡joven de su patria, su ''literatura se " desenvuel^ 
3n medios^ajenos al nuestro; y ningún lazo lo une;.ya'Ta| 
luestras 'letras. Y como Salaverri, a pesar de su 'ni^ci^ 
•niento, es un autor uruguayo, Quiroga, uruguayo de jKa£ ; 
Amiento, no lo es ya literariamente, como no lo fué tam- 
poco Isidoro Ducasse, ese Conde de Lautréaumont, qué 
ma novísima escuela literaria se empeña en reconocer", 
•orno su precursor; como no fué Heredia un escritor 
•ubano a pesar de su nacimiento. Que no basta esta sola 
•ircunstancia'para determinar la nacionalidad literaria 
le un escritor. 
Pero volvamos a Salaverri y a sus Cuentos del Río de 
i Plata. Decía que pocos son entre nosotros los autores 
ue cultivan el cuento literario. Mucho más numeroso 
i el grupo de nuestros novelistas, en el que Carlos Rey- 
.s, Acevedo Díaz, Magariños Solsona, Magariños Borja, 
íscuellan con opiactcrcs inconfundibles, y entre los cua- 
■s el mismo Salaverri y Cione ocupan también puesto 
aportante. El corazón de María y Este era un país. . . 
m la valiosa contribución del primero a este género 
terario, de las cuales Este era un país. . . es indiscuti- 
emente superior. 

Salaverri viene, pues, con su nueva obra, a engrosar 
s filas algo escasas de los cuentistas uruguayos, y se 
•loca ya en lugar destacado. Al revés de sus dos no- 



— 150 — 



J¿Íjg$^ v. AUTORES^ 

velas que transcurren ambas en .escampo, los cuentos de . 
Salaverri tienen todos un ; ambiente común, -rjel ; de .ciudad, 
, salvo,- solamente .''La í visita - del ; ^ 
en uña estancia. •- • '■; • .«i'^rJ, -yi;/- 

Fuera de esta circunstancia común, éñ nada ise pare-, 
cen unos cuentos a otros. En muchos, sin embargo, apa- 
rece un recurso muy caro a Salaverri f el indispensable 
viaje a Europa, común también a sus dos novelas El co- 
razón de María y Este era un país. . - 

El autor tiene una marcada predilección, muy expli- 
cable por cierto, por los artistas; puesto que, artista él 
también, conoce perfectamente sus modalidades. Escul- 
tor, pintor o literato, su héroe es siempre el alma ena- . 
morada de su arte que lucha con el medio deletéreo de 
una sociedad frivola e incomprensiva que ahoga sus im- 
pulsos mas nobles y más íntimos. Pero hay también, al 
lado de éstos, personajes de gran relieve, ajenos al me- 
dio artístico. 

En "La Huelga", por ejemplo, tal vez el más hondo 
de todos los cuentos, por la trágica realidad del asunto 
presentado, por el doloroso conflicto casi insoluole y tan 
humano, entre los intereses colectivos del gremio y los 
intereses particulares de la familia, el alma de Juan La- 
nús y el alma de Raquel Cardoso viven con una vida 
intensa y propia. 

En "El hombre que quiso redimir'' aparece la misma 
fatalidad trágica del destino, el Ananké terrible que 
transforma en dolor y en amargura los más nobles y 



— 151 — 



L . V I S ~ A- L V I S I 



generosos impulso de la criatura humana. También en 
este cuento, uno de los más bellos, están admirablemente 
pintados los caracteres. Salaverri tiene un notable po- 
der de síntesis, que sorprende por la justeza de las si- 
tuaciones definidas con dos o tres palabras. Nuestro 
-autor no es de los que se pierden en inútiles disquisicio- 
nes. Antes bien, a veces desearíamos un desarrollo algo 
más extenso de ciertos procesos psicológicos que quedan 
escuetamente indicados. 

He aquí, en esto cuento, una madre amantísima, un 
hijo bueno y desinteresado y una víctima infeliz de la 
sociedad y de los hombres que la arrojaron, honesta c 
indefensa, a los lodazales de la prostitución. Tres seres 
buenos, generosos, honrados, cada uno dentro de sus 
ideas y sus conceptos del bien y la virtud; tres seros 
impulsados por sentimientos de abnegación y de altruis- 
mo: el hijo que intenta salvar a la muchacha buena, re- 
dimiéndola de su calvario por el matrimonio; la madre 
que intenta salvar a su hijo de lo que ella considera su 
perdición; y la joven que comprende el dolor de la ma- 
dre y presiente para el hombre que adora consecuencias 
funestas de su generosidad, y que vuelve a su calvario 
para evitarle desgracias y humillaciones ; la implacable 
venganza con que la sociedad condena al que intenta 
romper sus moldes viejos de virtud. Ante el abandono 
de su novia, Roque Barroeta se pega uu tiro. Salaverri 
no dice nada más. Pero el drama, como en muchas pie- 
zas de teatro, como en muchas novelas, empieza cuando 



152 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



el autor lo da por terminado. El drama está en el dolor 
de la madre que agradecía al Altísimo por haber enter- 
necido el pecho de una pecadora y que siente pesar so- 
bre sí misma la muerte de su hijo y el calvario de la 
esclava : el drama está en el terrible sacrificio de Luisa, 
consumado inútilmente ; en el irreparable dolor que para, 
estos tres seres ha nacido de la casualidad de su en- 
cuentro y la generosidad de sus corazones. 

Otro cuento interesante, esta vez por la fineza y la 
sutilidad de su observación y hasta por su vaga ironía, 
es "El hombre que nació optimista", que tiene toda la 
sal de un cuento de Anatole Franco. La bonhomie, la- 
bondad inalterable, la superior serenidad de Don Tibur- 
cio Gorja, y hasta su desgracia conyugal, nos recuerdan 
más de una vez al finísimo, ático filósofo que retrata en 
muchas circunstancias, bajo la figura insignificante de 
M. Bcrgcret, a su padre espiritual. t 

Pero hay en este libro de Salaverri un sentimiento- 
que aparece en más de una ocasióu con caracteres de 
verdadera originalidad. Y es el sentimiento de la pa- 
ternidad llevado en "Almas sin cuerpo y cuerpos sin 
alma" hasta la pasión artística. 

Én efecto, Koger, el protagonista de este cuento, su- 
bordina su vida, su matrimonio y aun a su esposa misma 
al hijo que ha de venir; el que, aun antes de tener si- 
quiera novia, descuenta con toda certeza que debe ser 
vjarón. Con estas ideas Roger no se casa por amor, ni 
siquiera por conveniencia: menos aún por interés. Como- 



— 153 — 



" ' í '\'. , „ , 

qtíícn selecciona la raza, a semejanza de los •griégbsrqi3e 4 í 
^¿^isíderaban el casamiento desde el punto de ^sta^eíj 
Harás, Boger no elige la mujer más buena, ni la%ás H ?n|r 
t^lígente, ni aun aquella que pueda tener más afiniá^dl 
<J on «a carácter y con sus ideas, descartada de antema¿o^ 
la cuestión interés," puesto que 61 es lo suficientemente^ 
TÍco pa ra hacerlo. Fríamente, deliberadamente, y sieri?^ 
pre en vista del hijo que ha de nacer, busca en la esposa '> 
la arcilla manipulahle para su futura obra maestral No"- 
j r/ ,p 0 rta que Carolina Mendoza sea una criatura frivola,-: 
poco inteligente, pagada de su hermosura, con la cons- , 
ianU avidez de figurar. No importa que haya entre los.: 
caracteres ele ambos un antagonismo profundo. Para 
«cr la madre de su hijo le basta a Roger que sea alta, 
garbosa, rítmica, el rostro muy sereno, un poco 1 frío, 
como todo lo perfecto; los ojos grandes, pardos, almen- 
drados; la boca fresca y encendida como un clavel gadi- 
tano : puesto que las leyes de la herencia, que 61 arre- 
gla a ku capricho, han de dar al hijo toda la hermosura 
cío la madre y todo el talento del padre. 

j»cro aparte el papel insignificante, diríamos pasivo 
quo Boger atribuye a su esposa al considerarla única- 
mente como materia prima, este afán de paternidad es 
muy noble, muy elevado; y tiene razón Salavcrri al con- 
cretar en los hijos la obra de perfección de toda vida 
humana. 

I»cro el acierto psicológico de Salaverri está en el 
rjontraste que presenta este sentimiento en el hombre y 



¿^TRAVES DE ¿LIBROS^-Y, >DÉ*í : AUTÓÍtÉS^ 

en la mujer/ Cuando' : la 'fataUdad ¿abarata todos , los 
planes de Roger, y a pesar de .á^prccáucionw;al;elé^r . 
esposa, sólo obtiene un mónsWóV.por ■ 'Úio\ él escultor, 
defraudado en todos sus cálculos, engañado en todas sus 
esperanzas,' sólo acierta en su cruel "desengaño a supri- : 
-mir al hijo, en tanto que la madre, madre a pesar de su 
inteligencia limitada, de su carácter inferior, estalla en 
,1a cólera y el dolor de la leona a quien le roban sus 
cachorros; y arrancando el cuerpo del jorobadito de las 
manos criminales del padre, exclama desesperada: "Era 
mi hijo!... Era mi hijo!..." 

Porque la paternidad del escultor es un sentimiento 
más artístico que humano. El hombre no experimenta en 
la generalidad de los casos este sentimiento, hasta que 
la criatura empieza a dar manifestaciones de inteligen- 
cia. Ante el paquete de cintas y puntillas que sólo $abe 
llorar y mamar, el hombre se siente extraño, indife- 
rente, como si no se tratara de un ser humano ; en tanto 
que la madre, por el hecho de haberlo llevado en su se- 
no, de haberlo formado con su sangre y con su vida, 
aun antes de que haya nacido, se siente realmente madre. 

La mujer nace madre : el hombre se hace padre, y en 
esta diferencia radical de psicología estriba muchas ve- 
•ces el antagonismo de los sexos. 

He ahí un tema que, mejor desarrollado, daría mate- 
rial para una honda novela psicológica. Salaverri de- 
bería escribirla, ya que su originalidad puede tentarlo, 



r- 155 



L V I 8 A. ' I' '«L ' V I ' 8 I 



■ pues hasta ahora pocos autores han intentado describir 
estos sentimientos. 

"La envidia del niño ciego" es otro caso perfecta- 
mente estudiado de psicología, esta vez infantil. El alma 
de los niños es aún para nosotros un misterio. Ellos 
.guardan en lo más recóndito, impresiones que no saben 
o no pueden traducir a nuestro espíritu, del que los se- 
para toda la distancia de los años recorridos: impre- 
siones nacidas muchas veces de nuestras palabras y de 
nuestros actos, cuyas consecuencias no nos hemos dete- 
nido nunca a calcular y que se agigantan en el alma 
de las criaturas, como se agigantan en la sombra pro- 
yectada sobre un muro los gestos insignificantes do la 
mano; impresiones que duermen en lo hondo de sus con- 
ciencias para despertar un día en actos o reflexiones 
que nos sorprenden y nos desconciertan; o viven una 
vida misteriosa y profunda, claras y definidas, sin tra- 
ducirse, sin embargo, al exterior; pero no menos activas 
ni menos vividas por eso. Con demasiada inconsciencia 
y demasiada despreocupación tratamos diariamente a 
esos pequeños testigos y pequeños jueces de nuestros 
menores actos, cuya atención despierta está siempre fija 
sobre sus mayores para copiar sus gestos y sufrir por 
sus actitudes. 

No nos hemos detenido aún a espiar, para desentra- 
ñarlo, el misterio de su personalidad; y esta falta de 
importancia que les atribuímos es la causa do tantos ca- 
racteres malogradas y de tantas vidas fracasadas. 



— 156 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



El alma de los niños es hoy todavía, para nosotros, 
que hemos descifrado ya muchos problemas psicológicos, 
el problema más complicado, más grave y más trascen- 
dente al mismo tiempo. Nadie ha dicho aún con aná- 
lisis bastante clarividente, el pudor salvaje de las almas 
infantiles que so repliegan sobre sí mismas en un orgu- 
llo doloroso, nacido de una sensibilidad agudizada. Gra- 
ve responsabilidad es la educación de las criaturas, que, 
en el mejor de los casos, realizamos un poco a ciegas y 
otro poco a tientas. 

Y este misterio de las almas infantiles es aún más 
trágico en los pequeños ciegos : las únicas ventanas de 
cuyas almas han quedado cerradas para siempre. Y el 
drama que se desenvuelve detrás de sus párpados vela- 
dos nos deja por esto en una ignorancia aún más com- 
pleja. "La venganza del niño ciego" es un cuento que 
obliga a reflexionar hondamente, y en el cual está per- 
fectamente representado el ambiente de la escuela, no 
del todo exenta todavía de preocupaciones y frivolidades 
mundanas. 

Otro hondo, humano estudio psicológico, es "La ven- 
ganza". He ahí una mujer honrada, seria, incapaz de 
una imprudencia, que se ve un día entregada, con la 
complicidad de las circunstancias, tal vez preparadas 
voluntariamente, aunque esto no lo diga claramente el 
autor, a la cobardía y el apetito do un hombre, que, no 
por haber sido su novio y haber pensado seriamente en 
hacerla su esposa, su compañera de toda la vida y madre 



— 157 — 



L V ISA LUIS L 



de bus hijos, sabe deponer sus instintos bestiales, y la. 
transforma en una querida que abandona luego para 
realizar un matrimonio ventajoso. 

SaJaverri toca en este cuento otro grave problema so^ 
ciológico. Ante estas narraciones, surgidas de la pluma 
de un hombre, como ante los hechos que la realidad pone 
a veces ante nuestra vista, nos preguntamos dolorosa- 
mente sorprendidos y tristemente desilusionados, qu6 
clase de animal es el hombre, y si tiene realmente sen- 
tido moral. 

El autor lo comprende también así, y esa solidaridad, 
del sexo que ciega a tantos, no le impide a él reconocer 
toda la bajeza que encierran ciertas almas masculinas. 
Hay en este y en otros libros de Salaverri figuras como 
esta de Urcola que horrorizan moralmcntc, tanto más 
cuanto que se las sabe copiadas fielmente de. la realidad. 

Porque hay una monstruosa deformidad en la moral 
de ciertos hombres; deformidad que aparece a veces aun 
en los mejores cuando de este tópico se traía. Y la mu- 
jer no comprende, ni llegará a comprender nunca, cómo 
el hombre puede sustentar el amor sobre esc sentimien- 
to de menospreció que le. hace mirar a la mujer tan sólo 
como un instrumento de placer, que lo mismo la entre- 
ga a la infamia y a Ja miseria una ve/, que ha cumplido 
su objeto, como le confía luego en el papel de esposa, 
la vida, los intereses, las aspiraciones más caras y aún 
el porvenir de los hijos. Pedro Urcola es el tipo perfecto 
del canalla infame, a quien la sociedad tolera bcnévola- 



— 158 — 



A MAYES JJJi Linn08 Y DB AUTORES 



mentó, con una sonrisa para sus infamias, más merecedo- 
doras (|iic el crimen, de las mazmorras de la cárcel. Poco 
vale para ciertos hombres la vida y el alma de una mu- 
jer, tan superiores, como en este caso, a sus viles y de- 
gradadas conciencias. El alma de liafacla se manifiesta 
con toda su grandeza y todo su heroísmo en cada acto 
de sn vida de mártir, y culmina con trágica generosidad 
al final del cuento, cuando loca de dolor y de desespe- 
ración, viendo ante ella dos únicos caminos abiertos: 
la mancebía y Ja cárcel, elige la cárcel pava satisfacer 
antes su venganza en el hijo pequeño, víctima inocente 
del crimen de su padre. Pero sobre el umbral del apo- 
sento, en el momento de cumplir su venganza., la ino- 
cencia de la criatura que va a sacrificar trueca en ansia 
materna la sugestión del crimen, y Rafaela deja caer 
inctacto el frasco de vitriolo, para estrechar sobre su 
seno al hijo de su verdugo. 

Mucho falta aún; muchas generaciones han de ser 
educadas diversamente, niños y niñas, para que la mujer 
ocupe su lugar de ser consciente y respetado al lado 
de su compañero natural; y esta educación que ya han 
emprendido muchos cerebros comprensivos (¿acaso no 
son estos misinos cuentos, aporte significativo a esta obra 
de redención humana?); educación del niño lo mismo 
que de la mujer, que en otra obra nacional de valiente 
acusador a nuestro medio, Jai familia Gutiérrez apare- 
ce con todas sus deficiencias y todos sus peligros, ha de 
dar al fin a unos la conciencia de sus deberes, rectifican- 



— 159 — 



L Ü I S A L ü I S I 



do el falso concepto de su impunidad, y a las otras una 
conciencia más clara do su propia dignidad realzada por 
el. trabajo, al rango de personalidad completa. 

Salaverri ha escrito también admirablemente, aun- 
que dejando siempre amplio margen a la imaginación 
.-del lector, el sufrimiento de la mujer consciente, esta 
vez en otra esfera social, frente al materialismo do los 
hombres. "La sumbra del laurel" es uno de los cuen- 
tos en que mejor acierta su autor en la psicología fe- 
menina. 

Paulina líoea es una belleza de salón, una profesional 
bcuuty; que tiene solo por misión lucir su belleza en 
todas las fiestas y efectuar un casamiento rico para ase- 
gurar con el la tranquilidad financiera <le. sus padres 
en la vejez; de sus padres (pie sólo ven en ella la her- 
mosura coliziibfo en la venta disfrazada de un contrato 
matrimonial. Pero Paulina, diferente en esto de muchas 
profesionales beaulies que sólo existen para su belleza, 
para la satisfacción de su vanidad, para el homenaje 
casi siempre impuro de sus adoradores, para el mezqui- 
no triunfo de humillar a sus amigas y rivales,- Paulina 
lloca tiene un alma, un alma delicada, suave, cneanta- 
<Joramente espiritual. Y esta alma es lo que sus admi- 
radores no ven, cegados por la belleza material de su 
cuerpo. Y esta alma es lo que Paulina se empeña en 
mostrar para que la quieran de un modo espiritual. Es 
una persona y no una hermosa besliezucla; y como per- 
sona aspira a que se la tenga en cuenta. Cuando Paulina 



— 160 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



conversa con sus admiradores, deja libre rienda a sus 
ensueños, dice sus aspiraciones, habla con entusiasmo 
de sus ideales, pero en el momento en que cree estar 
realmente en comunión espiritual con uno de ellos, sor- 
prende su mirada brillante fija en sú cuello, o en la bo- 
ca, o en su descole de soirée y advierte que no la han 
escuchado, que no la han oído siquiera, absortos en la 
contemplación material de sus prendas físicas. 

Y Paulina se repliega, hosca, sobre sí misma, con unos 
deseos hondos y criminales de abofetear a sus cortejan- 
tes, de arrancarles esos ojos (pie la ofenden en su pu- 
dor, íjuc la insultan con la brutalidad de su cínico ho- 
menaje; o bien en su laxitud desesperada, ansia al des- 
pertar y mirarse al espejo unas viruelas o unas her- 
pes (pie desfiguren su rostro demasiado bello, a fin do 
que su belleza no oculte por más tiempo el alma que 
sufre ignorada tras de ella. 

¡ Absurda pretcnsión ! . . . Para muchos hombres toda- 
vía la mujer es un ser a quien se le discute como en el 
célebre concilio la existencia de un alma; y más aún 
si la mujer es hermosa. En este caso sólo debe vivir 
para y por su belleza. 

Herida, lastimada por la brutalidad inconsciente de 
sus adoradores, de los cuales sus padres sólo tienen, 
en cuenta la posición económica, con prescindencia com- 
pleta de las condiciones morales que solas pueden ci- 
mentar la felicidad de su hija, Paulina Boca llama a 
su primo Jorge, alejado por la familia como un serio 



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h U I S A L V i a i 



peligro a cansa de su pobreza, pero en el cual cree ella 
encontrar esas prendas de inteligencia y de carácter 
que busca en vano en sus demás pretendientes. Y al 
constatar también en él el mismo deseo puramente ma- 
terial, que en nada se detiene con tal de verse satisfe- 
cho, ni aún cu el casamiento de la mujer amada cou un 
extraño, estalla indignada: "Poeta, tú? Eres tan mi- 
serable como los otros!..." Y al día siguiente, ante 
la consternación desesperada de sus indignos padres, su 
cuerpo escultural aparece colgado en la rama más fir- 
me de un copudo laurel de su jardín. La belleza no pu- 
do soportar el peso mortal de su hermosura, mortaja 
esplendida do su alma, mucho más hermosa todavía. 

"La mártir", "El destino", "La novia blanca", son 
también cuentos de gran valor psicológico y literario. 
La figura de Clota, en el primero de ellos, es una ver- 
dadera joya. Alma esencialmente buena, a pesar de los 
celos perfectamente explicables, a pesar de toda la re- 
beldía de su pasión que la impulsa a gritar a la des- 
graciada que en nombre de la hermana moribunda, in- 
feliz abandonada que pide ver a su ex amante antes de 
morir, viene a buscar a su novio a su propia casa de 
novia pura c inmaculada*. "Xo, no va; es mío, mío...!" 
puede más que su amor, más que su dignidad ofendida, 
la ingénita mansedumbre de su alma, la generosidad es- 
pontánea de su corazón; y alcanza al novio su sombre- 
ro para que llegue más pronto, antes que la muerte, 



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A TRAVES DE LIBROS 7 DE AUTORES 



a llevar un poco de paz y de consuelo a la desgraciada 
agonizante. 

Oíros muchos cuentos reúnen también preciosas ob- 
servaciones psicológicas; y sobre todo, un gran poder 
de sugestión, que obliga al lector a una actitud algo 
más que pasiva frente al cuadro que se va desarrollan- 
do ante sus ojos; pero le exige una estrecha colabora- 
ción con el autor, al hacerlo completar y desarrollar 
los procesos quo ha querido solamente sugerir. El lec- 
tor va escribiendo los temas en su imaginación al mis- 
mo tiempo que el escritor y esta colaboración exigida 
es acaso uno de los encantos mayores de los cuentos de 
Salaverrí. 

No todos, sin embargo, tienen el mismo valor litera- 
rio. "La Mascota", "La incógnita", "El senador son- 
ríe'', nos recuerdan anécdotas ya conocidas, lo que no 
les resta por eso, sin embargo, valor propio; ya que 
tanto o más que el asunto vale el modo de desarrollarlo 
y lo que de su propia personalidad pone en él el escritor. 

"El muy romántico caballero", en cambio, es para 
mí el trozo más literario, más castizo, de puro entron- 
que castellano. Es una filigrana que podría perfecta- 
mente figurar en una antología al lado de cualquier 
trozo clásico, por el carácter de su protagonista y por 
la fuerza de su lengua. El estilo de Salaverri conciso a 
veces hasta la telegrafía y que nos sugiere en más de 
una ocasión la imagen de comprimidos ideológicos, se 
suaviza aquí en períodos más redondos, se vuelve fluí- 



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LUISA L ü I S I 



do, casi musical, con tonos y matices de mayor suavidad 
castiza. El alma misma del romántico caballero trasun- 
ta al lenguaje con dulzuras rítmicas muy españolas. 

Y antes de terminar, notemos una particularidad de 
Salaverri. Todas o casi todas sus figuras femeninas se 
caracterizan por un hondo espíritu de sacrificio y do 
abnegación. Salaverri manifiesta en ellas un verdadero 
culto a la mujer, no sólo en sus Cuentos del Jilo de la 
Plata, siuo también en sus novelas El corazón de María 
y Este era un país. . . 

Alguna que otra rompe esta regla casi general, aca- 
so para confirmarla con la excepción: tal esa Cíala Albín 
que abandona al li ¡jo moribundo para asistir a un bai- 
le; o bien aquella (icorgina y aquella vieja dama de Es- 
te era un país. . . que no smi ciertamente modelos do 
hermana ni de madre. Pero en general, desde la Lucía 
do "El amor do la histérica" hasta esa romántica y 
absurda protagonista de El corazón de María, cuya 
irreal idealidad ha cautivado tantos cerebros femeninos 
con su romanticismo agudo, pasando por la muy huma- 
na Rafaela de "La venganza", todas son solo corazón 
y sacrificio. 

Acaso peque Salaverri, al idealizar de este modo a la 
mujer, por falta de psicología femenina, ya que tanto 
ella como el hombre distan mucho de ser perfectos. Pe- 
ro estas, figuras, además, son a veces indefinidas, bo- 
rrosas, sin carácter ni personalidad propios, y parecen 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



moverso en muchas ocasiones, fuera de la realidad, cu 
un plano espectral ajcuo a nuestro ambiento. 

Esto defecto, pequeño frente a las positivas cualida- 
des del autor, es más palpable en El corazón de María, 
en el que nada sabemos de la protagonista, que es, sin 
embargo, o quiere ser, el centro do la obra; nada do lo 
que piensa, si es que en algo piensa; nada do lo que 
siente, si es (pie tieno conciencia de su propio sentir. 
Y por esta razón, únicamente, es El corazón de María, 
a mi modo de ver, la obra más débil de Salaverri. 

Sus figuras masculinas, en cambio, viven, se agitan, 
se mueven, como gentes de carne y hueso que son. Y 
esto se explica claramente. Los escritores hombres sólo 
conocen bien ci alma de los demás hombres: la de las 
mujeres queda cíisí siempre ajena a ellos, sobre todo 
en estos países americanos que conservan aún muy cla- 
ros vestigios de las costumbres musulmanas importadas 
por los árabes a Kspaña, en las que la mujer no tiene 
trato espiritual alguno con el hombre, que nada sabe ni 
lo interesa de las ideas y do los sentimientos femeninos. 
La escasa sociabilidad, ia ausencia absoluta do camara- 
dería y de amistad desinteresada entre ambos sexos, es 
fuente también de muchos desengaños entre esposos, o 
impide la fusióu espiritual indispensable para el cono- 
cimiento previo de ambos caracteres. No es extraño, 
pues, que en este ambiento los escritores tengan tanta 
dificultad para pintar caracteres femeninos con absoluta 
fidelidad. Por otra parte, la literatura, como casi todas 



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L . ü I S A L U 18 



Jas actividades del espíritu, lia .sido hnsta ahora campo 
reservado casi exclusivamente ni sexo masculino; y co- 
mo tal lian creado ellos dentro de ese campo, uno o va- 
rios tipos literarios de mujer, tal como ellos la han ima- 
ginado, o como ellos han deseado que fuera; concer- 
tando con estos deseos e imaginaciones, las observacio- 
nes exteriores que lian podido obtener. De ahí ese lugar 
común tan socorrido y tan falso del misterio del alma 
femenina, tan chira, tan lógica y tan natural como el 
alma masculina. 

Pero lo más curioso del caso, y lo que ha hecho que 
obtuvieran curso libre todas las patrañas literarias que 
a la mujer se refieren, es que luego la mujer ha puesto 
todos sus esfuerzos en copiar, en la realidad, esos tres 
o cuatro tipos literarios, acaso para halagar de esta ma- 
nera la vanidad masculina: Ofelia, Beatriz, Desdcmo- 
na, doña Inés, Ccliincna. Y hasta la mujer vampiro de 
Jas películas norteamericanas modernas han surgido 
luego en la realdad como una imilación de. la ya falsa 
figura femenina. Sólo tal vez esa admirable Portia do 
El mercader de Ycnccia no ha tenido aceptación, entre 
las mujeres, por lo mismo que los hombres no han sa- 
bido reconocer la nobleza y Ja hermosura de su alma. 

Hasta que, algunas mujeres de tálenlo, novelistas in- 
signes, perfectamente conocedoras del alma femenina, 
que es la de ellas, e independizándose del prejuicio li- 
terario, tanto o más fuerte tal vez que el social, mujeres 
como Bachilde y Marcelle Tynaire en Francia, Emilia 



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A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



Pardo Bnsfin en España, Matilde Scrno en Italia, por 
no hablar sino de los países latinos en donde mas defor- 
mada está la figura literaria de la mujer, la vuelvan a 
su realidad de carne y hueso de que la ha excluido has- 
ta hoy una literatura exclusivamente masculina. 

En resumen, los Cuentos del Río de la Plata es un li- 
bro muy superior a El corazón de María, por la acabada 
observación psicológica y el hondo realismo de todos 
ellos; cualidades <jue ya el autor había demostrado bri- 
llantemente en Este era un país. . . 

Cada nuevo libro de Salaverri es, si cabe, superior a 
los anteriores, aunque, según mi modo de ver, La comedia 
de la vida y los artículos de costumbres en nada des- 
merecen junto a esta nueva modalidad del escritor. 



Monlevidco, 1921. 



LA POESIA 



DE DELMIRA AGUSTINI 



Escribir sobre Dclmira Agustini, es para mí, una ver- 
dadera necesidad anímica. No porque se la haya olvi- 
dado, ni porque se le desconozcan méritos . Pocos son, en 
efecto, los que no le otorgan el título de primera poetisa 
de América. Al contrario, en estos últimos tiempos sobre 
todo, un movimiento a su favor parece acentuarse cada 
vez más, después de un eclipse pasajero que se inició ca- 
si a raíz de su muerte. 

Pero la injusticia existe a pesar de todo, más irritante 
bajo stí'apariencia de general admiración. Porque es una 
admiración desviuda de la fuente prístina de su poesía, 
hacia la tragedia de su vida do mujer joven y bella. 



— 169 — 



LUISA L U I 8 1 



Hay una oscura influencia, digna de más honda refle- 
xión, entre el halago que inspira la persona y el juicio 
que merece la obra. Una y otra se compenetran gene- 
ralmente de tal modo que es precisa la perspectiva del 
tiempo para separarlas definitivamente. La tragedia de 
Delmira., al atraer sobre sí la alención unánime y la sim- 
patía general, robó a su obra lo que de derecho le per- 
tenecía. La leyenda va cu camino de borrar la poesía; 
tal la injusticia que, sin quererlo, están cometiendo sus 
mismos panegiristas. 

Falta entre ellos quien, apartando deliberadamente de 
su pluma, el prematuro fin, estudie profundamente, des- 
apasionadamente, la obra de la genial poeta. Acaso, y 
aún sin acaso, tal obra estuviera condicionada a tal fin; 
pero éste es ya un aspecto del problema que no me atre- 
vo a afrontar. Vibran a nuestro alrededor llamados ca- 
da vez más perceptibles del Misterio; y esta vida y esta 
muerte de Delmira, son un caso tal vez de mesianismo. 
Acaso dentro de algunos años o de algunos siglos, cuan- 
do sean desvelados por completo los secretos cada vez 
más acorralados boy de la Psicología y de la Biología, el 
caso de estos seres supcrnormales será tratado con la 
familiaridad con que tratamos hoy a los normales. 

Delmira no fué, en efecto, un ser anímicamente nor- 
mal. No a la. manera con que algún crítico argentino ha 
pretendido catalogarla fisiológicamente por debajo de lo 
normal; sino biológicamente por encima de lo normal. 

T digo biológicamente, porque la obra de esta 



— 170 — 



A TRATES DE LIBROS 7 DE AUTORES 



poeta se caracteriza ante todo por una potencialidad tal 
de vida, que su producción no es sino el desbordamiento 
lógico de un torrente que no cabía en el cauce normal de 
las formas sociales. 

Si, como lo piensa Maeterlink, la corriente nerviosa 
que anima el organismo humano no es más que una for- 
ma do la energía eléctrica cuyo depósito general es la 
tierra, y el cerebro un acumulador, — supongamos sola- 
mente que un cerebro cualquiera reciba una carga ma- 
yor de energía, para que posea como consecuencia, una 
potencialidad máxima en todas o por lo menos en algu- 
nas de las actividades humanas. 

Pero dejemos de lado toda explicación, que por pre- 
tender explicar es ya audacia y presunción, para limi- 
ta mus al estudio de esta poesía que se ha llamado genial 
para dar siquiera un nombre a lo que he denominado 
antes supernormal . 

La poesía de Dclmira Agustini encierra en sí, a un 
grado máximo, todas las potencialidades de la vida. Se 
Ja ha denominado pasional, sensual, cerebral, imagina- 
tiva; como si cada uno de los que la han estudiado sólo 
hubiera percibido un único aspecto de los múltiples y 
complejas que posee; cuando en realidad los reúne todos 
en un haz magnífico y completo que es, como en ningún 
otro poeta, ioda la. Vida-. 

Dclmira Agustini no es solamente la primera poetisa 
de América; es, si no el primero, por lo menos uno de 
los primeros poetas de América. Si no es posible darle 



— 171 — . 



LUISA L V I S I 



Bin discusión el preciado título, es porque en ella la for- 
ma cedió al impulso incontenible de su ínudo. Ella mis- 
ma lo ha dicho en uno do sus poemas de adolescencia: 
"La forma es un pretexto, el ama todo... — La esencia 
es alma, i Comprendéis mi norma f — Forma es materia, 
la materia lodo, — la esencia vida. Desdeñad la for- 
ma!... " 

El tiempo confirmó cu su obra esla aspiración. El 
fondo es tal, de una riqueza tan varia y tan enorme, quo 
la forma se rompe en ocasiones, dejando derramar su 
contenido. Si Dclmira hubiera nacido en un medio in- 
telectual, y sus fuerzas dionisíacas hubieran sido disci- 
plinadas por el estudio y la culi u ra, habría sido acuso 
una cabeza luminosa y bien organizada, un talento cla- 
ro que se hubiera destacado en cualquier actividad inte- 
lectual. . . pero no habría producido esa poesía suya des- 
melenada e impetuosa como un torrente, avasalladora y 
deslumbrante, de la cual están muy lejos de haber sido 
extraídos aún todos los tesoros. Porque esos tesoros in- 
valorables, de cuyo precio no pudo ella misma darse 
cuenta, estaban más allá de su propia inteligencia, en 
un mundo en el que ae movía como una alucinada, fuera 
do_ la. lógica simple de su vulgar existencia de muchacha 
burguesa. 

Buscar en.su familia antecedentes, sería trabajo esté- 
ril'; 7. presuntuoso ... Estos casos geniales desmienten vic- 
toriosamente la teoría simplista de Taine. Acaso Berg- 



— 172 — 



A TRAVES BE LIBROS Y BE AUTORES 



son nos diera hoy, con su nueva teoría filosófica, la cla- 
ve ilc esle enigma; pero a qué buscarla. . . ? 

inclinémonos reverentes anlc lo que es para nosotros 
todavía, felizmente, un Misterio, con todos los atracti- 
vos peligrosos y nhteinadores del Misterio; y busquemos, 
modestaincnle, de desentrañar en la poesía de Dclmira, 
las diversas facetas de su personalidad poética, distinta, 
a lo que parece, de su personalidad familiar y social. 

Desde luego, si Dclmira no hubiera poseído la válvula 
de escupe de la poesía, hubiera sido de todos modos una 
mujer cuya riqueza vital no cabía en las normas socia- 
les. Con olra familia, más numerosa, que hubiera divi- 
dido entre mayor número de hermanas las complacencias 
maternas; eon otra posición económica que la obligara 
a la disciplina del trabajo y de las normas, Dclmira no 
hubiera sido acaso la poetisa genial. Tal vez su vitalidad 
excesiva la hubiera llevado por los senderos de Teresa 
Willms o de María Baskirchnl'f, con la que tiene más de 
una analogía. Su misma falta de cultura le dió audacias 
de inconsciencia para mostrarse tal cual era, en el mag- 
nífico espectáculo de su ser integral, en el impulso de 
todos sus instintos en libertad, y todas las maravillosas 
intuiciones de su intelecto de privilegio. Es un ejem- 
plar notable de mujer en toda su prístina pureza, sin 
las deformaciones que la sociedad y la cultura imprimen 
a los míseros ejemplares de la raza humana cuyo cuerpo 
ha perdido la naturalidad admirable de su color y de sus 
líneas, bajo la tiranía de sus vestidos; como han perdi- 



— 173 — 



VISA L ü I 8 I 



. su inteligencia y sus sentimientos, la admirable es- 
■ntaucidad de cus impulsos, encarcelados en I09 estro- 
os vestidos del prejuicio y de la tradición. Delmira 
,'ustini es un soberbio tipo de mujer, en la libertad lu- 
inosa de sus instintos y de sus sentimientos . •• 
Sé entregó por completo a la vida que la solicitaba con 
.los sus reclamos de barro y luz ; y fué toda ella, carne 
alma; sombra y luz; instinto e idea; abismo y cum- 

Todo en ella vive con una intensidad que asombra y 
usta : sus sentidos abiertos a toda solicitación ; su alma 
¡cil a todo llamado; su intuición despierta a toda su- 
stión de realidad o de misterio ; y su fantasía, pasmosa 
desbocada fantasía, cabalgando ebria sobre el corcel 
.;oso do la imagen. 

Pero en una mujer así, íntegra de todas las potencias 
su vida, esa falta de cultura y de disciplina fami- 
r que dejó en libertad completa la fogosidad desboca- 
. do su genio, hizo posible al mismo tiempo, en su 
ra, el predominio avasallador del instinto sexual. 
El torrente apasionado de su vida se lanzó, dcslum- 
ido, por el cauce que menor resistencia le oponía; to- 
vía sin desbrozar, los caminos que el intelecto pudo 
indarlc. Y acaso esté en esto mismo su tragedia. En- 
iada ella misma por la fuerza interior de su vitalidad, 
yó satisfacerla en el desbordamiento pasional vivido 
cantado en estrofas inmortales. Pero el instinto sa- 
fecbo no podía calmar esa sed más honda, más pro- 



— 174 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



funda, para la que no existe linfa colmadora : sed de in- 
finito, sed de Misterio, sed de saber. . . . Acaso ella mis- 
ma no sospechó su propia tragedia. Acaso en la desilu- 
sión, en la amargura que sus propios amores le dejaron, 
sólo vio un amor mezquino frente al Amor infinito que. 
soñaba. Pero el amor no podía darle más de lo que' le 
dió: ilusión y placer; dolor y muerte. Su sexualismo 
exacerbado no fué más que un espíritu alismo equivo- 
cado. Porque el goce carnal no podía acallar su hambrtt 
infinita de más allá. 

Tal vez lo sintiera así, inconscientemente, cuando es- 
cribió "Fiera de Amor", en donde pedía al instinto lo 
que éste es incapaz de otorgar: "Y desde entonces muer- 
do soñando un corazón — de estatua, presa suma para 
mi garra bella ; — no es ni carne ni mármol : una pasta 
de estrella — sin sangre, sin calor y sin palpitación. . . " 

Alguna vez presintió aún más claramente su terrible 
equivocación. Y entonces fué su soneto magnífico, aca- 
so la más soberbia presea del innúmero tesoro de sus 
versos: "Lo Inefable". 

He aquí el otro aspecto admirable de su poesía. Se 
ha dicho que es cerebral. Nada más equivocado, a mi 
modo de ver. Desdo las raíces ancestrales de su alma, 
atravesando quien sabe qué recónditos caminos, llega 
como una marea avasalladora la Intuición, sumergiendo 
en sus olas soberbias el pobre razonamiento .de la peque- 
ña burguesa. Toda la filosofía, o mejor dicho, todos los 
instintivos dolores ancestrales que la humanidad ha ca- 



— 175 — 



LUISA L ü I S I 



nalizado en filosofía a través de los siglos, despiertan con 
el mismo ímpetu incontenible en el alma visionaria Ja la 
poetisa. Y entonces en 1o:í momentos de genial inspira- 
ción, avasallada por una inanalizable fuerza superior a 
todo razonamiento, siente pasar a través de su espíritu 
maravillado, abriéndose paso por entre sus menguados 
conocimientos, como la voz de una divinidad que está 
dentro de ella, los versos trascendentes, ungidos de mis- 
terio y de milagro. Sus visiones toman formas incons- 
cientemente metafísicas y ve aparecer ante sus ojos esa 
raza futura, que sueña nacida de una larva de estatuas. 
En nadie el acto sexual adquiero tan filosófica trascen- 
dencia, como cu esta señorita tic la clase media que se 
siente: "...el surco ardiente — donde, puedo nutrirse 
la simiente — de otra Estirpe .sublimemente Joca..." 

Porque este sexualismo de Delmira — y no digo sen- 
sualismo porque hay en ello una diferencia fundamen- 
tal — está muy lejos de ser el torpe instinto que han 
visto con ojos torpes sus menguados comentadores. Jís 
preciso decirlo de una vez por todas, para reivindicar a 
Delmira do la estúpida acusación de inmoralidad con que 
han pretendido estigmatizarla los que, incapace.; >!¿ se- 
guirla en el vuelo victorioso de sus alas, sólo pudieron 
apresar de su obra magnífica lo que estaba al alcance do 
su materialismo vulgar y ramplón. 

Porque el sexualismo desnudo y audaz do Delmira es- 
tá lejos de ser, como en algunas de sus imitadoras, el ob- 
jeto do -su poesía. En nuestra trágica uruguaya, el se- 



— 176 — 



A TRAVES :¿E LIBROS Y DE AUTORES 



¿tialismo es el cauce natural <lc su genio, que se derra- 
ma por 61, vertiendo llama y lumbre, como la expresión 
— no acaso, natural, pero sí tal vez obligada por con- 
tingencias, arbitrarias — de su naturaleza misma. : 

Fuera y por encima de este sexualismo exacerbado y 
exaltado cu una equivocada ruta de su exceso vital, ostii 
la nobleza verdadera de su poesía, el anhelo ineonscien-- 
te de su alma superior, la intuición maravillosa que la 
hace derrochar en sus versos honduras de pensamiento y 
abismo tic visiones que aún a ella misma asustaron. 

lis curioso seguir en el proceso de desenvolvimiento de 
su obra, el efeelo revelador do la sexualidad, que desvió" 
hacia su cauce el loríente magnífico de su poesía. Hay 
entre mis poemas de la adolescencia, una composición tí- 
pica: ''Nardos", lía jo el influjo narcótico de su perfu- 
me cnervador, siente Delmira, en Ja finura excesiva do 
sus nervios, cambiarse la realidad envolvente, en una 
extraña alucinación. Los sueños y las visso'ie.» 3;» ¿odean, 
la ¡i . irán, la dominan, transportándola a un mundo 
muy semejante al mundo hipnótico. Bajo la influencia 
sut'l y onervadovn del perfume, desfilan por su imagi- 
nación... "cosas tan raras y hondas, tan difusas — en 
el fondo de sombras de la sala — que he llegado a pen- 
sarme un gran vidente — que leyera en la calma de las 
cosas — formidables secretos de la Vida.^.". Y. enton- 
ces sospecha que haya en los sueños "más realidad vi- 
viente que en la vida". En los versos flojos asoma ya 
la inquietud inconsciente de su genio, para el cual la rea- 



— 177 — 



U \ I P A L V. I 8 I 



lad apre.mhlc por los sentidos está lejos de .ser nlimcn- 

• suficiente para su necesidad. Eslamos en los prime- 
•s pasos de ese proceso maravilloso que ha de culminar 
i la obra magnífica de la poetisa. Ella no "ha encon- 
ado todavíá'su ruta; pero el' desasosiego de su espíri- 
i, esa sed inconsciente de su alma que la trabaja en lo 
curo de su ser, la entrega entonces a la corriente con- 
ladora del Arle, en la que encuentra engañador alivio 
ira su torturadora ansia de Infinito... Pinta y eseri- 
\..No conozco sus cuadros; nada conozco de ella sino la 
magnífica estela que con sus versos dejó en el mundo. No 
idría, pues, decir si en la pintura encontró el refugio 
isiado para el anhelo incontenible de su alma. Acaso 
*I vía a la pintura cuando la rigidez, de las palabras no 

facilitara la ancha puerta que ella necesitaba para 
■sbordarse toda entera en sentimiento y luz... 
En casi todo "El Libro Blanco" palpita ese anhelo 
ic se busca sin encontrar aún el cauce abierto por don- 

• derramarse en ímpetu victorioso. El espíritu palpita, 
•tente; y su sacudir de alas presiente ya el vuelo triun- 
¡dor: "Mis ídolos"; "La sed", obra maestra de. la in- 
¡ición que debió lófjk ámenle, como diría Vaz Fcrreira, 
r escrita después, y no anlcs (pie sus poemas de amor; 
Lincha de cumbres", "La estatua'', ya maduro, a pc- 
r de la debilidad de sus dos últimos versos; "La siem- 
•a" que es una extraña, una profética visión de su pro- 
io destino; "Misterio, ven..." que encierra acaso la 
ejor exégesis de su propia obra, son composiciones en 



— 17S — 



A TRAVES [í)E LIBROS 7 DE AUTORES. 

* 

las que ya está présenle el genio poético, carente aún del • 
conocimiento sexual. - 

Es admirable en esta* niña «genial, la impresión profun- 
da,, avasalladora que Ta revelación del amor había de 
producirle 1 . Ella soñaba ya con un amor tan grande, tan 
enorme que no podía, naturalmente, caber en la tierra. 
Y lo describe en un soneto soberbio, titulado "Amor" 
que aparece entre las últimas composiciones del "Libro 
lilanco": "Yo lo .soñé impetuoso, formidable y ardiente; 
— hablaba el impreciso lenguaje del torrente; — era un 
mar desbordado de locura y de fuego, — rodando por 
la vida como un eterno riego''. 

Está todavía en los dominios de la imaginación. Su 
amo)' es puro aún, c inocente; pero apasionado ya co- 
mo el alma candente de la poetisa. Y así "Intima", "El 
Intruso", "Desdo lejos", en donde definió para siem- 
pre el carácter absoluto del amor: "Yo puse entre tus 
manos pálidas mi destino; — y nada de más grande ja- 
más han de ofrecerte. . . " 

Con esto termina el primer ciclo, que es como el pro- 
Judio de la magnífica orquestación de su vida y de su 
obra . 

.So. abren "Los Cálices vacíos'' con una ofrenda a Kros 
que preside c inspira toda la producción ulterior, y tam- 
bién diría, toda la vida posterior de Dclmira. La reve- 
lación maravillosa descorre ahora ante sus ojos asom- 
brados, perspectivas desconocidas, horizontes infinitos, 
mares de libertad y estepas sin límites, por donde su al-^ 



— 179 — 



,L ü :I -S A L U I S I 



'nía ebria ha de galopar sin brilla ni freno, en la realidad 
maravillosa de su sueno. Y a él se cutrugu eompluía- 
mente, absolutamente, en el delirio no sólo de sn carne, 
sino también y sobre todo, de su alma, presa cu el enga- 
ñoso espejismo de inl'iuilo, ''con alma fúlgida y carne 
sombría. . . " 

Y es entonces el himno ardiente, el himno avasallador; 
la adoración ingenua hacia aquel a quien ella cree, su l¡- 
bertadur, porque la arrcbaló a la "divina labor sobro l¡i 
roca creciente do su Orgullo..." Si no abiertamente, 
desde lo íntimo de sn ser, maldice las horas (pie no des- 
tinó al amor, perdida en su búsqueda estéril de infini- 
to. "Tu boca", "Mis ¡das...", "Primavera", son «au- 
tos de apostasía, mientras surge triunfante y domina- 
dor, el himno amoroso en todas sus andarías. • "(lira es- 
tirpe", que es, como si dijéramos, el paradigma de esta 
clase de poesía, en donde hay visiones de i: ..¡ginat iva y 
realidades de apasionada; desde "Visión", "Nocturno" 
"Con tu retrato", esc turbio "Kl cisne", hasta las cru- 
das realidades de aquel soneto ya nombrado, y los ver- 
sos realistas también de "Para tus manos", "Boca a bo- 
ca", "En silencio", "En tus ojos", etc. 

Marcan estas versos la culminación del sexualismo exa- 
cerbado de Delmira. Pasada la embriagues, delirante, em- 
piezan a aparecer en sus últimos poemas, el sutil desen- 
canto, la amargura oculta, el íntimo dolor de su trágica . 
equivocación. 

i¿ Aún perduran los acentos encendidos en el fuego do 



— 180 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



la carne. "Boca a boca" es posterior a "Los Cálices va- 
cíos"; pero "El Rosario <lc Eros", con sus fantásticas 
cuentas tic mármol, do sombra y .ilc luz; pero "Mis amo- 
res", lian pasado ya al dominio abstracto de la fantasía. 
Xo tienen la candente realidad do su sexualismo ante- 
rior; y la imaginación intenta ahora, en un esfuerzo se- 
guramente inconsciente, suplir- c! fuego vivo\dc la rea- 
lidad con el fuego fatuo de la (|U¡mera. 

Llegó a darse cuenta Pelniira de que su instinto lai ha- 
bía traicionado...? K\ mismo extraño y oscuro secreto 
de su vida, lodo ese episodio turbio del divorcio, no se- 
ría ya ol desconcertado anhelo de recuperar una rula 
<pic se le perdía. . . V 

Aquellas maravillosas perspectivas que el amor des- 
plomó ante sus ojos visionarios, se desvanecían en el de- 
sierto do su sed como espejismos del ¡Sahara; y su alma 
deslumbrada en el vuelo radiante, encontraba de nuevo, 
más firmes acaso, acaso más implacables, los transparen- 
tes cristales de su jaula que le mintieron perspectivas in- 
finitas. . . 

Hay un grito de alma herida en uno do sus últimos 
poemas. . . El "Diario espiritual'' inicia una íntima tra- 
gedia anímica, que la tragedia material cortó definiti- 
vamente de raíz. "Mi alma es un fangal" — dicc_=r 
después de haber sido lago, fuente, arroya • towonte-y- 
mar... "Mi alma es un fangal" dice más de esta ínti- 
ma y secreta tragedia, que muchos versos y que muchas 
quejas 



— 331 — 



LUISA L V I S I ' 



De haber vivido Dclmira, qué poesía nueva y extraña 
que empezara a realizarse en esc turbador "Mi Plinto", 
hubiera destilado el alma traicionada por el propio ins- 
tinto, en el riego fecundante del dolor...? Acaso este 
maravilloso elemento que falló por lo menos en la con- 
ciencia de la genial poetisa, había de madurar a fneyo y 
luz el genio malogrado de Dclmira. El dolor, en electo, 
el hondo, el humilde, el humano dolor de la criatura, fal- 
ló en la obra magnífica, dejándola trunca do emociones 
reales y de sangrantes sufrimientos. Acaso por esto, la 
obra de otra mujer, que no tiene sin embargo el genio 
intuitivo de Dclmira, pero que ha fructificado en cam- 
bio, en dolor y en misticismo, ha ganado más hondamen- 
te los corazones americanos y aún españoles; y amamos 
hoy, con más calor de fraternidad a la doliente Gabriela 
que a la genial Dclmira. 

Dolor y misticismo. Dos alas para Hogar al in finito. 
Ijas dos alas (pie fallaron a la Irágica uruguaya, (pie so- 
bre ellas hubiera escalado definitivamente el firmamen- 
to. Porque no hay en toda la obra <le la genial poeta, 
ni un vestigio siquiera del problema religioso. Inútil es 
ipie invoque el nombre de Dios. Su labio lo pronuncia sin 
'pie llene su corazón; y suena frío como un llamado sin 
ie y sin dolor de fe 

Porque la Vida la envolvió con tal fuerza en su co- 
¡rienlc; porque con tan impetuosa vehemencia se entre- 
gó a los olas ensordecedoras; porque creyó en los cand- 
ios del amor humano y carnal para llegar al infinito, to- 



— 1S2 _ 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



do otro camino se borró de su existencia; y la vida al 
arrebatarla en sus ondas turbias y potentes, la estrelló 
implacable contra los arrecifes monstruosos de su lí- 
mite... 

Corno los grandes pecadores, como todos Jos que han 
pedido y obtenido lodos los goces que ella es capaz de 
otorgar, Delmira hubiera vuelto, como volvió Darío, con 
el corazón vacío y la boca amarga, por senderos olvida- 
dos de caridad y abnegación. Y como era mujer, y en 
lodo corazón de mujer hay ancho campo para la piedad, 
acaso no hubiera sufrido el terror amargo y cobarde de 
Darío, por la oscuridad del más allá. . . La Vida a quien 
todo judió, le hizo acaso la suprema caridad de arreba- 
tarla en plena juventud, libre de remordimientos y de 
fangos, en el triunfo absoluto de su belleza y de su tá- 
lenlo. Si no llegó a la cumbre más alta de sus designios, 
si cayó abalida antes de culminar su trayectoria, no co- 
noció tampoco el dolor sin grandeza del descenso, la amar- 
gura sin luz de la caída. 

Nada sabemos de los móviles que impulsaron la tra- 
gedia de su muerte. No sabemos si ella le fué impuesta 
por la mano celosa del esposo, o consentida y aún pro- 
vocada por la tremenda desilusión que empezaba ya a os- 
curecer con manto de negruras insondables, el alma apa- 
sionada y torrencial de la poetisa. 

Acaso esta última hipótesis esté en más íntima conso- 
nancia con el temperamento excesivo y la trágica cons- 
titución de Delmira. 



— 183 — 



LUISA L U I 8 1 



Para quien todo lo cifró en el Amor; para quien como 
ella sintió un momento tic su vicia concentrarse todos .sus 
anhelos, lodos sus .sueños enormes, toda su sed aturmon- 
tadora de Infinito sobre una frente amada, el despertar 
de la sabia comedia que la Naturaleza juega cu cada 
criatura para alcanzar su fin, había de sor una tremen- 
da, una formidable decepción. 

Conseguido su fin, la Especie pudo renovar en la. trá- 
gica poetisa, el placer carnal y el deliquio de los senti- 
dos; pero la embriaguez luminosa, el delirio de sus sue- 
ños, el licor alucinante «pie. su alma loen de. luz y do en- 
sueños, creyó beber para satisfacer en él su sed inextin- 
guible, se le alejaron de. los labios, cada vez que. quiso 
renovar Ja decepcionante tentativa. Acaso inculpó «le 
ello aí menguado esposo, y desilusionada en el fondo «lo 
su ser por el hondo dolor de haber perdido la pureza de 
su alma sin obtener la sobrehumana felicidad que espe- 
raba, vislumbró el espantoso, el terrible malentendido do 
su vida. 

Se habla de otros amores. . . Si ellos fueron ciertos, la 
tragedia de Del mira cobraría dantescas proporciones. 

No sería extraño, pues, que entre su sexualismo que 
conocía ya las rutas del placer, y su anhelo de visiones 
infinitas, el alma atormentada de Dclmira, oscilara en 
un vaivén monstruoso, colgada entre dos abismos con- 
tradictorios. 

Sea ello lo que fuere, hipótesis o fantasía, realidad o 
misterio, la obra de Delmira está impregnada de un per- 

— hm — 



A TRAVES .DE LIBROS Y DE AUTORES 



fume de enigma tan violento, de una oscuridad de tra- 
gedia tan sugeridor, de tan hondas profundidades y de 
tan altas cimas, que bajar a .sus abismos o remontarse a 
sus cumbres, es empresa coronada siempre de magnos y 
auríferos tesoros. 

Contemplamos el espectáculo de esta alma con el re- 
ligioso respeto y la piadosa admiración con que los pri- 
mitivos habitantes do la tierra debieron contemplar los 
antiguos dramas cósmicos de las tormentas, con sus fu- 
rores de ciclón, los deslumbramientos de sus rayos, y la 
canción sobrehumana de sus ocíanos embravecidos. 



Anali/.ar las imágenes tic Dclmira, imágenes que tic- 
non la fabulosa riqueza do los cuentos orientales, sería 
ubra de más <le un volumen. En cada una de ellas, la 
genial inluirión de la poetisa derrocha ideas y conceptos 
en un sorprendente dominio de los últimos secretos me- 
ta físicos. 

Su sensibilidad, su extraña, su torturada sensibilidad, 
descubre relaciones insospechadas; y la palabra, rígida y 
precisa, se curva entre sus manos como tela flexible, so 
dobla como acero templado, hiere, relampaguea, penetra 
hasta el último sentido de las cosas, flota imprecisa y su- 
geridora como tul cambiante, o cae con suntuosidades 
de pesado brocato , en pliegues de majestuosa riqueza. 

Hay veces en que el sentido de la imagen es tan re- 
cóndito que el verso resulta oscuro, a la manera de Va- 
léry, el más puro simbolista entre los modernos simbolis- 
tas. 

— 1S5 — 



LUISA L V I S I 



"Mi Plinto" es una típica, composición de éstas. Toda 
ella es un símbolo cuyo oonllo senlido os difícil de des- 
entrañar. ¿Lo vió Dclmira con la claridad de un pro- 
pósito definido, o surgió así de su alma, con todo el os- 
curo fatalismo de una imposición . . . 1 Más fácil es creer 
esto último. Hay en £1 una visión oscura de su propio 
porvenir literario, y un recóndito sentido de su propia 
ascensión. "Es creciente, diríase que tiene una infinita 
raíz ult.ratcrrcna . . . '' 

Dclmira siente esa in Fluencia misteriosa que le viene 
no sabe de qué profundidades enigmáticas de su ser... 
o de los espacios siderales. Ya lo dijo otra vez: "Yo te- 
nía dos alas. . . — Dos alas, — que del Azur vivían co- 
mo dos siderales — raíces. . ." 

Si hubiera sido religiosa las Imbicra llamado Dios... 
Tero ella no podía dar un nombre tan simple ni una 
explicación tan ingenua a esla oscura influencia que se 
ejercía sobre ella como un mandato al mismo tiempo que 
como una fuente de vida. Eslos versos de Dclmira son 
algo más que una imagen soberbia. Son todo el signifi- 
cado de su alma, alimentada de infinito por raíces side- 
rales o ultralcrrenas. 

Pero volvamos al "Plinto", acaso la más turbadora de 
1odas sus poesías: "Lábranlo muchas manos — retorci- 
das y negras, con muchas piedras vivas. — Muchas os- 
curas piedras — crecientes como larvas." ¿Son los co- 
razones humanos, son los espíritus de mezquindad y en- 
vidia, esas manos retorcidas y negras que van labrando 



— 1S6 — 



A TRATES DE LIBROS Y DE AUTORES 



n través de los años, el plinto creciente de su gloria. . . f 
T esas piedras vivas, esas oscuras piedras, crecientes co- 
mo larvas, son acaso los corazones que la comprenden, y 
que en la oscuridad del amor que le profesan, la van le- 
vantando lentamente, tenaces, como ebrias — de un ve- 
neno de arañ-as, hasta que siente, una celeste serenidad de 
estrella. . . ? 

¿O es acaso toda su oscura ascendencia, hecha de cante 
sombría y de espíritu ardiente, todas las generaciones 
que la precedieron y a través de Jas cuales fué ella as- 
ccndi".ndo. ascendiendo : "Ya me embriaga un glorio- 
so — aliento de palmeras. . . " "Ya me abrazan los bra- 
zos de viento de la sierra. . . " "Ya siento una celestc-sc- 
renid:id de estrella..."? Tal vez más que en ningún 
otro de todos los enormes poemas de Del mira, hay en cs- 
1c más zumo embriagador de misterio y de profundi- 
dad. 

"P.oca a boca" es un verdadero deslumbramiento de 
imágenes a las que el ardor sexual presta magnificen- 
cias insospechadas: "Verja de abismos es tu dentadu- 
ra". "Tu beso me come en sueños, como un cáncer ro- 
sa". Sc.ro de un alma es la boca del amante enamorado; 
joya de sanare y luna; puñal de fueyo en vaina de em- 
beleso: tijera ardiente de glaciales lirios; estuche de en- 
cendidos terciopelos; y toda esta estrofa la más ardiente y 
realista en la poesía ardiente y realista de Delmira: "Pi- 
co rojo del buitre del deseo — que hubiste sangre y al- 



— 1S7 — 



LUISA L V I 8 1 



ma entro mi boca, — tic tn largo y sonante picoteo — 
brotó una llaga cono flor de roca''. 

También ".SeleiUi" es un derrocho «le i ni ágenos quo 
no alcanzan sin embargo, la fuerza tic expresión que las 
anteriores. 

Otra vez dice: ''Abrojo tic oro y sombra", hablando 
ilc su destino. "Las dulces mallas truncas" do las cari- 
cias del amante; su cuerpo es "una torre de silencio y 
do espera — que se siente de mármol y se sueña de ce- 
ra". Al Amor dice: "Porque tu cuerpo es la raíz, el la- 
zo — esencial de los troncos discordantes — del placer 
y el dolor, plantas gibantes." 

En "Oh, Tú" encontramos imágenes do un sentido tan 
bondo y de tan largas resonancias, «pie aumenta nuestra 
perplejidad ante el misterio eslavo do su alma; "Inter- 
namente incuba un gran huevo infecundo — incrustadas 
las raras pupilas más allá; — o caza las arañas del 1c- 
dio, o traga amargos — bongos do soledad". 

Esc gran huevo infecundo ¿no es acaso b más terri- 
ble, la más amarga crítica que se baya hecho jamás cu 
menos palabras a toda la filosofía y a todo el arte?. . . 

Asusta en estajnina; en plena juventud, una visión tan 
amarga y tan verdadera de la esterilidad perenne de to- 
da investigación humana, que: "caza las arañas del te- 
dio, o traga amargos hongos de soledad". 

He aquí, en otra imagen, toda la ciencia de la psico- 
logía: "Las culebras azules de sus venas — se nutren 
de milagro en mi cerebro". ¿Hay acaso, una forma más 



— 188 — 



J. TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



bella y más chiva tic explicar lo que tantos menguadas 
pro fosares malograrían con una pedantesca definición de 
la imaginación. . . ? 

Poro ¿a qué seguir. . . ? Las imágenes de Del mira son 
toda su poesía; en ellas oslá oondonsada la esencia fuer- 
te y misteriosa de su alma. Tero lo que hay en ellas de 
más sorprendente, es que se las siente brotar sin esfuer- 
zo, naturalmente, como el lenguaje, espontáneo de un co- 
nocimiento superior <iitc no ha ¡insudo por el crisol ana- 
lishi (le su inliliijatcin . I «rolan de. las sid( rales raíces 
de su alma, y florecen al exterior como maravillosas co- 
rolas que nos llegaran de países desconocidos del enten- 
dimiento. Kn Delmira se siente que falla toda la larga 
cadena de raciocinios, eslabones de un conocimiento ad- 
quirido, y por lo tanto anl ¡-poético, que las hubiera des- 
pojado de su fuerza de expresión al transformarlas en 
lenguaje científico. Lo que hoy, al leerlas, descubrimos 
on ellas de savia inl.- V.vlual, es el perfume, el color, la 
forma de las mágicas corolas, síntesis maravillosa de to- 
dos los zumos do la tierra, y que se ignoran ellas mis- 
mas, al ignorar el procoso que han debido atravesar. Y 
es este carácter mismo de naturales, de anticientíficas, 
de síntesis transformada, lo que me inclina a afirmar 
que la poesía do Delmira no es intclectualista, sino todo 
lo contrario, de la más pura y prístina intuición. 

Esta raíz tan honda — yo no encuentro palabra más 
significativa que la empleada por la misma Delmira — 
esta raíz sideral, de sus imágenes, nos llevaría a seguir 



— 1S9 — 



L TJ-I 8 A L V I S'^-ty 

rastreando sus orígenes hasta quién sábc qué abismos dé ^ 
mistcrio t psicológico . *• 

Se ha querido ver en él, el resultado imprevisto de la v 
mezcla de dos sangres antagónicas : la claridad latina dé" 
su sangre paterna, con la turbadora complejidad üe su ! 
germánica ascendencia materna. Explicación simplista 
a mi modo de ver. 

Son tan frecuentes que lindan ya con la normalidad, 
en nuestras costas riopla tenses, esas cruzas de razas tan 
diversas: el caso de Delmira es único en los anales de 
nuestra literatura. 

Hay demasiados misterios que envuelven como otro 
mundo de más espesa atmósfera nuestro pequeño mun- 
do cognoscible. La* raíces siderales del alma malograda 
fueron perceptibles eiv más de una ocasión para el ma- 
ravilloso intelecto desaparecido; y ellas, ellas solamente, 
alimentaron con savia sobrehumana la poesía insupc- 
rada de Delmira. 

Acaso en esc aspecto de milagro radique la semejanza 
que se ha querido ver entre ella y Teresa de Cepeda y 
Avila. En el milagro, y en la exaltación rayana casi en 
delirio incontenible del espíritu. 

Para mí es ésta una semejanza por antítesis. La pa- 
sión de Teresa es pasión carnal y humana extraviada en 
senderos místicos. Delmira, al contrario, extravió cu sen? 
deros humanos su mística pasión, que ella misma ignoró 
toda su vida que pudiera ser una mística pasión . La hu- 
manidad, a pesar do todas sus aspiraciones y de todos 



— 190 — 



A TRAVES DE LIBROS H:T'^J)'E -¿AUTORES. 



sus errores, necesitará siempre de los dos contradictorios 
elementos de su naturaleza: espiritualidad y materia-.; 

lismo. ! ..; Ví , ( .. : . .-, -f:, 

Las grandes tragedias anímicas, la de' Teresa, como la 
de Delmira, consistirán siempre en el absurdo de su apár - 
rente escisión. No es posible a ningún humano que aspire 
a la integridad de su perfección, separarlos uno de otro, 
ni negar a ninguno. La religiosidad absoluta, el misti- 
cismo perfecto, es una mutilación humana, en el sentido 
de que deja de pertenecer a la humanidad, quien no ex- 
perimenta ya sus luchas ni sufre sus caídas. 

La grandeza inalcanzable de Jesús está precisamente,, 
como lo comprendieron los mismos evangelistas, cu la lu- 
cha desesperada de sus dos naturalezas, drama repetido 
indefinidamente en cada criatura, en la menguada pro- 
porción de cada ser. 

El triunfo completo de una de estas dos fuerzas, nun- 
ca alcanzado felizmente, cuneluye el drama, y termina 
por lo tanto, con el candente humanismo de las almas. 

El triunfo del esplritualismo nos daría santos, dema- 
siado por encima de nosotros para que podamos compren- 
derlas y amarlos; el triunfo de la materia, produce bes- 
tias, demasiado por debajo de nosotros para lomarlas en 
cuenta. 

La lucha, la lucha sola, hace grandes a los hombres. 
El más intenso drama ha producido siempre el más gran- 
de ejemplar humano: tal Jesús de Nazarcth. 

Delmira y Teresa son grandes por lo mismo, en sus 



— 191 — 



LUISA L V I 8 1 



dos contradictorios y trágicos triunfos aparentes. EL mís- 
tico error de Teresa, el sensual error de Dclmira, lns 
acercan a través do los siglos, para formar con ambos- 
una sola magnífica imagen de mujer, en la grandeza so- 
berbia de sus almas, mutiladas ambas en la realización 
unilateral do sus vidas. 

Ni la una cu su exacerbado misticismo que la derra- 
mó cándenlo y apasionada a los pies de .Jesús en rapios 
de alucinadoi' histerismo como a los pies de un amante 
de carne y hueso; ni la otra, derramada en olas do pa- 
sión que se creyó carnal y que era místico en los brazos 
de un hombre fogosamente amado, realizaron la incons- 
ciente aspiración de sus almas. Y la tragedia de ambas 
se agiganta de su propia inconsciencia, y se magnifica 
de su luminosa equivocación. VA Arle recoge esc choque 
continuo de fuerzas, para transformar eu luz de poesía 
.las chispas arrancadas al golpear continuo del espíritu 
en la carne. 

No es negando la materia, ni esclavizando el espíritu 
que se llega más alto cu la ascensión obligada do la hu- 
manidad. Ni el equilibrio periYHo de un (juethe nos 
atrae con sugestiones do imitación. El reposo anímico 
de Tugorc en la seguridad de su misticismo realizado no 
puedo sernos tampoco un Ideal. 

Sólo la lucha es grande, y grande la tragedia de las 
almas eu peligro constante do sucumbir. Jesús es gran- 
de real monte en el Monte do los Olivos, más grande aún 
que en la cruz. Y es grande por su lucha, porque la lu- 



— 192 — 



A TRAVES DE LIBEOS Y DE AUTORES 



cha es movimiento, y por eso, Vida; el reposo» del triun- 
fo definitivo es la Muerte. 

Y por eso también, por que la lucha es vida, Delmira 
llega de nuevo, y por nuevos caminos a significar, más 
que ningún poeta, toda la Vida. 

Do vuelta de este viajo a través de las modalidades do 
su alma, llegamos otra vez a nuestra definición primera: 
La poesía de Delmira encierra en sí toda la Vida, aní- 
micamente, físicamente, biológicamente considerada. Tu- 
vo más finos que nadie los sentidos por los que apresó 
cuanto a su alrededor existía; más hondo y rico el intc- 
loeto; más nutrida «le savia misteriosa, por sus dos raí- 
ces siderales, el alma levantada en ascensión perpetua 
sobre todos los misterios (pie nos Forman una oculta y 
maguí íica resonancia interior. 

Y todo ello en el sorprendente estuche de una joven 
burguesa a quien hubieran asustado seguramente, fuera 
do la poesía, los conceptos audaces, las imágenes pro- 
fundas, la riqueza avasalladora do sus instintos en li- 
bertad. 



1925. 



"EL HERMANO ASNO" 
NOVELA DE EDUARDO BARRIOS 



.Dos caracteres nítidamente delineados se destacan cla- 
ramente, como las dos figuras principales de un bajo re- 
lieve, sobre el fondo un poco deslustrado, un poco gris 
de esta novela: el de fray Kul'ino, que atrae y cautiva 
desde el principio la atención, con fuerza subyuga- 
dora, y el del hermano Lázaro, Mario cu la vida munda- 
na, protagonista de la novela. Son dos estudios magis- 
trales de psicología, dos pequeñas obras maestras de cin- 
cel, dos joyitas engarzadas en la joya de arte que es es- 
te libro. 



— 195 — 



LUISA L U I S I 



Eduardo Barrios tiene predilección por la forma del 
Diario íntimo. Sobre tres de sus novelas (no conocemos 
"Del natural", que, por otra parte, su autor declara no 
ser necesaria para juzgar su obra de conjunto), dos, la 
que comentamos y "El niño que enloqueció de amor", 
entre las cuales hay, además, otras afinidades, loman la 
forma del Diario; al paso que "Un perdido", de recia 
contextura, difiere cu el procedimiento, eu la arquitec- 
tura, y basta eu el semblante general, de tal modo que 
no parece escrita por la misma mano que las dos pri- 
meras . 

Eduardo liarnos es un gran psicólogo, un fino obser- 
vador; pero es sobre todo y más que lodo un gran artis- 
ta. Si "lili perdido", que consolidó su fama y consa- 
gró definitivamente su nombre de novelista, es una no- 
vela cu toda la extensión de la palabra, "El hermano 
Asno" y "El niño que enloqueció de amor" son dos jo- 
■yas artísticas perfectas, acabadas, de una delicadeza su- 
til, de un sabor de romanticismo elevado; idealistas, sen- 
timentales, espirituales, finísimas, cu contraposición al 
amargo verismo, a la realidad brutal, a veces, de "Un 
perdido". Pero tanto cu una como cu otras, triunfa, co- 
mo decíamos más arriba, el hondo psicólogo; lo mismo 
con el procedimiento de la escuela de Mcdán, que en el 
poema novelesco a lo D'Annunzio. 

Poema novelesco, en efecto, más quo novela en la ver- 
dadera acepción de la palabra, es este "Hermano Asno", 
en el que no existe intriga, en donde nada pasa, fuera 



— 19o — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



del inesperado episodio que termina la novela; en don- 
de la gris sucesión do los días, en un convento francisca- 
no do Santiago, no daría tema, a otro que no fuera Eduar- 
do Barrios, para escribir un libro tan cautivador como el 
suyo. Y por esto también volvemos a llamarlo artista. 
Poeta, por la bolle/a infinita que lia croarlo con la mu- 
sicalidad inimitable de su estilo, fluido, transparente, 
sencillo como agua corriente, cu el que la repetición bus- 
cada de frases o do simples palabras, presta, un encanto 
tan íntimo y tan sugeridor: "Tú sabes, Señor, por- 
qué lo has hecho así. Yo oslaré un poco desencantado; 
pero Tú sabrás porqué lo has hecho así. . . " o bien : "Yo 
esperaba, Señor, anoche yo esperaba..." "¿Tiene, Se- 
ñor, ella la tulpa, on loncos í licencíelo aquella tardo, la. 
segunda vez que la vi... ¿Tiene, Señor, ella la culpa? 
¿Ha venido a cortar ella la blanca senda de tu gracia, 
cuando a mí venía?. . . " 

"En fin, estoy enfermo, Señor. Mírame. Ten piedad 
do tu siervo. Dime si no lograré alcanzarte, como fray ' 
Rufino, por la vía do la beatitud. Si más baja es mi ru- 
ta, indícamela. Yo la sabré seguir. Sufro, estoy enfer- 
mo y sufro. . . " 

"Pecador sentimiento de última hora! Todo está pron- 
to. Salgo en pocos minutos más. Tré a ese pueblo, lo lio 
querido. Sin embargo. . . ote. Pecador sentimiento! Bien 
lo sé. . ." 

"Ha venido ella a la misa de siete. Está viniendo ha- 
ce días a la misa de siete". 



— 197 — 



L X I • S A ■ \L '•' V I 8 I 



Hemos tomado estos ejemplos al azar. Muchos otros 
podríamos citar como éstos, en los que la repetición de 
la misma frase da al estilo la cadencia poética y el per- 
fume de un elevado misticismo . Parece, en ocasiones, un 
trozo del Kempis, o un pasaje de los Evangelios, por la 
mística unción de que están impregnados. Tienen una 
gran belleza, una gran fuerza evocadora estos "ritor- 
nellos", que, en los monólogos de fray Lázaro adquieren 
la humilde dulzura de una plegaria o semejan el susurro 
apaciguante de una confesión. Aunque pudiera parecer 
monótono el recurso, está empleado con tal maestría, con 
tal mesura y tal oportunidad calculado, que, lejos de apa- 
recer monótono el poema, adquiere por esle medio un 
fuerte sabor de poesía. Adviértase al mismo tiempo que 
polo es empleado cuando el motivo lemálico (los monó- 
logos del licrnumo Lázaro), de por sí melancólico y do- 
lido, requiere la cadencia monorrílmica, como el balbu- 
ceo que el sufrimiento pone en nuestros labios hasta con- 
vertirlo en el constante repetir de una misma queja... 
"mamá, mamá. . . " 

Fray Lázaro ha vivido demasiado, o su dolor no es 
bastante intenso para arrancarle un mismo nombre que- 
rido; pero la repetición un poco resignada, la conformi- 
dad a los santos preceptos le hace invocar a cada inslau- 
tc el nombre del Señor en su constante diálogo con él : 
"Tú sabes, Señor, porqué lo has hecho así. . . " 

Pero el cautivador encanto de este estilo no radica so- 
lamente en el empico de tan conocido recurso. Es el "to- 



— ií)S — 



Á TRATES. DE LIBROS Y BE AUTORES 



no", tono menor, en que está escrito todo el libro; el sen- 
timiento de unción, de místico deseo, de melancólica re- 
signación o de profundo desaliento por que pasa el alma 
torturada de fray Lázaro; esa conformación estricta, esa 
armonía entre el estilo, las palabras, la música de la 
frase y la atmósfera de humildad, de pobreza, de senci- 
llez que envuelve al convento franciscano; esa armonía, 
esa conformidad es la clave última de la sugerente be- 
lleza de "El hermano Asno". El autor parece haberse 
embebido, compenetrado, antes de escribirlo, con las 
"FJorccillas" del Beato de Assis, y haberlo robado su 
místico perfume para impregnar con el las páginas de 
su novela. 

El convenio ha sido estudiado con honda penetración 
psicológica; el autor conoce bien su vida íntima, que tan- 
to parecido tiene a la vida de toda sociedad, ya que son 
los misinos hombros los que lo pueblan; y do esa obser- 
vación serena, imparcial, sin segunda intención de polé- 
mica o de propaganda, que hubiera malogrado la nove- 
la, lia surgido la obra de arte perfecta, ecuánime, con 
todas sus bellezas y todos sus matices. Ignoramos las 
ideas religiosas del autor; pero cualesquiera sean ellas 
no se transparentad en la diáfana claridad de su es- 
tilo. 

Hay cu esa comunidad de hombres, sostenidos casi toa- 
dos por un gran anhelo de perfección, hermosas, grandes 
caracteres, como el de fray Rufino, torturado por su pro- 
pio deseo de humildad; temperamentos pasionales, ator- 



— 199 — 



LUIS A L U I S I 



Alentados, violcutos, como el del protagonista; serenos, 
'justos, fuertes, como el del Padre Guardián, cuya única 
debilidad consisto en la blancura aristocrática de sus 
manos episcopales ; sutiles, "benévolos, indulgentes y sua- 
vemente irónicos, como el del padre Bernardo, a quien 
•bastaba, para umar a. sus semejantes, imaginar, en voz 
do sus actuales rostros, el rostro desaparecido do la in- 
fancia: "Si maravilla, fray Lázaro, la infinita candidez 
do los hombres. Las más de las veces actúan como cria- 
turas inocentes, lan irresponsables de sus faltas como do 
sus buenas acciones. Obsérvelos. No precisa siquiera el 
esfuerzo mental de cambiar sus rostros. Continúan ni- 
ños cu sus afanes. Caminan do aquí para allá, sin cesar 
se mueven, realizan cosas cncantailoramoitte inútiles... 
o bien analizan, con la misma seriedad ingenua y curiosa 
con que desarmábamos, cuando chicos, el reloj de nues- 
tro abuelo... para no saber reconstruirlo después...'", 
lo que le da una enorme y un pneo desdeñosa piedad pa- 
ra todos los humanas; y, por último, mezquinos, envidio- 
sos, pequeños de alma y grandes de vanidad, como eso 
fray Elias a quien molesta lo mismo la santidad humilde 
de fray Kufino que la mundana perspicacia de Lázaro, y 
que está tan lejos de la mística beatitud del primero co- 
mo del torturado anhelo del segundo. 

Todos son, sin embargo, sinceros cu su. fe, y a todos 
mueve un noble deseo de perfección. Aparte fray lilíax, 
no hay en este couvento modelo ninguna de esas tan co- 
munes figuras que buscau en la religión solamente un 



— 200 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE _ AUTORES 



oficio, un medio como otro cualquiera de ganarse la vi- 
da, sin un fermento de misticismo que los purifique y 
los eleve ; y cuando la masa anónima del convento se opo- 
ne a Ion milagros de fray Rufino, no lo hace por impie- 
dad, sino por un equivocado deseo de prosperidad ma- 
terial y «le orden para la comunidad. 

¡Cuánta verdad, cuánta íntima amargura hay en este 
carácter de fray Rufino, el santo del convento, todo hu- 
mildad, todo beatitud, verdadero hijo cspiiituaL del po- 
breeito de Assis, a cuya orden pertenece, y cuya vida 
ejemplar de fraile menor, todo amor a las criaturas del 
Señor, ¿ tic re resucitar en el modesto convento do San- 
tiago. . . ! 

Sus Indias entro el n, tal como el lo concibe, sin ter- 
giversaciones ni adaptaciones acomodaticias, puro y ab- 
soluto en el amor y en la bondad; y los intereses vítalos 
de la comunidad: el orden, la disciplina, la limpieza, son 
magistrales observaciones de Hamos. Hay, entre ellos, 
un episodio que me h?*.o reflexionar hoiiduiuenú;, y quo 
es uno de los momentos mas felices del libro, ríen sin 
emliarsío cu magistrales aciertos. Fray Rufino, practi- 
cando Ui o"-»c.°. caridad uo su patrono, consigue al 

fin el milagro de hacer comer en la misma escudilla a los 
más encarnizados enemigos naturales: el gato y los ra- 
tones del convento. A fuerza de paciencia, de manse- 
dumbre, do inagotable piedad, ha reconciliado a los dos 
tradicionales enemigos, y todos los hermanos, sorpren- 



L V I 8 A •• L V 1 S J 



didos y edificados, predican el milagro. Fray Rufino 
exulta. 

Pero lie aquí la inesperada consecuencia del milagro, 
del que el hermano despensero se queja luego al Padre 
Guardian. Los ratones, perdido todo temor a su más en- 
carnizado perseguidor, han invadido la despensa, saquea- 
do los víveres y llenado de inmundicias los pocos que 
han dejado. La invasión de los ratones amenaza la tran- 
quilidad del convento. Y, ante la gravedad del caso, el 
Padre Guardián, impulsado por los frailes, entre los cua- 
les pone fray Elias su antipática nota, el ecuánime fray 
Luis increpa duramente al frailecillo, sin perjuicio de 
arrepentirse luego de su injusta dureza, ante una sola 
leve insinuación do fray Lázaro, que se indigna interior- 
mente del contrasentido, y que cuando fray Rufino so 
aleja, dolorido y perplejo ante las consecuencias de sus 
actos, tiene para 61 una palabra do alecto y do consue- 
lo. Tal, también, el episodio de las polillas. Kl humilde 
franciscano no puede arrojar impunemente a los nocivos 
bichillos de la imagen de la Virgen, cuyas vestiduras y 
cuerpo mismo están destruyendo cu su voracidad, y pa- 
ra indemnizarlas del destierro a que las obliga l;i santi- 
dad de la reliquia, les busca unas tablas olorosas en las 
que puedan satisfacer impunemente su apetito. Tal el 
episodio del traje, preparado por la comunidad para el 
Judas que ha de quemarse en la plaza de San Francisco 
de Mostazal, en conmemoración de la Semana Santa. 
"Pues, Señor, hoy buscan el traje y no lo encuentran. 



*¿ ' TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



¿Quién lo tomó? ¿Dónde lo han puesto f ¿Qué tiene na- 
die, Señor, que meterse en la Guardianía ? . . . Registros 
y cavilaciones. ¡Cuánta pregunta de celda en celda 1 

Por fin aparece fray Rufino. Lo interrogan; y él, con 
el rostro simple bañado en júbilo, como un niño qué re- 
velara una ícliz ocurrencia: "Yo se lo di a un pobre. 
Hubieran visto el gustazo del infeliz. Andaba casi des- 
nudo, y el otoño empieza. Con qué vehemencia se lo pu- 
so! Porque el traje era espléndido, flamante... Unos 
ríen. Gruñe fray Jacobo. El Provincial, mordido el 
labio y los ojos midiendo al frailecillo, balancea la ca- 
beza. Sólo fray Luis, fray Bernardo y yo sentimos, en 
medio de nuestro risueño asombro, una invencible ter- 
nura ..." 

lie aquí, pues, admirablemente observadas y descritas 
algunas de esas terribles contradicciones entre los pre- 
vé]» tos del líien cuya comprensión tanto espantaba al 
viejo diablo de Andrcieff, cuando preguntaba desespe- 
rado a su Maestro si era bueno o malo malar una mosca. 
En más de una ocasión el bendito fray Rufino, con las 
inesperadas consecuencias de sus actos inspirados en el 
más puro amor a las criaturas, nos ha recordado la for- 
midable sátira del ruso genial contra el convencional con- 
cepto del lÜcn y del Mal . Lo mismo el monje de "El her- 
mano Asno", cu cualquiera de aquellos episodios, que Ct"' 
héroe de la "Conversión del Diablo" cuando deja ase- 
sinar a la madre y al hijo cumpliendo el terrible precep- 

— 203 — 



LUISA L U I S I 



to del Sacerdote: "No te opongas al mal" plantean el 
insoluole problema del absoluto Bien. 

Es el primero, humilde y puro franciscano en senda 
de beatitud. Viejo y endurecido diablo el segundo, con 
la misma sed de perfección y el mismo vital anhelo do 
santidad, aburrido y asqueado del infierno en donde pa- 
sara hasta entonces su vida; y refugiado, al fin, en una 
obscura iglesia de Florencia cu donde se empeña tenaz- 
mente en aprender a practicar el bien bajo la piadosa 
tutela de un sacerdote que pone toda su ¡dina cu esta 
conversión . . . 

Pero, partidos ambos de polos tan diamclralrncnlo 
opuestos, antítesis completa uno del otro, so encuentran 
sin embargo en un punto do sus rulas, 011 osa perpleji- 
dad semejante, cu esa obscuridad igual para ambos, en 
esa misma terrible c insoluble duda: "¿Oúndo oslá el 
Bien?" 

No nos dice el ruso si fué salvado al fin de su tortura 
el caviloso y erudito diablo, enmohecido en el desván de 
su iglesia de Florencia, frente al objeto terrible de sus 
dudas; ni el chileno pone luz cu nuestras almas sobre la 
salvación definitiva o la condena eterna de su monje, 
arrastrado por su anhelo de humildad y perfección al 
brutal atentado que termina trágicamente la novela. 

Llamados a dilucidar nosotros tan terrible dilema, no 
vacilaríamos en salvar a uno y a otro, ya que no el Bien 
mismo sino el ansia del Bien, no la Perfección inalcan- 
zable, sino el sincero deseo de Perfección, hacen buena y 

— 201 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



perfecta — hasta donde es posible — a la criatura. Pe- 
ro los designios de Dios nos son desconocidos. . . Aclare- 
mos, sin embargo, un punto que cae dentro de nuestras 
facultades, j-a que los otros nos escapan. El inesperado 
final de la novela de Barrios es, sin embargo, de la más 
absoluta lógica, y pertenece por completo al dogma. 

Los que en ello han vislo una intención antcrrilegiosa, 
un propósito de propaganda anticatólica, olvidaron el es- 
píritu y la actitud del protagonista, y no supieron o no 
quisieron ver la terrible lección de humildad, el desme- 
dido castigo que u su propia vanidad impusiera el mis- 
mo fray Kul'nio. 

Al verse elevado por la credulidad un poco simple de 
los creyentes ¡i ubjolo de veneración que él juzga inmere- 
cida; al verse considerado como santo del que se esperan 
milagros, (pilero castigar su vanidad satisfecha, su espí- 
ritu que se complace en el mayor de los pecados en que 
puede caer un fraile franciscano: el pecado de orgullo. 
Y busca un acto que lo humille, que le arranque usa au- 
reola de santidad que él orce usurpada en un ansia do 
perfección. Siente agudamente que perdurar en esa apa- 
riencia de santo es perder su salvación futura, apartarso 
..de la Gracia, perderse, en definitiva; y quiere castigar 
6U pecado de orgullo con un acto que lo rebaje y lo es- 
carnezca ante las gentes mismas que veneraron su pre- 
sunta santidad. Siente que solamente al verse desprecia- 
do, escarnecido, humillado por el mundo recobrará su 
serenidad y se elevará a los ojos de Dios. Tal es, por otra 



— 203 — 



L U. ^ 8 A L U ... J-í S> I 

parte, lo que le sugiere continuamente el Capuchino en 
;us nocturnas alucinaciones. 

Es esta, tal vez, la parte más interesante y también la 
más discutida de la novela del insigne escritor chileno. 
Cuando fray Lázaro penetra, una mañana en el locuto- 
rio donde lo espera María Mercedes, oye un grito ahoga- 
do que pugna por escapar de una garganta comprimida, 
rumor de lucha y forcejeo, y un cuerpo llega rodando 
hasta sus pies, al tiempo que la infeliz joven clama deses- 
perada: "¡Bestia, bestia!..." "Escena de manicomio", 
la califica fray Lázaro: "Ha sido absurdo. Ha sido trá- 
gico. Ha sido absurdo, trágico y grotesco", anota en su 
cuaderno de apuntes. María Mercedes huye con las ropas 
desorden, mientras fray Rufino: "Sí... Grite, grite!... 
Llame !... A mí me faltan las fuerzas... Ya pueden cs- 
•upinne"... Pregónelo!... Yo, el "hermano asno"... 
Vo, el inmundo, que personifica la Injuria... Que todos 
¡o sepan!. . . etc. " 

Ya está consumada la expiación. Fray Rufino lia man- 
chado su aureola do santidad con el crimen repugnante; 
lia cometido la "pública vileza" que había de rebajar- 
lo a los ojos del mundo, para elevarlo a los ojos de Dios. 
"Humillación, humillación, humillación". .. le había di- 
•ho el Capuchino durante sus visiones nocturnas, y él se 
preguntaba diariamente qué acto había de cometer para 
iiumillarsc como lo quería su misterioso consejero. 

Pero una vez cometido el acto repugnante, las fuerzas 
lo traicionan, y el infeliz fray Rufino, conducido a su 



— 200 — 



A TBAYE8 DE LlBROB;::t^^E0AtJTpBE^ 

celda como un mísero pelele roto, pollos brazos robustos 
del liermano Lázaro, expira de debilidad, de extenuación, 
de ayunos, de flagelos. . . La exp'iación ha 'sido tan té-, 
rriblc, que el cuerpo no la ha podido soportar, y cede al 
peso infamante del propio castigo. 

Todo el proceso de la locura de fray Rufino, cuyo sis- 
tema nervioso agotado por el ayuno, por el insomnio, 
por los cilicios que a ocultas del Padre Guardián lleva 
bajo los hábitos, está magistralmente descrito por la 
pluma maravillosa del novelista chileno: las alucinacio- 
nes, el Capuchino que remeda la voz de una conciencia 
y que le exige noche a noche la humillación de su propia 
santidad. Un punto que complica la psicología del per- 
sonaje ha inducido en error a algunos críticos. 

El padre Luis ha prohibido al monje franciscano el 
ayuno íjuc lo extenúa y lo predispone a las alucinacio- 
nes morbosas. Pero el franciscano se queja a fray. Lá- 
zaro do que, cuando no ayuna, por la noche lo atormen- 
ta el "hermano asno*', nombre que daba San Francisco 
de A.ssis al propio cuerpo, "por la mucha grosería con 
que a él y a sus compañeros solía perjudicarlos en la 
vida". 

"Penas sucias, hcimano. Bajezas del "hermano as- 
no", fray Lázaro". 

Y esta intromisión del "hermano asno", que atormen- 
ta a fray líufino con "penas sucias'' resta claridad a Ja 
magistral psicología del monje, couvirtiéndolo para al- 
gunos sectarios antirreligiosos, en un monstruo vulgar, 



LUISA L Ü I 8 I 



violador de doncellas. Pero si hay alguna obscuridad en 
esta personalidad del franciscano ella queda ampliamen- 
te compensada por el fermento de humanidad y de rea- 
lismo que esa misma obscuridad presta a la figura del 
monje. 

Por la Belleza- y por el Arte que hay en abundancia cu 
todo el libro, nosotros no hubiéramos podido dar al epi- 
sodio final de la novela, una interpretación semejante. 
Más fuerte, además, que la sugestión de las torturas noc- 
turnas de fray Rufino está la claridad meridiana de las 
palabras del Capuchino: "To humillarás ante ellos eoit 
actos visibles, castigarás tu orgullo, negarás la santidad 
que los mintió tu insuficiencia. Un ejemplo has de dar, 
por el cual sufras cruelísima tortura y gran menospre- 
cio do tus engañados, y aun de todos tus hermanos do la 
Orden. ¿Conservas cu la memoria la parábola do la per- 
fecta alegría? Enseña en ella Francisco : "Y cuando en- 
colerizados nos rechacen como a bribones, con injurias y 
golpes y nos hayan apaleado y revolcado en la nieve, y 
nosotros lo hayamos sufrido con júbilo y buen amor, en- 
tonces, di que aquí, en esto, reside la perfecta alegría". 
He aquí, pues, apoyada cu la autoridad del Pobrccillo 
do Assis, la explicación y la justificación del acto mons- 
truoso que terminó con la vida del monje alucinado. Las 
palabras del Capuchino lo torturan: "Oh! si consiguie- 
se, — dice más adelante, — verme apedreado por los que 
en mí fiaron, pisado en la lengua por la comunidad, cas- 
tigado por mi Guardián. Pero no concibo siquiera un 



— SOR — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



acto para que así me traten. Dios no me ilumina; me 
deja de su mano y me abandona a la angustia. . . " 

Sin las alusiones del autor al "hermano asno", la psi- 
cología de fray Rufino sería clara como el día. Y no nos 
sería difícil demostrar que cae perfectamente dentro de 
Jos cánones cristianos. ¿No le es, acaso, antecedente his- 
tórico, aquella María Egipcíaca, que, yendo a expiar sus 
culpas al desierto, después de larga vida de continuos pe- 
cados, y sin recursos para pagar el óbolo destinado al 
barquero que había de pasarla a la otra orilla del río, 
entrega a ésto su propio cuerpo, como pierio del pasaje? 
Dentro do la moral católica, la salvación do la propia 
alma es el negocio más importante de la vida. Nada pe- 
san a su lado la iVlit-idad, la vida, ni aún la salvación 
eterna de las otras criaturas: "Abandonarás a tu padre 
y a tu madre" dicen los Evangelios. ¿Qué de extraño, 
pues, que fray Rufino sacrifique a la infeliz, María Mer- 
cedes, en beneficio de su propia salvación? 

Pero el autor no quiso darnos la evidencia. Y con un 
recurso magistral de arte dejó en los espíritus una duda. 
¿Fué deliberado, consciente, premeditado, on vista de su 
salvación futura, el acto repugnante de fray Rufino 1 ? ¿O 
.bien, on la semi-incouscicncia do su locura, torturado, 
'alucinado, neurótico, fuó víctima a la vez, de su misti- 
cismo y de su bestialidad? Disfrazó el instinto comprimi- 
do, do visiones místicas, la necesidad apremiante; y el 
sistema nervioso, relajado por la vida de excesivas pri- 
vaciones y trabajos, no obedeció de pronto a la voluntad 



— 209 — 



L U I S A L V 1 S I 



y a la corfeiencia? Eduardo Barrios no lo dice. Y de es- 
ta duda, de esta obscuridad psicológica nace un interés 
mayor, un problema más cautivante, ya que nunca las 
acciones humanas obedecen a la unilatcralidad de un 
motivo único que las solicita. La complejidad, la va- 
guedad, la obscuridad de los móviles de la conducta hu- 
mana es un factor inapreciable de sugestiones y por lo 
tanto, de Arte. 

Felicitémonos de que el escritor chileno haya sido bas- 
tante artista para comprenderlo así. Pero sen de ello 
lo que fuere, queda descartada, en razón del arte, toda 
intención de propaganda o de polémica. Y, descartada 
por absurda la interpretación del acto como puramente 
instintivo 3- bestial, resalla profundamente religioso y 
tlolorosamcntc humano. Como el Saelika Ycgulcv del 
genial ruso, debía ser absolutamente puro para poder 
matar. Tal la nueva interpretación del pecado. 



Frente al magistral estudio de fray RuThio palidece 
hasta la atormentada figura de fray Lázaro, lis ésle, 
sin embargo, más vivo, más humano, más real que el 
monjo cu torturas de santidad. Porque lia vivido 
en el mundo, y llega al convento con la herida sangrien- 
ta de su alma traicionada, no tiene ya la simplicidad, la 
ingenuidad del perfecto fraile menor, y sufre intensa- 
mente al no poder sentir sobre sí el hálito divino de la 



A TRAVES DE LIBROS. Y DE AUTORES 



Gracia. "¿Será — se pregunta — que sucio el vaso, 
cuánto en él viertes, se agria?'' La fe de fray Lázaro 
trae su vicio de nacimiento. Proviene de un desengaño 
en vez de provenir de una vocación. Y por más que 
ruega a Dios: "Hazme, Señor, un buen fraile menor", 
reconoce que la humildad, la sencillez no vuelven ja- 
más al alma que han abandonado, porque el análisis 
corrosivo no les permite ya la entrada. "Ah! Señor, 
soy un pasional! Siempre lo sentí cuando mundano, y 
ahora, en este ambiente de reposo y elevación, en lugar 
de exaltar y dirigir mi fuerza de corazón hacia esa fe- 
liz subconsciencia donde se realizan los contactos mís- 
ticos con Dios, me veo a punto de resbalar en pasionci- 
llas feas". 

Una firme voluntad do creer lo mantiene en el con- 
vento en espera de esa Gracia que para ¿I no Ilesa; y 
es tortura doblemente insufrible el sentirse alejado de 
la dulzura inefable de la comunión espiritual: "Deja, 
.Señor, que también a Tí te vea. Anoche, por un ins- 
tante, había bajado cierta exaltación de la subconscien- 
cia. Me vi a punto de alcanzar el místico contacto. ¿Por 
qué mi alma se derrumbó de nuevo? Yo esperaba, Se- 
ñor. Anoche yo esperaba..." 

Toda su voluntad se tiende como un arco para alcan- 
zar el éxtasis que, más feliz, santa Teresa gozaba como 
de un placer carnal. "Procuró reconstruir el mismo es*-' 
tado que un rato antes casi me arrebatara encendido a 
tu reino..." Pero las condiciones exteriores no bastan 



LUISA ,'LÜISI 



a encender el espíritu; en vano la luz queda a la espal- 
da, y es idéntica la posición del cuerpo; vano es repe- 
tir las mismas plegarias con iguales intenciones de sú- 
plica y elevación. "Pero... nada, Señor. Mis nervios 
se habían en Criado nuevamente. Yerta la emoción, nad-i 
piule obtener...'' La tortura so renueva diariamente 
en la tensión de la voluntad para alcanzar la Gracia. 
Un día escribo desalentado en su estéril esfuorzo, des- 
pués que la escena do fray Rufino con el mastín lia en- 
cendido pasajeramente sus esperanzas en el "místico 
contacto", "...y sólo he conseguido, como la olía ve/, 
esle cansancio, y este caer encharcado en el desaliento, 
y el sufrir viendo cómo, al meditar, mi l'e vacila y so 
achica en la razón. No debo esforzarme así. Uasla. Ca- 
da cual tiene su talla espiritual, y de nada valen los em- 
piuamicntos excesivos. Me reservarás, Señor, otro ca- 
mino, llágase tu santa voluntad". 

Sobre este fondo de tortura diaria, lia de venir a pren- 
der un nuevo tormento el encuentro con María Merce- 
des, la hermana de la novia tan amada. El ruinaul ¡cis- 
mo de una, el fondo pasional, d .ador mundano no ex- 
tinguido del otro, la llamarada aún viva de la pasión 
antigua, complican más y más el alma ya atormentada 
do fray Lázaro. El advierte el peligro, y, franciscano 
sincero, quiere apartarse de él. Pero su voluntad, bas- 
tante fuerte para hacerlo permanecer cu el claustro en 
donde, sin embargo, aun no ha profesado, no basta para 
cortar de raíz las peligrosas seducciones de esa amistad 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTO II n y 

equívoca. Y por más que se dirija a Dios: "S&lvnimt v 
sálvala", por más que se aferré a su voluntad de enmr 
y se sugestione en sus designios de religión: "Pero i m 
suplantará Mario a este padre Lázaro que durante oi-ho 
aíios vengo edificando sobre las ruinas de mi ealáhlii, 
l!c. Si esta es la prueba a que me sometes para coiim-, 
denne al fin la gracia de ser un buen Ira i le menor, |„ 
acepto, Dios y Señor mío. Yo dominaré el cspcHro ,|,.| 
pasado, aunque unu-ho haya de sangrar, clavado col ni 
tus pies a la Cruz, este corazón que ya sólo a Tí lo p,., 
teneec", el trairionero encanto del amor so fillm , 
su alma apasionada, <-un sugestiones profanas: "IYíihi, 
:m. munda» o :'•! !:c cüiUpaiv.do . Li jnvi*iii (| , | 

de eso hombre, sus grandes ojos pardos, llenos do bifi, 
como los de ella, y sus cabellos brunos, y su aspoHi, i|„ 
salud y amable... con mi frescura ya rendida, mi.i uj,,. 
nes tonsuradas, mi aspecto tan así... lío visío i<<h 
lor cómo ya mi eolor cede y so mancha. La madiir'v, 
pono a la piel un polvo do ceniza, y a esto cambio . j.. j 
color sisme otro do facciones pronto... .lilla me mí,-,, 
no obstante, enamora» la, he pensado, pecador aún, ,U :{ 
pues". 

Pero lo más doloroso de esta lucha tan humana y [i lu 
frecuente ¡ay! es esa falta de correspondencia culi». "•. . 
aptitudes reales do fray Lázaro, hecho para el amor y 
los triunfos mundanos, y esa equivocada aspir.-o-ló/i 



— 213 — 



L V I S A ' L JJ 1 8 I 

la vida religiosa que, quién sabe con qué falaces pro- 
mesas, lo arrastrara hasta ci claustro. La vida de fray 
Lázaro, conquistada otra vez su calma pasajera, por el 
cruel sacrificio de su honor, volverá de nuevo al ante- 
rior martirio de la conquista de su fe. Terrible marti- 
rio de las almas que han equivocado su punto de parti- 
da y que sienten, irremediablemente, que es demasiado 
tarde para volver atrás ! . . . 

No lo abandona, sin embargo, la esperanza de alcan- 
zar esa Gracia que es ya el único objeto de su vida. Y 
cuando, para salvar la honra comprometida del conven- 
io y restituir a fray Rufino su vacilante aureula de san- 
tidad, acepta «parecer él como autor del monstruoso 
atentado y partir, en expiación, a una lejana provin- 
cia, sólo dirige una pregunta al Provincial que le co- 
munica su inflexible resolución : "¿Y ella, padre, (pié 
dijo? — Ella acopló. — Vuelva cada cual los ojos a su 
destino, y cúmplanse los designios del Inexorable. Pe- 
ro, completó él recalcando el pero, en honra y provecho 
para Nuestra Santa Madre Iglesia." 

EL prestigio de la Orden queda salvo. Fray Lázaro 
partirá pura una provincia lejana. Nadie so enterará 
del brutal hecho y quedará en pie, intacta, la tama de 
santidad de fray Rufino, "en honra y provecho para 
Nuestra Santa Madre Iglesia". 

El libro se cierra sobre el sacrificio de fray Lázaro, 



— 21-1 — 



A TRAVES DE . LIBROS g 3T • '¿DE ^JJTORM 

con estas melancólicas y desencantadas palabras • " To- 
cio, Señor, ha terminado . Ya estoy, otra vez, sólo a tus 
pies. ¿Ves cómo también este sentimiento sería triste? 
¿Ves cómo también ésta se fué? Ya estoy otra vez. so'-.'! 
lo. Espero un día, el de partir; y otro día, Señor,. aquel., 
en que habrás acogido el sacrifico, y me habrás hecho j 
al fin, un buen fraile menor. Hasta ese amanecer, mi 
vida, como ahora mi celda, estará minuto a minuto, ane- 
gándose de noche." 

Todo es triste en osle libro; pero de una tristeza dul- 
ce y resignada. Vidas erradas, vidas fracasadas todas: 
la de fray Tíulino, naufragando al fin en el acto mons- 
truoso sus místicas exaltaciones de beato; la de fray 
Lázaro, torturando su corazón y su conciencia cu pro- 
cura do una fe (pie no consigue; la de (j'raeia que equi- 
voca su vida cu un casamiento que- lia de producir su 
desgracia y la de Mario; y la de María Mercedes, por 
fin, al colocar su amor donde mayores dolores y más 
complicaciones había de causar, a ella y a los demás... 

Pero, a pesar de todo, no resulta un libro amargo, 
ni siquiera un libro pesimista. El arto maravilloso del 
escritor chileno lo envuelve todo: tristezas, amarguras, 
complicaciones sentimentales y torturas de la fe, en la 
magia de un estilo espiritualizado, de un noble y deli-. 
cado romanticismo. Y al paso que "Un perdido" nos 
deja la sensación dolorosa de una amargura un poco tur- 



LUISA :..L V I 8 1 
■i i* '. 

bia, "El hermano Asno" sólo da un sabor de melancó- 
lica resignación, de dolido fatalismo .. . 

Pero, por sobre todas sus condiciones, "El hermano 
Asno" es un libro do un arte y una belleza incompara- 
bles. Eduardo Barrios agrega con él, a su renombro do 
.novelista potente y psicólogo profundo, el do un refi- 
nado, quintaesenciado artista. 



1923. 



LA POESIA 
DE ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ 

(ConfcrtncUi ptvnuntlajj en ti Cluh Argentino Je 
M«!*ti. Je Bueno, Abe*. <l 22 Je Julio Je 1923} 

Quiero deciros ante totlo, que yo no he venido aquí a 
juagar, ni ¡i otorgar valores, ni a dictaminar, desde lo 
alto de la cátedra, la posición literaria ilc un poeta. Ven- 
go a traeros solamente, desde las cosías azules de mi 
Montevideo, el homenaje más caro a un poeta: la admi- 
ración ferviente, el hondo cariñoj la agradecida reveren- 
cia de mi corazón para este gran poeta, que os pcrtcucce- 
desdo hace algo más de un año, por el más grave título 



— 217 — 



Jj .. V I S ■ -A -. ■ : --$¡:'L - ¡U 2 



de todos : la fraternidad en la hospitalidad. No espe- 
réis, pues, que os diga qué sitial ocupa, en el vasto Olim- 
po de las letras americanas, este gran mexicano, ni cuál 
es su técnica, ni a qué escuela pertenece. Para adjudi- 
car así, valores definitivos, toda superioridad es poca; 
y es, por otra parte, caprichosa la fama, y sujeta a cir- 
cunstancias arbitrarias la gloria. No me pertenece, pues, 
el derecho de juzgar. Yo traigo solamente, en mis ma- 
nos de viajera curiosa y comprensiva, el caudal de una 
admiración que alguno tachará tal vez de ingenua; pero 
que constituye el más rico de los tesoros del alma, ya que 
hace nuestra, por el amor, la obra de los otros, y la 
suma a la propia, en un deslumbrador tesoro de rique- 
zas. Digo, con Amado Ñervo: "El más grande de todos 
los poetas será, para cada uno de nosotros, aquel que 
haya acertado a formular con mayor sagacidad y pie- 
cisión nuestros estados do conciencia, I induciendo en 
versos pi:ros y nobles, aquello que palpitaba dentro de 
nuestro espíritu, sin hallar la expresión adecuada y eter- 
na en que encarnar para los otros". 

Como Ainado Ñervo, creo que la misión superior de. 
la poesía consiste en esa comunión espiritual entre el 
alma del poeta, y el alma de sus lectores; una nueva 
forma de religión humana, que desviste las almas de 
los hombres de sus obscuros ropajes de. pasiones y afa- 
nes, y las muestra en toda la limpidez primordial de 
sus valores. Un ilustrado amigo mío, novelista chileno 
■de garra, decía no ha mucho, en las columnas de un 

— 21S — 



A TRAVÉS DE Éfi^ROS Y DE AUTORES 



diario bonaerense, que; para 61, el valor definitivo de 
la poesía, es el encanto. Yo discrepo, totalmente, en este 
punto, con mi estimado amigo Eduardo Barrios. Para 
juzgar del valor de una poesía, mido el grado de amor 
que esa poesía es capaz de despertar en nuestra . alma ; 
la profundidad del sentimiento, la reconditez de las 
fibras humanas que toca. ¡Dulce, y consoladora, y bien- 
aventurada sea la gracia, el encanto, la belleza juvenil, 
y la frescura ingenua, para nuestros cansados espíritus 
de mortales! Pero siempre amaré con más hondura el 
ímpetu trunco de Ja Victoria de Samotracia, que la gra- 
cia de la Venus de Mediéis; el profundo humanismo de 
la Pietá de Miguel Angel, que el encanto sensual y 
turbador de una Bacante de Ulodión. 

Y porque Enrique González Martínez trae en su poe- 
sía, la facultad maravillosa de hacerse amar.; porque 
loca con mano impalpable, las libras más sutiles del 
alma, y abreva sin engañarla con falsas seguridades, 
nuestra sed de misterio; porque corre bajo la tersura 
impecable de sus versos, el agua subterránea de su pro- 
pio corazón; porque sin gritos, sin estridencias, sin lú- 
griinas casi y sin lamentos, nos acerca a los labios del 
alma el dolor incolmado de la suya, es hoy, para mí, el 
más grande poeta de America. 

Cumplió en ella la cruzada renovadora que había de_ r 
salvar por segunda vez a la poesía, de las manos sacri- 
legas de los imitadores. Debió cumplir, respecto a los 
continuadores de Rubén Darío, la misma misión salva- 

— 210 — 



LUISA ;L V 1 8 I 



dora, que había cumplió aquél respecto a los román- 
ticos. Bendita fué la acción del gran poeta nicaragüen- 
se, que puso un cisne por represa al desmelenado torren- 
to de los vacuos y oratorios poetas del romanticismo; 
y con la grácil frivolidad de su Eulalia, y la artifieio- 
sidad encantadora do su Vcrsailles y sus inirlincttos, 
y el helenismo literario de sus Castalias, sus faunos y 
sus ninfas, canalizó las fuerzas estérilmente derrocha- 
das de los Quintana, los Oyuela, los Gallego y los Día/. 
Mirón. Y comenzó entonces, sin medida, la abrumadora 
invasión de la frivolidad, del artificio, de la insinceri- 
dad, del virtuosismo retórico de los imitadores externos 
del Maestro. ¡Pobre humanidad, sujeta eternamente a 
la enfermedad del rilmo, como diría nuestro Va/. Re- 
freirá! Y, sin embargo, el cisne cantor do Nicaragua, 
sintió la falsedad de su propia poesía; y pasada y ven- 
cida la necesidad apremiante de la renovación poética, 
volvió por sus fueros de hombre, y lloró su propia an- 
gustia en sus magistrales "Cantos de Vida y Esperan- 
za". Era, pues, necesaria y urgente la nueva renova- 
ción, si es posible llamarla así, que limpiara la poesía 
de toda esa hueca e insincera retórica de nuevo cufio. 
Y fue Enrique González Martínez quien había de "tor- 
cerle el cuello al cisne", como lo dijo él mismo en su 
célebre soneto, escrito, no contra el maravilloso cantor 
do> Nicaragua, sino contra los que mancharon y defor- 
maron su obra de perfecta belleza, con la carii :luiesea 
imitación de los versificadores sin honradez artística. 

— 220 — 



A TRAVES DE LIBROS 7 DE AUTORES 



Porque, ¿qué pudo contra ellos, el misticismo cristia- 
no y brahmán ico tic Ama Jo Ñervo? Su serenidad, su paz 
frente al Misterio, no podían abrevar la sed urgente de 
una humanidad que volvía ya del positivismo ateo, y 
no se satisface más con los antiguos velos engañadores 
de Tsis. La poesía do Amado N'orvn no luvo la virtud 
revolucionaria do Darío, ni la renovadora do Cíon/ález 
Martínez. Su misticismo, transformado en cristianismo 
en sus últimos años, nada nuovo aportó a las ansias do 
esta hora profundamente mística y pagana al mismo 
tiempo, (pie no encuentra la expresión definitiva do sus 
anhelos cu ninguna religión positiva del momento. 

¡Tragedia enorme, ésta de la generación (pie hundo 
sus raíces en las pusl niñerías cicnl ii'ieistas del siglo XIX, 
y abre la copa do .su esplritualismo ávido, en el mis- 
ticismo naciente del siglo XX! Tragedia que nadie ha 
expresado aún en toda su grandeza, la do esta sed pro- 
funda del alma, desgarrada diariamente por esc ardió- 
lo de espiritualidad en contraposición a las raíces posi- 
tivas de su educación! Los que alcanzaron la plena flo- 
ración de su existencia en ese enorme siglo XIX, pu- 
dieron satisfacerse en la ilusión de su ateísmo, y llegar 
al final de su carrera, en la tranquilidad de su disolu- 
ción definitiva. Los que aún conservaban intacto el te- 
soro de su fe, cruzaron por la vida, guiados por la más 
bella de las ilusiones. ¡Dichosos ellos a quienes lian do 
florecer rosas todas las espinas, y para quienes todos los 
caminos llevan a la ansiada Jcrusalón!. . . 



L V I S A ~<:/L V I S r:: I 



Pero nosotros, nosotros, los que hemos de pasar toda 
1í». vida desganados por los dos siglos enemigos, sin que 
la fuerza positiva de uno sea capaz de vencer a la mís- 
tica del otro, no podemos negar a Isis, ni recubrirla con 
un solo velo. 

¿No fué, acaso, un estado de alma semejante, el que 
constituyó también la tragedia anímica de los primeros 
románticos?... ¿Y no fué también la culpa de los De 
Mussct y de los JByron el haber nacido Irop lard dans un 
monde irop vicux. . . ? 

Nosotros no, sin embargo. Nosotros liemos nacido de- 
masiado temprano, para un mundo demasiado nuevo. 



1 1 

Pura este estado del espíritu. Darío 1'ué demasiado 
■irtificioso y demasiado frivolo; Lugo nos demasiado ob- 
jetivo y demasiado complicado, como nuestro Herrera 
y Rcissig; Ñervo demasiado ortodoxo. Sólo González 
.Martínez absorbió dentro de sí la ansiedad multánimo 
le la hora, y fué el sincero, el hondo, el verdadero y 
■! espiritual. Espiritualidad doloiosa, serena; recóndita 
>spi ritualidad la de este poeta recogido lodo dentro de 
á mismo; todo resonante de su vida interior, amante 
lol silencio, y de la profundidad. Nadie ha dicho mejor 



A TRAVÉS' '~DE'' r ^LÍERÓ'B'' : '~jt *Í)É AÜTÓRÉg 



que él la fecundidad inmensa del silencio, en dónde se 
gestan todas las posibilidades. Silencio que es potencia 
y que es fuerza, cuando han agotado ya todas sus. fuer- 
zas los huecos sonidos de la vocinglería. • ' 

"Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma r 
que absorto en la infinita soledad de ti mismo, 
no escuches sino el vasto silencio de tu alma". 

De lo contrario, dice el poeta: "Te engañas, no has 
vivido". Este soneto, "Intus", da él solo toda la posi- 
ción anímica del poeta. No es la torre de marfil, des- 
dónos.! y aislada, de una poesía que ha pasado ya com- 
pletamente. El supremo egoísmo de aquella actitud na- 
da tiene que ver con esta amplia y fraterna concepción 
de la vida y de las cosas: 

"Atan hebras sutiles a las cosas distantes; 
al acento lejano corresponde otro acento. . . 
¿Sabes tú a dónde lleva los suspiros, el viento?... 
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes*..."" 

"...V besarás el garfio del espino 
y el .sedeño ropaje de las dalias. ' 
Y quitarás piadoso tus sandalias 
por no herir a las piedras del camino". 

oo;j 



L V I 8 A ;.. L U I 8 I 



Esto, como se ve, está muy lejos do la torre de mar- 
fil de los herméticos. Un hondo panteísmo, que íiota, 
luminoso, por sobre las páginas de "Los Senderos Ocul- 
tos", muestra al poeta tierno, humano, abierto a todos 
los seres y a todas las cosas: "Busca en todas las cosas 
-un alma y un sentido — ocultos", dice en uno de sus 
poemas. Pero no se contenta con esta contemplación 
franciscana y este panteísmo místico, alojador de las lu- 
chas de la vida. El vive cutre los hombres, v no rehuye 
su contacto, ni les niega el consuelo de su ciencia y el 
alivio que lea brinda su profesión. Médico, la ejerce 
durante diez y siete años, y pone la mano en las llagas 
y el bálsamo sobre las heridas. Ni niega a su país, tan 
probado, el raudal «le su talento en la política, la más 
quemante y la más fecunda de las actividades humanas. 
No, él no huye do la vida para refugiarse en una torre 
de marfil : 

"Y le digo a la vida: no vaciles, golpea, 
hunde el cortante filo de tu cincel, transforma 
y renueva mi alma, Lú que .sabes dar forma 
al bronce do un impulso y al mármol do una idea". 

Pero, característica actitud moderna, hcclia la pai to 
do la vida, del combate diario, guarda para el solo la 
'piadosa- soledad de su vida interior: "...Y regresó a 
la tienda de su paz interior". 

V' : — ¿24 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



"Oh! mi divina gruta de goces interiores 

en que la vida adquiere intensidad extraña; 

que sólo yo conozco, que eternamente baña 

mi sol que prende luces y que revienta flores'. . . " 

Pero esto asilo supremo do la paz interior, esc vuxto 
silencio de la.t almas, es todo nobleza y todo elevación : 

"Puedes hundir la mano cu aguas pantanosa.':, 
mas cristaliza el Tango y purifica el lodo. . " 

"Y pasa con tu suave serenidad, y el santo 
repaso de. tu espíritu... pero advertido y presto 
a recoger d-sl polvo con desdeñoso gesto 
la fimbria de tu veste y el borde de lu manto". 

¿no nos dejemos cugaiiui, ala <.i.Úmi^, t r.j¿ ■>»>■•- 
riiwia de serenidad. Más que serenidad es fortaleza, 
supremo pudor «lo hombre, distinción de alma que su- 
fre !•.- la falta de dignidad de toda queja, y de la frita 
de elo-r.-ooMa d* Nulo X., impasibilidad, no; no 

es frialdad de corazón, esa altivez suprema del alma, 
esa generosidad que no admite el turbar dichas n.ionns, 
con el envilecedor acento del gemido. Como esa raza 
estoica del Japón, que recuerda cu muchos de sus con- 
ceptos de la vida, a la serena maje í;...! de Grecia, ol poe- 
ta piensa que es uu crimen contra la dicha ajena, el 
conturbarla con una queja. Y su elegancia de espíritu, 



LUISA L V 1.8 I 

su noble dignidad a quien ofende el grito destemplado, 
en la vida como en la literatura, revela nn dolor mucho 
más profundo, en el leve temblor de sus pestañas, que 
en todo sollozo teatral y en todo llanto afeminado. Los 
que nunca lloraron ponen toda su alma en una lágrima, 
esa "lágrima mía, mía de tal modo, — que si su enigma 
penetrar pudiera — en secreto pavor, no lo dijera — ni 
a tí tal vez a quien lo dije todo ..." Pero hay momen- 
tos en que la marca interior golpea rudamente las pa- 
redes del pecho y pretende avasallarlo todo. Y entonces 
el poeta estalla en "Alarido": 

"Grita, corazón, grita... 

Que tu alarido suene y el gran silencio rompa. 

Grita al mar y a la tierra y al cielo, 

y que el ciclo y el mar y la tierra te oigan. 

Grita, corazón, grita. . . 

Es el único instante, y la sola 

ocasión en que estalle el tumulto 

de una vida sin rumbo y sin normas. . . 

Es el único instante. . . 

Mañana 
ya no será hora. . . " 

:•• La característica de esta poesía es su dignidad y su 
nobleza,. unidas a una gran espiritualidad. Y lo más in- 



__ 226 — 



^ TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORE& 

tcresante, y que revela bien su conformidad con la in- 
quietud mística de la hora, es su actitud frente al Mis- 
terio. Dice Alfonso Reyes, en el prólogo de uno de sus 
libros, que la musa de este poeta se nos muestra sin fe 
religiosa, pero también sin sed religiosa. Yo ÍJamo sed 
religiosa, a la preocupación por todo problema de más 
allá. Y esta sed religiosa, que no es otra cosa que el 
neomisticismo del siglo XX, se revela a cada paso en 
los versos de este gran poeta. El no quiere la dilucida- 
ción definitiva del gran poblema, en el que reside el in- 
terés y la poesía máxima de la existencia, y escribe a 
Amado Ñervo, al comentar uno de sus libros, en donde 
éste asegura que "se acabaron los quién sabe...": "La 
esfinge sin enigma es un monstruo absurdo". La savia 
absorbida por su educación en el positivismo ateo del 
siglo XIX, rechaza la fácil solución do una religión posi- 
tiva; pero el anhelo espiritualista del siglo XX, no le 
permite ser un sensualista o un pagano feliz de la vida 
sencilla de las cosas. Su panteísmo misino es religioso 
y no sensual. Ama en las cosas el alma, y no la aparien- 
cia ; y mucho menos el goce pasajero que prestan a nucs- 
tros sentidos. Esa honda espiritualidad de su poesía, que 
es al mismo tiempo su mayor nobleza, recuerda a la del 
catalán Fernando Maristany, aunque este último, como 
Amado Ñervo, se sienta arrastrado al fin, por la co- 
rriente del neoenstianismo. La dificultad estriba en man- 
tenerse místico, sin caer ni en la religión, ni en el senT 
sualismo. En "La Puerta'', magnífico poema>:en "Uh" 



LUISA L V I 8 l 



Fantasma", esta actitud de sinceridad y de nobleza, 
adquiere loda su serena amplitud. El problema de la 
muerte lo atrae con fuerza invencible. Quisiera creer en 
la vida, de ultratumba, pero la educación combate el 
anhelo del alma. Y este cómbalo, que analizó magistral- 
mente (íu amu no en uno do sus mejores libros, eslá con- 
tenido lodo él, en "ha Puerta'*: 

"Los dos llamamos a la misma puerta 
para sabor un día lo que esconde 
la lóbrega mansión... En la desierta 
inmensidad, el eco nos respondo. 

Largo llamar I... Los maltratados mulos 
do las manos ya sangran, lian corrillo 
con el tiempo las lágrimas... ¡Ob, mudos 
huéspedes sin piedad y sin oído! 

A. veces, un rumor do la lejana 
extensión nos anima; el ansia crece... 
¡oh, triste golpear!. .. En la mañana 
la ilusión de la noche desparece. 

Mas llegará la hora cu que la herida 
mano rompa el orín de los cerrojos, 
y aln'ütimo rincón de la guarida 
penetre la codicia de los ojos. 

'".•» — 22S — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



Y cuando ceda al fin el oxidado 
gonce que afianza la cerrada puerta 
sabrá nuestro dolor que hemos llamado 
ante el umbral de una mansión desierta. 



No se podrá dudar, ante la claridad del símbolo, de 
la preocupación del pocla frente al Misterio; como no 
es posible dudar de la dulorosa consecuencia, o mejor, 
de la terrible solución que da al magno problema: "sa- 
brá nuestro dolor que hemos llamado ante el umbral 
de una mansión desierta". Dolorosa duda, penoso te- 
mor, con (pie la razón responde al ansia infinita del 
alma! So me antoja «pie esta composición está estrecha- 
mente ligada con aquella disputa caiiñu.sa que el poeta 
sostuviera un día con su fraternal amigo Amado Ñervo, 
a propósito del "se acabaron los quién sabe" del autor 
de "Serenidad". "Ííos dos llamamos a una misma puer- 
ta..." ,' l jos ilos'/... Sí. González Martínez y Anuido 
Ñervo. Pero si el primero sólo vislumbró después de su 
llamado, la inanidad de una mansión desierta, el otro 
gran mexi!-:'-'.^ escribió aquella o! ra hermosísima "Puer- 
ta" en donde afirma la renl : d >d de su fe: "Por esa puer- 
ta ha de volver uu día..." De estas dos actitudes, in- 
dudablemente sinceras y nobles las dos, una culmina cu 
la tranquilidad, en la paz do una consoladora religión, 
después del largo ambular por todas las filosofías y to- 
das las religiones. lOs como una soberbia terminación de 
dulzura en el poniente do esa vida (pie 1 se extinguió entre 



LUISA L ü I 8 I 



nosotros, frente al azul horizonte de nuestras playas, en 
un apacible amanecer de otoño. 

Pero hay, más grandeza, más sufrimiento íntimo, más 
dolorosa fortaleza, en la lucha que no termina, del otro. 
Su visicitud lo pone un día frente a frente a un " Fan- 
tasma que vuelve de la muerte. ¿No será, acaso, el 
Lázaro de las Escrituras, resucitado una vez más por 
il genio insondable de Andreieff?: 

"Eíl hombre que volvía de la Muerte 
se llegó a mí. . . Y el alma quedó fría, 
trémula y muda. . . De la misma xuerlu 
estaba mudo el hombre que volvía 
de la Muerte . . . 

lira sin voz como la piedra... Pero 

había en su mirar ensimismado 

el solemne pavor del que ha mirado 

un gran enigma, y torna mensajero 

del mensaje que aguarda el orbe entero... 

El hombre mudo se posó a mi lado, 
y su faz y mi faz quedaron juntas, 
y me subió del corazón un loco 
afán de interrogar. . . Mas poco a poco, 
se "helaron en mi boca las preguntas. . . 

:.* — 230 — 



A TRAVES DE LIBROS 7 DE AUTORES 



Se estremeció la tarde con un fuerte . . 
gemido de huracán... Y, paso a paso, 
perdióse en la penumbra del ocaso, 
El hombre que volvía de la Muerte...'*' 

No, el enigma no será desvelado hasta que cada uno 
de nosotros penetre definitivamente en el hortus con- 
clusus de la muerte. ¿Pero es posible negar sed de mis- 
terio, honda preocupación religiosa, ai poeta que escribe 
tales rimas? 

Esta alta y honda espiritualidad, le da un sentido tan 
fino a las cosas, se agudiza de tal percepción de inma- 
terialidad, que se le vuelven inteligibles el lenguaje y 
los mensajes recónditos del más allá. Tara él, tiene voz 
esa ultra vida que palpita alrededor do nosotros, y que 
perciben sólo los sentidos afinados del alma. 

El escucha voces y recibe extrañas confidencias. ¿Quó 
sutiles fibras del espíritu se ponen en comunicación unas 
con otras, para que el poeta pueda decirnos esas mara- 
villosas palabras, henchidas de sentido divino? Ah! no 
son las palabras humanas, groseras y sensuales palabras 
que nos hablan do la vida mezquina de los hombres, 
transpuesta por un monstruoso antropomorfismo a la 
vida del más allá. Es un lenguaje nuevo, que habla a 
nuevas potencias del alma. Se espiritualiza ésta de tal 
modo, que huye, en extraño volar de su habitáculo, tal 
como lo pretenden los nuevos religiosos; mas no por vir- 
tud de sugestión extraña, sino al llamado poético de otra 

— 231 — 



LUISA L U I 8 I 



alma. Loa versos ejercen su religiosa función, y tornan 
vidente al alma que en sí misma los recoge, tal como fué 
vidente el alma que los escribió. [Noble virtud la del 
poeta que. así nos sabe elevar sobre la carne, en vez de 
sumergirnos en las engañosas seducciones de la sensua- 
lidad!... 



líl 

lis curioso notar ahora, que esta actitud profunda- 
mente espiritualista so va generalizando más y más cu- 
tre los poetas de ambas márgenes del Plata, principal- 
mente, -contrastando abiertamente con la actitud opuesta 
do las mujeres. 

Señalemos, entre los uruguayos, a Sábat Ereasly co- 
mo el que ha llevado a su máxima exaltación esa extra- 
ña videncia del alma, frente a los enigmas que se hacen 
cada vez más punzantes. Sus "Poemas del Hombre" 
llevan la espiritualidad mística hasta la violencia, tradu- 
cida en la cólera de la impotencia, frente al silencio se- 
cular del Cosmos. 331 siente el dolor de la inteligencia, 
detenida en bu vuelo audaz por la materia opaca; y su 
"Imprecación a Dios", aún inédita, tiene toda la fuerza 
de la rebelión de Prometeo, cuyo tormento, hoy meta- 
físico, no ha perdido por eso, antes bien, ha adquirido 
un nuevo y más punzante sentido humano. Como Sábat 

— 2:1-2 — 



A TRAVES DE LIBROS 7 VE AUTORES 



Ercasty, por la fuerza expresiva y los arranques genia- 
les, no conozco ningún otro en América, por más que 
algunos poetas sientan acaso con mayor equilibrio y sere- 
nidad el mismo dolor cósmico de la chispa "divina apri- 
sionada cu la materia obscura. Tal, entre los argcutinos r 
Fernán Félix de Amador, cuya bíblica tristeza, como la 
de la enorme chilena Gabriela Mistral, se agranda de 
misterio y de espiritualidad. 

No conozco sino pequeña, parte de la obra de este poe- 
ta que tengo para mí, por lo poco que de el he leído, ha 
do ser en breve tiempo uno de los más grandes de la 
Argentina. Arturo Capdevila, más humano tal vez en 
su dolor, me parece, menos meta tísico, diré, si así se mo 
permite llamar a este sentimiento, que si bien tiene sus 
raíces en el pensamiento, se hace sentido profundo y 
anímico al relacionarse eon la vida real del sentimiento. 
El ncomisl ¡cismo, (pie no puede transformarse ya en re- 
ligión positiva, pedirá profundamente en la poesía mo- 
derna, animándola rio una nobleza, de una hondura, de 
una espiritualidad que la hacen verdaderamente divina. 

fio imlab'.o del caso es que frente a esta espiritualidad 
masculina, las mujeres han recogido esc sensualismo 
abandonado en poesía por los hombres y han triunfado 
con él como bandera. f,a condesa de Noaillcs, acaso el 
mayor poeta actual de Francia, es exacorbadamente sen- 
sual y erótica; entendiendo por sensualismo el predo- 
minio de lus sentidos sobre el espíritu. Este sensualismo 
la hace amar todas las coxis buenas de Francia, come 



JL V I S A L U 2 S I 



-ella misma lo dice, lo mismo la flor que el fruto (y per- 
mítaseme, a propósito de esto, señalar el desplaza- 
miento, poético hacia los frutos, del prestigio y la aten- 
ción de que habían gozado hasta ahora casi exclusiva- 
mente las flores). Panteísmo, indudablemente, pero pan- 
teísmo puramente sensual, en contraposición al panteís- 
mo místico o religioso de los poetas espirituales, que 
busca en las cosas, el alma, el sentido recóndito, y su 
significado anímico. 

Y como la Condesa de Noaillcs, Lucie Dclarue Mar- 
drus, Rcnóc Vivicn, Ilélénc Vacarcsco. 

Y en América, dos grandes poetisas del Uruguay, Dcl- 
mira Aguslini y Juana de Ibarbourou, son francamente 
«ensílales y eróticas. Más erótica la primera, con algo 
de rctoricismo y moda literaria en sus versos; más sen- 
sual la segunda, en el sentido más arriba indicado, a la 
manera de la Condesa de Noaillcs. Nadie lia hecho resal- 
tar hasta ahora la analogía cslreelia entre estas dos poe- 
tisas, hasta el punto de que una llega a parecer en oca- 
siones remedo de la otra. Extrañas analogías de tem- 
peramento y do. realización, a pesar de la distancia y del 
idioma; cu donde el poco sagaz sólo creería ver una imi- 
tación, cuando sólo hay una estrecha conformidad aní- 
mica. Y Alfonsina Storni entre los argentinos, no des- 
miente esta .actitud, por lo menos sorprendente de las 
mujeres-poetas. Sólo la grande Gabriela Mistral se subs- 
trae victoriosamente a la corriente sensualista que ha 
invadido también a las que apenas se inician; y ha triun- 



— 23-1 — 



4 TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



fado maravillosamente con su verso listado de sangre 
y hiél, como ella lo define, en donde se abre la mística 
flor del cristianismo. . "j : 

¿Será éste, acaso, un argumento en favor dé aquellos 
<juc sostienen la inferioridad mental de la 'mujer? Yo 
no lo creo. La espiritualidad masculina es flor de inten- 
so y prolongado cultivo, en tierra intelectual trabajada 
•de siglos. El sensualismo poético de las mujeres es flor 
■espontánea de rico terreno en barbecho. Ya florecerá 
también, en sus. tierras cultivadas por el estudio y liori-' 
tlamente abiertas por la reja del dolor, la flor 'refinada 
y sutil del esplritualismo poético. 



IV 

Enrique González Martínez realiza, a mi modo de ver, 
con mayor perfección que ningún otro, este anhelo de 
espiritualidad, que lio señalado como la característica 
mayor de su poesía. La elegancia nativa de su espíri- 
tu, lo aleja de la desesperación intelectual de Sábat 13r- 
casty. Su vida serena, colmada, perfecta como una pa- 
rábola geométrica, Jo aleja del dolor más humano de 
Capdcvila; su educación positivista^ acaso también sus" 
estudios de medicina, y el ejercicio de su profesión que 
lo ha hecho seguir de cerca la evolución y la disolución 
de la materia, lo alejan del misticismo cristiano de Ama- 



LUISA L U 1 S I 



dor y de Gabriela Mistral, tanto como de la religión po- 
sitiva do Amado Ñervo. Por el equilibrio perfecto de sus 
facultades mentales y anímicas, el gran poeta mexicano 
realiza un clasicismo que llamaré interno, ya que no so 
reduce solamente a una fría perfección de la forma. Una 
corriente de cálido sentimiento, que no llega hasta la 
expresión concreta sino en contadas ocasiones, moderni- 
za de sensibilidad actual esta poesía profundamente sin- 
cera y humana. Realiza mejor que ningún otro ese ideal 
de equilibrio que señalara Torrcndell como meta a al- 
canzar por los poetas de hoy, entre la perfección del cla- 
cisismo y la potencialidad sentimental del romanticismo. 

Toilos los versos de su primera ¿poca, en especial los 
do "Los senderos ocultos" — la obra preferida del poe- 
ta, — están escritos en moldes clásicos, modernizados, 
más en su fondo (pie en su forma, por la sensibilidad do- 
licadísima del poeta. 

Pero ya en "La Palabra del Viento", sin romper con 
la métrica, y menos con la rima cara siempre a (¡onza- 
leZ/Martíncz, rica con frecuencia y jamás forzada, apa- 
rece una mayor libertad, una mayor flexibilidad de 
ritmo, ya por el desplazamiento do los acentos, ya por la 
combinación siempre feliz de muiros diversos. lína mu- 
sicalidad en armónicos, una resonancia íntima y recón 
dita, transforman la fácil melodía, cu una música más 
compleja y más moderna. 'Pales por ejemplo: "El Minu- 
to Incierto", "Ventura carmina", "La ciudad aldor- 
ta", en las que esta armonía se funde con un alucina- 



— 236— 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



miento turbador, que las transforma cu composiciones 
definitivas. 

En "-Casa con dos puertas", de un simbolismo felicí- 
simo, aparece también por vez primera una' nostálgica 
melancolía que florecerá luego completamente en su úl- 
tima obra "El Homero alucinado". 

En talos magníficas poesías, el ritmo del verso es per- 
íodo, como perfecta es la rima. Nadie confundirá, sin 
embargo, estas composiciones, con las del puro elaei- 
sismo, a causa de la sensibilidad modernísima que las po- 
ndrá y vivifica, imprimiendo cu ellas el sello. inconfun- 
dible do su autor. Tanto los alejandrinos de la primera, 
romo lus endecasílabos de la segunda, parecen adquirir 
un ritmo nuevo, diverso del habitual, a causa del senti- 
miento y de la idea que traducen, a causa también del 
lenguaje usado en ellas, distinto del común lenguaje poé- 
tico, de una trivialidad abrumadora. El léxico de CJon- 
zález. Martínez., pertenece al más puro castellano, y tiene 
a veces, yo no sé qué sabor arcaico, perfumado de mo- 
dernidad: ■ • 

.. .Los versos de eartece se combinan cu la poesía del 
mejicano, de una manera felicísima, con los de unco, de 
cuatro y do doce. Esta inclusión de versos cortos, do 'cua- 
tro, a voces de dos sílabas solamente, en composiciones 
de arte mayor, da a las poesías de González. Martínez, 
una fisonomía cai;uUiíslic.a, al tiempo que las enrique- 
ce de una armonía compleja y diversa, al romper la mo- 
notonía fatigosa ;de jan Orino clásico. Pero donde el 



* o / o A L U I -8- • 

sello de modernidad se imprime con mayor fuerza en to-| 
da la obra de este maravilloso poeta, es en su último 1k 
bro: "El Romero alucinado", el mas característico tal 
vez de toda su obra. . La forma aquí se flcxibilizá de tal. 
modo, de tal modo se afina y se agudiza la sensibilidad;. 
y capta como una antena, las más sutiles ondas aními-. 
cas, que pocas veces hemos encontrado una poesía más; 
fina, más espiritual, más moderna que esta. 

La filosofía sutilísima de Mactcrlinck encuentra en. 
este poeta su expresión más acabada y perfecta. "La pe-, 
sadilla", se emparenta así estrechamente con "La Intrn-. 
sa" del poeta belga, y pertenece a la misma categoría, 
que "La Ciudad Absorta", mezcla de alucinación y de- 
símbolo. Porque en Gonz/ilez Martínez, que está lejos, 
de scr.ím poeta simbolista a la manera de Mallarmc o. 
del actual autor de "La jeunc parque", el símbolo ad- 
quiere, sin embargo, un enorme papel en su poesía. Des-, 
de esa maravillosa "Puerta", que os he leído al comen- 
zar, hasta "El puñal", fino y cincelado como un arma, 
florentina, o en este espeluznante "CJuíu", que es pre- 
ciso conocer, el símbolo se hace el modo de expresión 
habitual al poeta. Pero es un símbolo claro siempre y- 
transparente, profundamente artístico, con que el autor- 
vela solamente, sin enmascararla por completo, como en. 
ropaje de gasas y no cu espesa capucha, la dolorosa y- 
púdica desnudez de su alma. 

He aquí ahora "El Guía", por el que atraviesa algo» 
de ese calosfrío de misterio, de pesadilla y hasta de ex-. 



— 23S — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES. 

.. . ■■ ■ V--V' ■■ '■ wcWZfH 

■ • :-'V;.-' v - • ■ ' •■ " -rís^íra 
traña locura, que salpimcnta y le da tan hondo sabor a-, 
la poesía de este gran mejicano de . la hora presente: *•/ 

"La moneda amarilla 
de la luna angustiada 
cae como limosna en la escudilla 
vacía de la tierra amedrentada. 

Noche de horror y decisivo instante... 

Mil caminos abiertos, 

y mudo el caminante 

i'rente de la maraña alucinante 

de los rumbos inciertos... 

De pronto el guía, la piadosa mano 
(|iic con gesto sencillo 
por la insondable ruta del arcano 
nos lleva cuino al ciego el lazarillo. 

Y estabas loco, hermano, 
fantasma conductor de mi aventura 
al través de las sombras del paisaje. 
Pero no me enteré de tu locura 
sino llegado al término del viaje..." 

El horror de esta marcha, llevados de la mano por 
un loco al través de las sombras del paisaje, es parien- 
te cercano de aquel otro horror de "Los ciegos" de Mae- 

— 2r.n — 




LUISA L U I S I 



terlinck, con quien ya había señalado la afinidad aní- 
mica y el sentido semo jante de lo trágico cotidiano, al 
decir de Papini. En la realidad y en el símbolo — ¿no 
somos acaso todos, ciegos a quienes un loco conduce de 
la mano por cutre el horror de la selva oscura? — es 
tan íntimo y tan profundo ol sentido, (pie estamos ten- 
tados do sacudírnoslo, como nos sacudiríamos una pe- 
sada c importuna ¡dea que nos persigue como un remor- 
dimiento. 

Pero dondo la modernidad del poeta se hace más agu- 
da, es cu la parle titulada "Las sonrisas del tránsito", 
cu las (pie a las veces, aparece como una vaga vislumbro 
ultraísta. Tal por ejemplo: " Radiograma", cuyo título 
nos sugiero la idea de un poema de Guillermo de Torre, 
o de ^Gerardo Diego: 

"Una estrella caula 

cu el ciclo 

su sonata 

de luz y silencio. 

r Millones de estrellas lejanas 

repiten n un tiempo 
f/*£ "el nocturno radiograma 
■'■ del lucero. . . 



Y la antena fina y alta 
que es el alma del Romero 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES • 



siento y capta 

los giros concéntricos 

que le mandan 

las lumínicas ondas del silencio." 

Si la sensibilidad exquisita del poeta no pusiera en 
el poema, la antena fina y alta de sa alma, creeríamos 
encontrarnos frente a un poeta ullraísla. Líu íiuísimo 
sentido de ironía, un atemperado humorismo, pono su 
nota nueva en esta parte del libro. "Ui pareja", "La 
niña do la escuela", "La mosca", "lYdipul", "Danza 
elefantina", y, más que ningún olin, "fias ranas", re- 
velan esla nueva modalidad del poi>ta múltiple que no 
os, sin embarco, como su mismo título lo indica, sino la 
sonrisa pasajera que asoma a flor de alma frente a al- 
gunos seres y a algunas cosas. Todos los grandes poe- 
tas la lian tenido alguna ve/, en su vida, y viene cu esto 
momento a mi memoria, el humorismo de ciertos retratos 
cn¡ la obra del más grande lírico español de la hora 
presento, Juan li. Jiménez. También en González Mar- 
tínez vuelve de nuevo a sonar la nota profunda, como 
que el alma es demasiado grave para roir largamente 
del espectáculo de los seres pequeños. 

Una nostalgia agrega su fino y transparentó tuljal 
cambiante ropaje de esta poesía multiforme, y "El Ro- 
mero aIu.-: : :'.ado" so cierra robre la añoranza do las 
montañas y las costas nativas. Sobre la melancolía del 
otoño de su vida, cae la profunda melancolía del dcs- 



— 241 — 



L ... V . 1 S A L U 1\%$0^ 

tierro, que hace más humana aún y más interesante,' la';' 
fisonomía de este poeta, que al decir de un criticó ar- 
gentino, ni se 'cansa, ni envejece: se transforma/ 

Por otra parte, nadie ha definido mejor la. poesía de 
Enrique González Martínez, que el propio González Mar-;,; 
tínez. ,tv -,..-.x-¿w 

Terminemos nuestra conversación sobre el magnífico 
poeta, con estos versos que son la más exacta 1 exégesis 
de su obra: 

"Quiero con mano firrac y aliento puro, 
escribir estos versos para un libro futuro: 

Este libro es mi vida. . . No teme la mi inda 

aviesa de los hombres; no hay en sus hojas nada 

que no ¿cu la frágil urdimbre di: olnis vidas: 

ímpetus y fervores, flaquezas y caídas. 

La frase salta a veces palpitante y desnuda; 

otras, con el ropaje del símbolo se escuda 

de viles suspicacias. Aquel a quien cxlraííc 

este pudor del símbolo, que no lo desentrañe. 

Este libro no enseña, no conforta, ni guía, 

y la inquietud que esconde es solamente mía; 

mas en mis versos flota, diafanidad o arcano, 

la yida que es do todos. Quien lea no se asombre 

de .hallar en mis poemas la integridad de un hombre 

siu nada que no sea profundamente humano." 



1923. 



242 — 



TRES ASPECTOS DE LA POESIA URUGUAYA 
CONTEMPORANEA: LA GRACIA, LO PIN- 
TORESCO, LA PROFUNDIDAD * 

( Cor\f cunda pronunciada en ¡a UnloctilJaJ Je MontcOfJco, 

Magnífico espectáculo el que presenta hoy a los ojos 
de América el pai.saje lírico del Uruguay. Nunca en la- 
historia de nuestra literatura, fué tan rico el momento, 
de realidades y promesas. Sin alicientes, sin estímulos, 
sin ventajas de ninguna clase, y aún con sacrificios cruen- 
tos muchas veces, la juventud poética de nuestra tierra 
puede presentar a los ojos atónitos de las demás nacio- 
nes, el grupo más compacto, más armonioso y de más po- 
sitivo valer de .toda América . 



L V I S Á' . L U I a I 



Voces aisladas se levantaron en décadas pasadas, con 
armonías sorprendentes : la alondra herida de Delmira, el 
espíritu atormentado de quintaesencia de Herrera y Reis- 
sig, la épica voz de Zorrilla de San Martín. . . pero nun- 
ca una pléyade tan completa y tan homogénea cu sus va- 
lores, como hoy. 

El desconocimiento de nuestra poética pudo permitir 
a Un Salaticl Rosales hablar de decadencia lírica en Amé- 
rica, acallada la voz magistral de Rubén Darío, y a pe- 
sar .de que perduren en ella, la espiritual de González 
Martínez, a quien saludara Francisco García Calderón 
como el más grande lírico americano de la hora presen- 
te, o la autóctona de Santos Chocano, y la armoniosa de 
Guillermo Valencia. 

Pero cuando vibran multísonas los voces juveniles de 
nuestro Uruguay, desinteresadas, puras y nobles como 
ningunas, ya que no pueden aspirar a la áurea consa- 
gración de un Municipio como nuestros vecinos de la Ar- 
gentina, ni a la teatral y anacrónica do nuestros hermanos 
d&ljPcrú, es aosurdo hablar de decadencia lírica en Amé- 
rica. Seguí-amento ninguno de nuestros jóvenes aedas, 
conquistó ya para sí mismo, el cetro americano; ninguno 
reúne él solo, la armonía de valores completos que ha- 
gájE^jd? éf' el poeta por excelencia: fuerte y dulce, com- 
plejo y uno, gracioso y hondo, con toda la variedad infi- 
nita de matices que culmina una vez en cada tierra, con 
,el genio ; mulüforme do un Shakespeare o de un Goethe. 

Péró ninguna poesía de América reúno hoy en su con- 

—"244 — 



A TRAVES DE LIBROS Y ,DE AUTORES, 



junto, como la nuestra, mayor riqueza de matices, mayor 
diversidad en la obra de cada poeta, mayor originalidad, 
mayor perfección dentro de cada matiz. Ninguna in- 
fluencia lia podido avasallar el estro propio, imponiendo 
a la poesía eso sello do imitación servil que la reduce a 
llanura monótona bajo la potencia de una fuerza extran- 
jera. América sufrió, por demasiado tiempo, sobro su 
cerviz doblada, el yugo divino de Rubén Darío, hasta quo 
se alzaron las testas iudomadas de los que hrfbían de con- 
quistar con su propia indiosincrasia la altura do\las ci- 
mas incontaminadas. Imitadora y servil, América unáni- 
me fué por demasiado tiempo versallesca y frivola, ama- 
nerada y exótica. 

Acaso el Uruguay, pasada esa moda tiránica, '.más ti- 
ránica tal vez que otra ninguna, fué quien con mayor in- 
dependencia supo buscar dentro de sí el ropaje lírico que 
convenía a su alma. Y su alma, compleja y varia, rica de 
todas las almas que se fundieron para darle vida, canta 
hoy con variada y compleja armonía de voces. A > . 

No será posible hablaros hoy de todas . Como en el con- 
cierto matutino de nuestras selvas, predominan algunas 
con acentos más cálidos, más vibrantes o más hondos . Eli- 
jamos, pues, entre todas, aquellas que dan una; no^, más 
personal, y que so destacan no solamente en el co$'de 
sus hermanos uruguayos, sino en el do todos los can- 
tores americanos. Sólo de tres voy a hablaros hoy : serán 
los tres que personifiquen, mejor que los otros, tres as- 
pectos característicos de nuestra poesía : la Gracia, 16 • 



— 245 — 



^íítore^^li?' Pr^kindidadl No necesito deciros n^m- 
í-ÉmesY ^^^^i^p^^rpA 'xixiestra * poesía es .lo n^mo ,que, 
nombrar • , a^Júaná A dé'Íbarbourou. Decir folklore,' lo pin- 
tprescp, lo^ractértótico de nuestra .tierra,' es 'señalar' en- f 
tro, nue^s^pe^^^ernán Silva : jaldes {^.no^se piie^ 
de -hablar W de filosofía, do . trascendencia 

poética, ;sm : Jaombrar'.'a' Carlos . SábaV Ercasty. T'.-.V V'-.:;Lu: 
"'• Aun quedan otros aspectos do nuestra poesía que, aca- 
so, encarnan con vigor. parecido otros poetas; pero nin- 
guno.:Con mayor pureza y con más firmes relieves que los 
tres que acabo de nombrar. Otros serán lo épico, lo pri- 
mitivo y rudo, lo cultivado y cerebral, lo cálido y fra- 
terno, ío místico o lo sentimental. 

Juana' de Ibarbourou es demasiado conocida para que 
necesite haceros su presentación. Y, sin embargo, por 
conocida que ella sea en alguna de sus composiciones, aún 
es ignorada en ciertos matices do su alma, acaso los de 
mayor valor. 

Intimos y afectuosos lazos do amistad que a ella me 
ligan, me permiten tal vez mejor que a nadie, descubriros 
esos matices, que hacen de Juana algo más que la ninfa 
bella y despreocupada de sus poesías más conocidas. 

Fresca, juvenil, encantadora, Juana apareció en el es- 
cenario lírico de América, en el instante propicio que 
necesitara su triunfo. 

Nuestro mundo occidental, el único que consideramos 
en nuestro egoísmo, como existente, salía apenas de la pe- 
sadilla de la Gran Tragedia. El espíritu, intoxicado de 



— 246 — 



horror, «estrado j a para^rsgb^^r^g^ 
: pusmó de la -¡sangre yaa?devastaci6nj?^!^^ían^^era-^ 
•do, a la.más exacerbada ^e^tíá^m^í^^xü^^^^^Í_ 
dolor, .moral y . físico ; ¿avenena^ 
dreiéff ¡y de Leonard Francia' cü.eüf*hó'^ún^^^^^^^^^ 
perada ■•la fresca voz de-agua Warxoyo, 'de^ljma^rfu^í 
mádaj de alondra matutina,' cuyos acentos "Labia aívidado 
ya entre el fragor de las ametralladoras '■y$$i^téí¿TÍ¿' 
irrespirable de los gases asfixiantes. . .>^^¡.S:í-;?:íV 

La tormenta bíblica, el terrible castigo del Jenby^/íirri- 
tado contra los humanos, so alejaba ya bajo la . sombra pa-. ■■ 
cificadora de Versallcs. Era entonces, la reacción violen- 
ta de la post-guerra . La humanidad, sedienta de placer, 
de frivolidad, de olvido, quemó alegremente cn ; Jos últi- 
mos rescoldos de la guerra, sus grandes preocupaciones 
trascendentales ; y la Idea, grave y profunda, se inclinó, 
vencida, ante la Imaginación deslumbrante y engañadora. 
Fué el reino de la novela de aventuras, de los dancings 
y de los cinemas. Los hombres se rebelaron tenazmente 
a pensar y a sentir, en una salvadora reacción de sú sen-, 
aibilidad, abocada a la locura de la "Bisa Roja", o al 
embotamiento de los egoísmos desatados. 

Epoca de desquiciamiento, de desequilibrio, en que vi- 
mos nosotros, que alejados del escenario de la tragedia 
teníamos un poco más de serenidad, vimos, decía, extta-. 
ñámente sorprendidos, a las viudas recientes aligerar pus 
velos y acortar sus faldas para danzar más libremente;'- 
vimos a los inválidos olvidar sus heridas para bailar gro- . 



L¿¿ V;:;kJ • a A - U Z .,S 1 



tescamente en un doloroso espectáculo de heroísmo ridi- 
culizado; vimos,, a Europa enloquecida, reír, reir en su 
danza frenética* alrededor de la hoguera en donde termi- 
naba do consumirse una civilización magnífica, y en don- 
de echaban todavía fulgores deslumbrantes, antes de pe- 
recer, los últimos ideales de pureza, de rectitud y de des- 
interés. 

El mismo frenesí de las pasiones desatadas, había do 
aquietarlas otra vez ... La salvadora reacción de la sen- 
sibilidad la conservó, y aun la afinó. El placer no podía 
colmar el vacío enorme que dejara en las almas el fracaso 
de todo ideal. . . En una humanidad profundamente sa- 
cudida, cada espíritu se afianzó en una raíz diversa ; y, 
como monstruoso tentáculo que quisiera agarrarse del 
cielo| pava no caer, se levantó la nueva fe del misticismo 
de post-guerra. 

Tal era el estado espiritual del mundo do Occidente, 
cuando en .esto perdido rincón de América, se oyó la fres- 
ca y dulco voz. de Juana de Ibarbourou; y ávida de se- 
renidad, de paz y de alegría, América escuchó suspensa 
y, estupefacta, el cantar do esa alondra que, como el rui- 
señor del monje de Valle Inclán, le hizo olvidar el rá- 
pido correr de las horas y de los días. . . Como una voz 
dé lá£Ñaturaleza que nada sabe de sí misma, esta chicue- 
la venida de Meló por los azares de un matrimonio ju- 
venil, cantó su verso, ignorante o inconsciento de su pro- 
pia oportunidad. 

'A ñadio sorprendió más quo a ella misma ese triunfo 



-r 248 — 



\A V T&ÁVES. -DE: LIBROS- Y DE AUTORES 



sin precedentes en la. literatura americana. Un artículo 
de "Caras y Caretas" dió la vuelta a América. Su re- 
trato apareció en todas las revistas ; y España y Francia, 
que habían vuelto los ojos a este continente, en busca de 
una amistad que desdeñaran durante tanto tiempo, so 
apresuraron a recoger este nuevo valor literario, y a en- 
salzarlo y a patrocinarlo, como gaje do solidaridad es- 
piritual. La Editorial "Cervantes" coronó la obra con 
la inclusión de Juana entre los mejores poetas del mundo. 

Bien pudo decir entonces la milagrosa criatura, que so 
acostó una noche desconocida, y amaneció gloriosa. Un 
coro de alabanzas encendidas ln rodeó romo en una nu- 
bo de incienso, la envolvió, la marcó, con su perfume de- 
masiado capitoso. i Qué hubiera sido de ella y de su obra 
futura, si el destino, previsor una vez más, no la hubiera 
arrebatado de pronto a esa atmósfera enervante de los 
éxitos prematuros, para transportarla cruelmente a la 
aridez y la desolación de Santa Clara de Olimar?. . . Mu- 
chas veces hemos conversado largamente, verbahncntc y 
por carta, con mi buena amiga, de este trágico contras- 
te. Sola, alejada del bullicio y de la ficticia atmósfera de 
la adulación, Juana pruLó, por voz primera, la amargura 
de las ingratitudes, la falsedad interesada de eiortas ala- 
banzas, la fragilidad y la inconsistencia de la gloria . Su 
espíritu niño maduró de golpe a la temperatura cruel del 
dolor; su voluntad se templó en la soledad; su alma se 
encontró ella misma frente a la realidad verdadera de 
su propio valer. T en esa amarga revisión de sus afectos 



— 249 — 



y dé sus amigos/ volvió engrandecida de sufrimiento y 
de vigor: i ' .'■ , . • 

""He aquí a Juana, a la verdadera Juana ; mujer, ya no 
amante solamente; mujer dolorosa y^ueya,' renacida; en 
el crisol refonnante ; 'de;la^ida';^que sabe* .;ile "'amarguras» : 
y sabe 'dé amores más hondos que el amor do .la carne; 
que sabo de placeres mas austeros que la gloria ; que sabe 
de sacrificios y de deberes, y de renunciación. 

Si en "Las Lenguas de Diamante" la nota del dolor 
sonaba falsa, cuánta sinceridad, cuánto dolor, hay en 
"La Cisterna", en "Campo de Piedra", en "La Can- 
ción" en "Tregua", en "Cementerio Campesino"!... 

Esta es la Juana que quiero haceros conocer. Nada lia 
perdido de su gracia, que es en ella don del ciclo ; pero 
ésta se ha hecho más grave, con una melancolía dolorosa 
que la hace amar por más humana. Porque sólo el dolor 
nos acerca verdaderamente, y el placer nos separa, sin 
unirnos más que con vana apariencia pasajera. Ya no 
la buscarán los que sólo deseen el olvido pasajero de sus 
penas en el placer sensual de sus primeras poesías, cuan- 
do ofrecía a la imaginación de sus lectores, el marfil do 
su cuerpo en "La Cita", sus ansias de enamorada en "La 
Espera", su sensualidad impaciente en "La Hora" y en 
"Ofrenda", su gracia fresca y campesina en "Salvaje", 
en "Ecbelión", en "Fugitiva". Pero la amarán con más 
honda ternura los que busquen su alma bajo la belleza 
pasajera de su rostro, y saciarán su sed de humana sim- 



— 250 — 



patía en el dolor, de 'La.^bp^dágnm^ 1 1 
Bolada tristeza do;" Oémenteno^C^p^i 




La otra, la Juana de ''Las ;Len^as|dé^ 
de .'/Raíz Salvaje'.', tiene ..una ? álegríá 
cúeñtra en sus últimas compMcibnés^ 
y voy a definir de una vez mas 'est^'-'-térmno^gu^B^^ 
se interpretó en otra ocasión — su sensualismo, -.que . es , 
predominio de su vida física, de sus sentidos'ffréscbs 11 y y 
agudos, de su visión maravillada, de su oído aténto^dé ' 
su tacto voluptuoso sobre la carne aterciopelada ^e/ia- 
fruta o sobre las mejillas fragantes de su lujo, su sensua?'' 
lidad, que es predominio de sus sentidos sobre las' preócü-' 
I)acioncs abstractas de la Idea, su sensualismo primitivo 
de niño ávido ante el espectáculo maravilloso denlas có- 
sas, la acerca demasiado a la condesa de Noailles, • para 
que encontremos en Juana toda la personalidad original 
que hubiéramos deseado. ■' 
"Nocturno", por ejemplo, de la poetisa francesa, es la 
misma desesperación que traduce Juana en "Vida Gar- 
fio", por la brevedad de la vida, y el contraste desolador 
de la juventud y la belleza, con la frialdad y la desinte- 
gración total de la materia. El mismo panteísmo sensua- 
lista, las hace desear a las dos transformarse en flor paira - 
no renunciar definitivamente a su belleza; y es curioso 
comprobar que ambas hayan pensado en los lirios, j-an- 
los lirios morados, para perpetuar su tránsito, por- la .'tie^ 
rra. • .'; V *f¿ : 

Juana, sin embargo, no conocía a la poetisa f ranee-. 

.,' .-r;pw r í 

— 251 — .'. ■■■■■■ r-^i-^fiM 



L ü . I S A .,' L V 18 1 



sa;.no lee siquiera el francés. No hay, pues, ni puedo 
haber, el menor asomo de una posible imitación. Hay sí, 
y esto es lo sorprendente, una tal semejanza de tempe- 
ramentos, y hasta de realización, que no se puede leer 
a Juana sin recordar de inmediato a la condesa de Noai- 
Ues. En las dos existe el mismo sensualismo exacerbado 
que haco desear a la francesa "morder al verano como 
sabroso fruto". Ambas tienen tan honda la sensación do 
la Naturaleza que experimentan idéntica necesidad do 
compenetrarse con ella; el mismo estremecimiento de la 
materia al llamado de la primavera; la misma erótica 
violencia a las sugestiones voluptuosas do verano. Más 
cultivada la francesa, más refinada también, es también 
más complicada, a veces contradictoria; pero igualmen- 
to apasionada y erótica. 

Su amplia cultura so trasparenta en numerosas alu- 
sioues ; y su frenesí, más agudo, más afiebrado que el do 
Juana, se complica con mil citas literarias . Tieno, como 
la nuestra, el mismo amoroso cuidado por su cuerpo ; la 
misma complaciente delectación en su belleza, a la quo 
mezcla el olor do las frutas y la dulzura de las coro- 
las... 

Juana do Ibarbourou, más ingénua, más fresca, no tie- 
ne, sin embargo, la fuerza lírica, la sabiduría, la expe- 
riencia do la condesa de Noaillcs, aunque en bus versos 
sea la imagen generalmente, más transparente y más se- 
rena. 

Do Delmira Agustini, tiene Juana el erotismo franco, 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



aunque también más sano, más fresco y más ingenuo. Hay- 
analogías profundas entre estas dos mujeres, por más 
que ellas no sean las que acostumbran a señalar con de- 
masiada frecuencia los críticos. 

Lo que sorprende ante todo en ambas, es esc fenómeno 
de mediumnidad de que habla Mactcrlinclí como explica- 
ción del trance tic inspiración poética. Para el filósofo 
belga el poeta no expresa sus propios estados do concien- 
cia, sino aquellos, que le dicta, a pesar do sí mismo, un 
genio, un deinon, una musa como la llama el lenguaje po- 
pular. Y afirma como argumento, por lo monos descon- 
certante, esa especio de mandato, de fuerza superior que 
lo obliga a escribir, y que el poeta obedece, como a la voz 
de un imperioso deber: tal como el médium a las sugestio- 
nes de su hipnotizador. 

Y cómo se siente uno tentado de dar su aquiescencia 
a la seductora teoría, ante casos como los de estas dos 
mujeres sin antecedentes familiares de ninguna tradición 
poética; sin cultura literaria ni científica; sin lectura 
casi, alejadas do la Capital cu la época en que se gesta 
y madura el espíritu, falto de toda atmósfera de ideas y 
sugestiones, que en las grandes capitales, suple para tan- 
tos individuos la sistematización de la cultura!. . . 

¿Cómo, cu Delmira, pudo surgir tan honda concepción 
filosófica, tal profundidad de pensamiento, que hizo afir- 
mar a Vaz l'Vrroira, que es ya asombroso que a esa edad 
fuera posible, no ya escribir tales versos, pero ni siquie- 
ra comprenderlos 7 . . . 



— 253 — 



LUISA -:.:Z U. ,1 ■ ii ,¡j5..'v¿ 



i Y cómo, en la lejana ciudad de Meló, oyendo hablar 
el pésimo, lenguaje de nuestra campaña y hasta el do 
nuestra orgullpsa Capital, puede Juana do Ibarbourou 
escribir sus versos impecables, de un casticismo, de una 
pureza verbal y de una riqueza de léxico admirables. . . ? 
¿ Quédemon le dicta al oído esas expresiones de una sen- 
cillez y de una claridad de agua de fuente ; ese gusto se- 
guro, preciso, que limpia su estrofa de todo lugar común, 
de toda vulgaridad, y la viste con imágenes de una ele- 
gancia tan fresca y tan graciosa ? . . . 

Es preciso aceptar la explicación de Matcrlinck ; o bien 
considerar al poeta como una fuerza más que brota de 
la Naturaleza con la misma misteriosa vitalidad de las 
otras fuerzas. Lo mismo es confesar nuestra ignorancia 
y nuestra incapacidad frente al Mi.síeiio. 



11 

Agreste como nuestra alondra poética, como ella, ena- 
morado de nuestra naturaleza y del alma pintoresca do 
nuestra campaña, Fernán Silva Valdés, es el aspecto vi- 
ril de nuestra poesía propia, de nuestra, poesía del cam- 
po. Si Juana tomó de ellos la primavera, la frescura, el 
perfume, Silva Yaldés tomó lo pintoresco, un poco rudo 
y esencialmente original de nuestras cosas. Más cerca 
del hombre, sin embargo, que de la naturaleza, Silva can- 



— 254 — 



A ^TRAVES DE LIBROS : Y DE AUTORES 



ta las costumbres, las cosas, los aspectos "humanos" de 
nuestra campaña. Si a Juana seduce antes que nada, la 
vida agreste de las plantas y la suya propia; Silva se ena- 
mora del gaucho y canta su vida pintoresca y original. 
Esta voz de payador "civilizado", llegó en momento ^opor- 
tuno, cuando nuestra independencia intelectual de la vie- 
ja Europa es, si no una realidad conquistada, por lo me- 
nos, un anhelo hondo de todos los que piensan con amor 
en el porvenir de América . Ese americanismo tan mano- 
seado por políticos y literatos, empieza solamente hoy, 
cuando nuestros artistas levantan por fin los ojos de los 
libros que los tuvieron por tanto tiempo encadenados, pa- 
ra pasearlos, libres de prejuicios literarios, por el paisa- 
je magnífico que los rudea. Es, finalmente, el auge de lo 
autóctono. Es redro Figari conquistando de un golpe la 
fama ante compatriotas y extranjeros, cou sus cuadros do 
costumbres nativas; es Eduardo Fabini, imponiendo con 
su "Campo" las melodías folk-lorianas, elevadas al rango 
de música sabia; es Silva Valdés dignificando cu poesía 
noble los temas y los aspectos puramente regionales quo 
cantaran Elias Regules y "El viejo Pancho". 

Americanismo do buena cepa, que hasta hoy había te- 
nido como únicos representantes en los americanos del 
trópico, el romanticismo de "María" de Jorge Isaac, el 
costumbrismo poético de Luis Carlos López, el flokloris-"' 
rao de los cuentos del venezolano Archcpoll . Ya, en nues- 
tra tierra había nacido, sin embargo, para la novela, con 



— 255 — 



L V I S A L V. 1 8 1 



el vigoroso talento de Accvedo Díaz, de Carlos Reyles y 
do Javier do Viaua. 

La poesía, como la música, quedaron atrás. Antes quo 
ellas, y descontando, naturalmente, la poesía puramente 
regional del Martín Fierro, se independizó la pintura por 
el talento do Cúneo, de Blancs Vialc, de Baz/.urro, de Ar- 
zadun, y de algunos otros. Es sugestionante el hecho de 
que aparezcan al mismo tiempo el poeta y el músico de 
nuestros campos. 

Silva Va Idea tiene el genio de la imagen. En sus ver- 
sos centellea con deslumbramientos de gema; se prodiga, 
con una riqueza que ciega y encanta; y ñas aturde con 
la variedad infinita y siempre certera de sus matices. 
Este predominio de la imagen sobro la idea y el senti- 
miento, nos recuerdo a veces a Santos Choeano, de quien 
tiene también nuestro poeta, la fuerza evocadora y el 
amor por las cosas nativas. Pero su forma libre de todo 
ritmo monótono y de toda rima cascabalcautc, al diferen- 
ciarlo por completo del peruano, lo asimila a las nuevas 
escuelas literarias de las que tiene el amor un poco des- 
ordenado por la imagen, y la libertad absoluta de la 
forma. 

Como los ultraístas, a los que, sin embargo, Silva no 
pertenece, es cerebral y objetivo. Es un maravilloso pin- 
tor do nuestros campos y de nuestros hombres, un colo- 
rista do primera fuerza, un agudo observador de matices 
y de relieves característicos. 

Nadie pinta mejor que él en una imagen, "la cinta ce- 



A TRAVES DE LÍBEOS Y DE AUTORES 



leste del arroyo, el tiento torcido del sendero, un nido es 
una flor con petalos de plumas, el sauce es el af fiche de 
la melancolía, el arroyo que es bueno, con su propia agua 
herida le va colgando flecos, etc. " Una carreta pasa, una 
tropilla de potros, un alma cu pona ; Silva los mira pa- 
sar y en ól so enciende el alma perdida de nuestras cosas, 
luis descripciones de su "Agua del Tiompo", un poco 
frías, demasiado objetivas, demasiado pintorescas, dema- 
siado vestidas de imágenes, van cobrando en sus últimas 
composiciones, una emoción que no lonían. Bajo el ''co- 
lor local" un poco forzado, va asomando una ternura nue- 
va, un sentido humano que las univcrsalr/a. Silva Val- 
des gana en profundidad, se afina do sensibilidad aún 
oculta y como bajo tierra, pero (pie ya anima sus paisa- 
jes con una palpitación que antes no tenían. Bajo su apa- 
riencia pintoresca, el poeta descubre el sentido recóndito 
y la melancolía quo hacen de Moni ¡el un cuentista tan 
nuestro y tan humano. 

En "El Espinillo" la imagen centellea siempre con 
oportunidad y con certeza. Vemos brillar el candelabro 
encendido en borlitas de sol; pero ya el sentido humano 
se hace visible y el poeta personifica al árbol, dotándolo 
de un alma: "envidiable destino ser cada vez mejor!..." 
Sin esta transfusión de alma a las cosas que nos rodean, 
la poesía, por hermosa que sea, tiene una impasibilidad 
que admira, pero que uo conmueve. Y esta personifica- _ 
cin, esta identificaein del poeta con todos los seres y to- 
das las cosas, es lo que la unlversaliza y la eleva, del 



u i s « ! ü '•■••i • z; r '^s^ j 

;trecho regionalismo, a la amplia esfera de la huma- 
idad. 

Ese contacto directo del poeta con su paisaje propio, 
;e regionalismo "vivido", es necesario y hasta indispen- . 
ible como sinceridad, como realidad, como punto do par- 
ida para llegar por medio de él, a una concepción más 
mplia y universal. Pero sólo como punto de partida, co- 
10 iniciación, como base donde asentar la planta antes de 
•mar el impulso definitivo hacia la universalidad. Nues- 
r-a literatura, en especial la poética, se resintió hasta 
hora de una falsedad de visión que la impidió alcanzar 
i desarrollo total. Desde Herrera y Iteissig hasta Lcrc- 
a Acevcdo, el poeta mira con los ojos do sus autores fa- 
oriios. El primero, por un prodigio rlH talento pudo 
scribir sus "Sonetos vascos" sin haber puesto la planta 
;i tierra extranjera, sólo por la evocación de sus lcetu- 
us en su hermética "Torre de los Panoramas". ¡Qué 
queza do poesía, qué maravillosa riqueza de poesía nos 
ubicra legado nuestro malogrado compatriota, con poco 
ue hubiera consentido en salir de su torre para mirar 
on ojos propios el paisaje, las cosas verdaderas y los sc- 
cs de carne y hueso que lo rodeaban «... 

Acaso por eso mismo, la reacción siempre exagerada, 
izo abominar de la cultura a quienes quisieron por ese 
amino equivocado, conquistar su propia personalidad. 
' creyeron que la ingenuidad de la visión, la inconcicn- 
ia de los sentidos, que hacen del verdadero poeta un ni- 
.0 que despierta por vez primera al maravilloso espec- 



— 25S — 



A TRAVES DE LIBROS Y P$ AUTORES 



táculo de la naturaleza, al decir del f ilósof o, se alcanzaba 
solamente por la ignorancia absoluta, virginidad comple- 
ta del espíritu frente al panorama cada día renovado del 
universo. Profundo error, o inconsciente exageración, que 
puso de moda la originalidad, confundiéndola con la in- 
cultura, como si el más cerril de nuestros troperos, pu- 
diera ser, por eso mismo, el más grande de nuestros poe- 
tas!... 

Culi ura que no se transforma en sangre y carne del 
espíritu, es seguramente, cultura funesta, que aboga to- 
da personalidad. Pero bendita sea la cultura que es abo- 
no indispensable para que puedan brotar de 61, las ro- 
sas" maravillosas de la originalidad!... 

Los sentimientos humanos podrán ser en todos los 
hombros, fundamentalmente los mismos; pero ¡qué dife- 
rencia «le expresión, entre el grito instintivo del salvaje 
y la perfección do una obra lírica cierna!... Jamás el 
primero escalará las cumbres magníficas del arte, que 
floreció prodigiosamente en la atmósfera prodigiosamen- 
te cultivada de Grecia, y en la atormentadamente com- 
plicada del renacimiento italiano!. . . 

Mirar con ojos propios nuestras propias cosas, no es 
mirarlas con ojos de ignorante. Abiertos a todos los pai- 
sajes, sabemos distinguir mejor los matices característi- 
cos de nuestros paisajes nativos. Nunca se quiere más 
la propia morada que cuando hemos estado ausentes de 
ella; nunca se avaloran más las bellezas de nuestro cie- 
lo, que cuando hemos contemplado ajenos ciclos. 



— 259 — 



LUISA L TI I 8 I 



Silva Valdés cumplió también su peregrinaje litera- 
rio ; y después de perderse en los exotismos y las dcea- 
deneias do una literatura artificial, volvió sus ojos en- 
candilados de visiones exóticas, al paisaje nativo, y lo 
apresó por vez primera con sus pupilas nuevas. .1:11 de- 
cadentismo falso de "Humo de Incienso" y do ".Anfo- 
ras de barro", fué necesario a la gestación del poeta 
fuerte y original, que supo "ver y sentir" nuestras co- 
sas después de haberse perdido cu las complicaciones de 
las cosas extrañas. Niño, el poeta habitó la campaña, 
.sin que ella penetrara en su alma más que en las viejas 
costumbres adquiridas. No llegaron a sus primeros ver- 
sos, las fragancias do las brisas y de los paslos, el libre 
relinchar de los potros, el brioso elariueo de los gallos, 
cu nuestras claras mañanas de sol. 

Alas cuando, intoxicado de ciudad y de literatura, 
volvió ya hombre a restaurar su cuerpo y su alma en la 
rudeza de nuestros aires campesinos, sus ojos contem- 
plaron con asombro, como si por primera ve/, so abrie- 
ran a la maravilla del paisaje, el rancho y la carreta, el 
espinillo y el arroyo, redeseubieHn .; por el eonl-.asie e-m 
la pasada vida ciudadana. 

lío aquí que. Silva Valdés, para felicidad de las letras 
nacionales, "vé" nuestros campos a través del prisma 
i'cctlt'icador del contraste. Sus ojos se hacen nuevos, 
por haber sido manchados por la vulgaridad de las ciu- 
dades y el veneno de las literaturas. Bendito veneno, 
que hizo brotar del alma prematuramente agostada u:í 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



poeta, la frescura límpida y tersa de su "Agua del 
Tiempo", riego fecundo para nuestra litoratura aride- 
cida ! . . . 

El poeta vuelve a la ciudad, y en el afanar de sus ta- 
rcas, cobra una realidad más viva en el recuerdo, la 
campiña florecida, la amplia libertad de sus ciclos ; y la 
vida sana y primitiva, so hace "alma", sentimiento, hu- 
manidad. Así se enriquecen las eomposicones posterio- 
res, de ese humanismo que les faltaba. 



III 

Ningún lazo de afinidad espiritual une a Sábat Ur- 
cas ty con estos dos poetas nuestros por su amor a las 
cosas del terruño. Sáhat Ereasty pudiera lo mismo sor 
uruguayo que hindú, francés que persa. 

Por dos caminos puede llegarse a la originalidad; por 
dos caminos puede llegarse a la universalidad. Partien- 
do dol regionalismo, para desentrañar de ól el alma pro- 
pia y la del universo, como en los poetas objetivos, en- 
tre los cuales es preciso colocar a ¡Silva Valdés; o bien 
ahondando en el espíritu propio hasta encontrar su raíz 
universal, como en los poetas subjetivos, entre los cua- 
les es necesario colocar al último. Este ivnnino es tal 
vez el más penoso, a causa de los formidable* escollos do 
está erizado. Señalemos el más común, qne es la 



— 261 — 



vulgaridad. A flor dé alma están, propicios a todas las 
manos que a ellos se tiendan, los sentimientos más uni- 
versales, y por* lo mismo, acaso, los más impersonales : 
ol amor, la muerte, el dolor, ia ausencia, la fraternidad 
universal, a quienes cantan todos los malos poetas,. vis- 
tiéndolos con el ropaje gastado de los lugares comunes 
de la literatura. Cantar lo objetivo es ya, .para esta 
clase de poesía, una primera etapa de superioridad. 
Kl poeta objetivo por lo mismo que no reedita las vulga- 
ridades conocidas, es ya muy digno de que se le tome en 
cuenta. 

Pero quien desdeñando por falso el metal que se re- 
viste, de apariencias do oro, baja a la cantera viva de 
su alma para arrancar del bloque sangrante el metal 
precioso: el que bajo los acentos conocidos arranca la 
HÍnccridad de su propia alma con un acento que nos sue- 
na a nunca oído ; el que con ojos nuevos y alma expe- 
rienlc mira dentro de sí, y allí elijo el metal verdadero, 
desdeñando el falso; el que nos da más honda el agua 
de hu propia fuente, esc está más cerca todavía de la 
universalidad, porque ha partido de lo más profundo de 
bu individualidad. Camino subterráneo éste, ziszagucan- 
to, obscuro, lleno de bifurcaciones, por donde se extravía 
el que no va provisto de una brújula que no engaña: 
la sinceridad; y de una luz quo no se apaga: la honra- 
de/, artística. No llegará indudablemente, con estos solos 
guías, quien no lleve dentro de sí la cantera de rico 
molal, el hondo abismo de una conciencia compleja y 



— 2G2 — 



*Á i: TRÁVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



múltiple, en donde se trenzan, en intrincado nudo, las 
raíces de todas las almas. ■' 

Tal, Sábat Ercasty. Sus "Poemas del Hombre V son 
tan frondosos de íntimos y profundos pensamientos, tan 
sangrantes de un dolor que no es ya personal, sino de 
toda la humanidad, que al leerlos nos sobrecoge el tur- 
bador sentimiento de que no es un hombre, sino todos 
los hombres a la vez, que cantan. Este dolor no es si- 
quiera un dolor de presente, que mitiga, con el lento 
rodar de las horas, el Tiempo que todo lo suaviza y apla- 
ca. Es un dolor tan antiguo, tan remoto y tan eterno 
como la misma conciencia, y que crece con los días, y 
se aviva en la marcha vertiginosa de los años y de los 
siglos . 

La voz de este poeta es tan enorme, que por ella ha- 
blan los poetas de todos los tiempos y de todas las ra- 
zas. Su universalidad abarca el más vasto, el más am- 
plio, el infinito horizonte de toda vida, y de todas las 
vidas, el sufrimiento cósmico que es el vital impulso de 
toda energía que existe, y que por existir, es sufrimien- 
to. Pero su enormidad no radica solamente en la in- 
trincada selva de pensamientos que hacen inclinar como 
una rama demasiado pesada, por sus -"frutos, el verso 
compacto y opulento. Su enormidad está eu las raíces 
mismas de su dolor, en lo recóndito de sus abismos d¿v. 
conciencia, por donde toda la humanidad antigua y pre- 
sente, exhala su queja eterna, su sed incolmada, su in- 
finito anhelo de elevación y de absoluto. Es la chispa 



¿. 77\-. ISA L ü 13 I 



divina de Prometeo que ha incendiado la selva de esa 
alma que, al quemarse en el fuego sagrado, arranca res- 
plandores quo deslumhran y ciegan. 

Por lo vasto y profundo de su obra se ha querido ha- 
cer derivar a esto poeta, de otros dos grandes poetas 
modernos : el nórdico Walt Wattman y el belga J'Jmilio 
Vcrhacrcn. Una semejanza de forma, y aun superficial, 
puede hacer confundir al lector poco versado, la obra 
tqda de actualidad, de presento, do vida activa y Eísiea 
del épico poeta del trabajo, con la obra cosmogónica del 
nuestro. Si la espesa y formidable producción del belga, 
con quien indudablemente tiene mayor afinidad Sábat. 
Mrcasly, os tan rica de pensamiento y tan copiosa iln 
forma como la del uruguayo, son diferencias todavía 
fundamentales las quo alejan al autor de "Les Forces 
Tumultué uses", de nuestro compatriota. La filosofía de 
la vida no ha ochado en aquél su* raíces en los hondos 
abismos metafísieos de la conciencia última, como en és- 
to; y su obra admirable vive en la realidad cambiante 
de la vida, cuyos rostros diversos y siempre nuevos ha 
cantado el belga prodigioso con el corazón y los nervios 
de su época. 

Para Sábat Hreasly no existen ciudades tentacuiares 
que cantar. La amplitud de su visión ha traspuesto to- 
dos los horizontes concretos para levantarse de un gol- 
pe, en alas de su inspiración ebria, a las más altas cum- 
bres del pensamiento abstracto, en donde la razón ex- 
perimenta el vértigo do su propia debilidad. Una os- 



— 264 — 



A TRAVES DE LIBROS Y DE AUTORES 



pecie de delirio sagrado lo posee ; y no es ya él mismo 
quien escribe, sino el genio invisible de una civilización 
y de una raza secular. 

La inspiración divina se apodera de la razón del poe- 
ta, incapaz de detener la marcha vertiginosa del pen- 
samiento a través de los abismos de luz y de sombra, 
por los que a voces atraviesa una adivinación maravillo, 
sa y por veces se presiente el naufragio doloroso de la 
conciencia enceguecida. Confieso que a veces este poeto 
me asusta un poco. Hay algo de extrahumauo en su 
poesía; algo que no es fácilmente explicable. El mismo 
me ha asegurado que queda muchas veces extenuado al 
salir de eslos trances poéticos, tan semejantes al delirio 
sagrado que so apoderaba de la Pitonisa cuando había 
de predecir lo futuro en el santuario do Dclfos. Este 
gran niño de ojos azules no se da cuenta él mismo del 
terrible poder do su poesía; y muchas veces me he pre- 
guntado sorprendida, qué. oculta potencia lo domina pa- 
ra dar a su verso la fuerza delirante, el soplo magnífi- 
co que lo levanta a cúspides tan altas y tan solas. 

Cuando leemos a olios poetas, grandes, magníficos 
poetas de la antigüedad, sentimos a través de su poesía 
el genio ordenador y calmo que la preside como la mú- 
sica numérica de Pitágoras. En este poeta, todo desapa- 
rece ante la fuerza tumultuosa c indomable que se apo- 
dera do él mismo, y pur su intermedio, de nosotros; y 
todo lo avasalla, y todo lo arrastra en el torrente de sü 
propia grauúe¿a. En estos momentos de exaltación poc- 

— 2C5 — 



¿ 77 S A. L U S I 

tica, se siente á la razón "que pierde pie en el misterio" 
y nos arrastra a las simas vertiginosas en donde arries- 
ga cada día su integridad. 

Un soplo de locura, de locura divina, lo levanta y lo 
abate como el viento trágico de la grandeza y de la pe- 
quenez humana. Un delirio de la voluntad, un ímpetu 
exaltado de afianzarse en sí mismo, de "ser", a pesar 
lie todas las limitaciones y de todos los obstáculos, lo 
arroja en una violenta rebeldía contra los muros que 
se oponen a la marcha victoriosa de la inteligencia; y 
6us nervios y sus músculos, tendidos hasta romperse en 
un acto de voluntad espiritual, le arrancan esos gritos 
impetuosos en los que la vida más alia se escapa en la 
desesperación intelectual de la impotencia humana. 

En ninguno de sus libros esta fuerza exaltada llega a 
una violencia tal como en "Los poemas del hombre", 
para rní el libro capital de estu poeta. 

Ya no alcanzará el poeta los trágicos acentos de es- 
tos magníficos poemas. "El libro del mar" continuará 
el enorme plan que se trazó el autor, y su simbolismo 
profundo nos sorprenderá por la inmensidad de su con- 
cepción. Podrá de nuevo el poeta perderse en la em- 
briaguez do su propia inspiración, y confundirse con el 
mar en la alegría violcuta de sus olas, que se encrespan 
de furor y de espuma contra los negros peñascos que se 
le oponen tenazmente. Su grito será un grito de júbilo 
dionisíaco, al danzar sobre las olas, la danza frenética 
y creadora del peligro y de la ascensión. Sus voces múl- 

— 2GG — 



jL tr4t.es de libros *: y de autores 

tiples, pondrán en la música compleja- del -versó, wag- 
ncriano, la armonía maravillosa de las aguas ; y de ella 
surgirá la creación magnificada y soberbia por la obra 
grandiosa, desde la gestación de toda vida, hasta hacer- 
se sentimiento avasallador en "La altísima ola", e ir 
ascendiendo en audacias de símbolo hasta la concepción 
iinal, puramente metafísica de "En la suprema ola". 
Pero aquella exaltación apasionada y amarga, esa loca., 
desesperación del espíritu, se han ido apaciguando cu 
una visión más amplia. El poeta va recobrándose y se- 
renándose a través de su obra, que se desenvuelve den- 
tro del gran pensamiento que la informa y la ilumina 
con destellos de sabiduría profótica. 

"Los Poemas del Hombre" tienen toda la trágica 
grande/a del caos, cu donde se gesta la más grande y 
la más bella de las obras. Toda la luz y toda, la sombra 
están en ellos; y su misma enormidad que asusta a los 
lectores frivolos, como los asusta la enormidad de la 
"Divina Comedia" o del "Paraíso perdido", le da esa 
fuerza inigualada cutio nosotros, que hace de Sábat Er- 
casty el más hondo y el más rico de todos nuestros poe- 
tas, y aun de todos los de América. En ninguno encon- 
tramos, en efecto, esa unidad en la obra, esa vastedad 
cu el plan, esa profundidad insondable en el espíritu . 

He aquí que de ese magnífico caos revuelto, que es el 
espíritu del poeta en este libro, empiezan a ordenaríc 
los aguas y a surgir la vida. El océano es creador de 
formas y de seres en la "Sinfonía del mar", a modo de 



L U I 8 Á> L U X S I 



letanía prodigiosa: "Mar de las guerras geológicas — 
modelador,- joyero, escultor, arquitecto, — hermano gue- 
rrero de las llamas, — hijo de las fuerzas estremecidas 
y violentas — en los alumbramientos primordiales del 
"planeta — " 

líe aquí que de él nace la vida organizada, y el mar 
es, entonces: " Matriz de vida — coagulador primordial 
del protoplasma, — filtro de las delicadas gelatinas, — 
útero cósmico de la primera célula, — condensador di- 
vino de la fuerza viva, — gran abuelo inicial do todos 
los seres, — lecho profundo del sol y de la tierra, — 
donde la luz de Dios se abrazó a sus aguas, — to besó 
la espuma, 1c mordió las olas, — te entibió la entraña, te 
llenó de formas!. . . " 

• Y las formas se condensan en el seno del mar, que las 
va plasmando hasta llenar el mundo de tierras y de se- 
res: "Tú esperabas la orilla caliente de ciudades, los 
puertos y los barcos, los mitos y los viajes". 

Es la "Ola de las Formas" que danzan ya, ebrias, de 
vida en la "Primavera del Mar", hasta que aparece al 
fin el hombre, forma suprema de bis formas todas. 

Y el mar es ahora el espíritu humano mismo, su 
grandeza, su amor; su inteligencia, en "La altísima ola", 
y es su origen primero, su destino último, todo el miste- 
rio trágico sobre el cual navega, pobre barca perdida, 
con toda su sed de infinito, el alma del hombre, nave do 
llamas... "Nave de llamas — vuelve a las grandes 
aguas del infinito océano... — Cruza el alba suprema 



— 2(!S — 



A TRAVES DE LIBROS- Y DE : AUTORES 



hasta confundirte en ella!" Pero esto anhelo doloroso, 
a fueran de intensidad, se estrella contra "El límite" 
que $1? opone el muro insondable de su propia materia: 
"Séptima noche del pensamiento. . . — Ya no se grita. 
Ya no se puede más. — Las ideas se hacen sin palabras 

— La intuición de la nada descuaja los sentidos. — No 
hay pasado. No hay futuro. No hay presento. — El 
tiempo es una sombra — La vida es una sombra. — La 
muerte es una sombra. — De punta a punía el alma mi- 
de todo el. océano. — La verdad y el deseo — tiene la 
dimensión sin fin de la (¡niebla. — 131 hombre se hace 
bueno. Toda sed es inútil. — Sólo queda una cosa de 
reneor, vida mía. — lis Dios? Ah, Dios!... — Acaso 
es también sombra 3- muerte. — Ah, noche, nuche raía! 

— Con qué frío tan largo me muerdes las entrañas!..." 
El espíritu del poeta tras esta amargura profunda do 

su derrota, cslrullado contra el límite que se opone, in- 
franqueable, a la audacia de su vuelo, siente sin embar- 
go que hay todavía una posibilidad de vencerlo, una 
probabilidad de pasar más ;w'.á. 

MI océano se ha i 1:1 A rmado en el transcurso del li- 
bro, y es ahora el océano infinito de la Muerte. El alma 
presiente más allá de ella la claridad .supremamente an- 
helada y tantas veces vislumbrada cu sus transportes vi- 
sionarios. 

En "La suprema ola" ha de llegar a ella. Ya está su 
espíritu entregado a la embriaguez del término, al vér- 
tigo de las conclusiones luladas. "Pareeo que la som- 

— '2í59 — 



8 • ¿A ' L ü I-' S^T 

v Xí' ( $ ; >; o#v.«* : 

bra seíabrpV/^PareVe'quo el abismo desgarra su ne- 
grura. t — -'Parece que la noche rompe su nudo. — Ta- 
reco que el Universo se va haciendo alma. — Parece 
que el espíritu vencerá a la muerte.. — Parece que la 
ceniza es un camino. — Parece que Dios no tiene lími- 
tes. — Alma! Alma míat... — Parece que caes en la 
V música. — Parece que entrarás al mar inmenso, — al 
mar inmenso de la última alegría ! — Ay, alma mía, — 
qué profundo era el mar, qué lejos va la ola!. . 

Al mismo tiempo que en su obra, se va realizando en 
el poeta una lenta transfiguración. El Universo ha sido 
creado una vez más por su intelecto privilegiado. lian 
nacido todas las. formas y todos los seres del sím- 
bolo, supremo del océano. La tierra danza su danza 
eterna alrededor del sol, en el concierto infinito de los 
astros. Y la realización suprema cuaja al fin, definiti- 
vamente en el alma del poeta el gran pensamiento do 
la religión hindú que informa su último libro, y quu es 
como la coronación magnífica de esta obra enorme, que 
ha de necesitar un día la exógesis de los comentadores, 
para que aparezca claro su significado profundo, oculto 
en la magnitud de sus múltiples aspectos: "Aquel que 
se ve a sí mismo en todos los seres, que concibe a todos 
los seres como a sí mismo, conoce la verdad. " 

•Sábat Ercasty realiza en su último libro, "Vidas", 
este enorme pensamiento de la más grande de las reli- 
giones humanas. En el prólogo magnífico de esta obra, 
el poeta, completamente apaciguado al fin, alcanza la 



A*&RÁVES DE LIBROS . DE> rtfLtfT.ORÉB 

suprema sabiduría; y por "Las pueitas-.de li.-jüz'.^ que 
son todos los seres, llega a la paz definitiva. tic-'su es- 
píritu en una fórmula de amor y compenetración abso- 
luta: "I. Abrazado a la Tierra, le pedí muchas veces 
el don divino de vivir con todos sus seres. Los cuerpos 
y los árboles lian equilibrado mi pensamiento. Las fuen- 
tes de Dios están cerradas ,a mi sed. Los golpes vehe- 
mentes, los escalamientos celestes, las tremendas caídas, 
me han doblado hacia los amores de la Tierra. Con sus 
seres de pasión y de vida se incorpora este astro hasta 
lograr la elevación do la palabra, del amor y de la gra- 
cia. Son ellos los que están ante mis ojos como pucrtaB 
de la luz. Por allí he mirado. Por allí he creído ver la 
verdad inmensa desprendiéndose más allá de las imá- 
genes." 

VI. — "Avanza mi amor a esa plenitud de vida. I)c 
pensar en medio de las ciudades, cuando todo:; se han 
echado en la ola de la acción, he abierto el velo de al- 
gunos sueños. Apretando mi espíritu a la totalidad de 
los seres, desvanecí los colores livianos. Desaprensivo, 
libre, sin la cadena de los breves deseos, he visto cada 
vida cu el lugar de su gracia. Ah, goce puro!... Por 
instantes abracé el espectáculo inmenso. Por minutos, 
íntegramente, me desprendí hasta no ser mío en mí mis- 
mo, desplazándome en mi esfuerzo divino, oprimiéndome 
al encendimiento del astro, enloquecido por el vertigi- 
noso contacto de lodos sus hijos. Entonces toqué las 
fuentes infinitas de Dios". 



L V; I S A LUI S*' J 



Casi con -las mismas, palabras Sábat Ercasty traduce 
el gran, pensamiento" filosófico del panteísmo hindú. 
Porque no de los poetas modernos, sino de aquellos enor- 
mes poetas del Ramayana y del Baghavad-Gita, proce- 
de nuestro compatriota, qtto con sensibilidad moderna, 
afinada en todos los sufrimientos y agudizada en todas 
las filosofías, vuelve los ojos a la gran madre de la ra- 
za, y bebe en las fuentes do lus aryas la más profunda 
poesía, empapada en el más grande de todos los dolores 
humanos, .ei dolor do pasar, el dolor de concluir, de no 
ser más, (pie inventó las religiones para consolarse do 
su propia nulidad. 



INDICE 

Dos palabras al comenzar pi\$. Q 

Carlos Rcylcs. novelista > 13 

Adolfo Monlicl ballesteros - . • 1G<> 

Vicente A. S.,U,:rr¡ * 147 

l.fi poesía tic Dclmiru A^uMini » 109 

<■ P.l I l-.-iiii.mo Asno». in.,».!.. .:c l : ,íu !••.:..> IWrios » 105 

l.n poei¡<\ de nnriv|iic González Martínez » 217 

i'rc-i «¿pedos »le la poi::.!.i u.-i: : .;n iva contemporánea: lo «.¡r.irif», 

lo pintoresco, la profunil'-l-i-l » 243